14 de septiembre de 2022

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De Atapuerca a la Luna

por David Redoli

El uso del lenguaje permitió que los seres humanos abandonaran las cavernas para llegar a la Luna. Porque la evolución siempre ha necesitado del lenguaje para articular y definir la acción colectiva. Y sigue siendo así. Este artículo sintetiza la historia de una profesión crucial en el ámbito del poder: la de los redactores de discursos políticos, unos actores clave para la transformación de las sociedades a través del uso de la palabra y de las tecnologías de la comunicación.

 

[ ILUSTRADORA: MIRIAM PERSAND ]

 

Es imposible saber cuáles fueron las palabras iniciales de los primeros Homo sapiens, aparecidos hace unos 200.000 años en lo que hoy es Etiopía. Pero lo que es seguro es que el uso del lenguaje oral en nuestra especie, desde el primer momento, no sirvió únicamente para comunicar y para transmitir mensajes básicos. Sirvió también, sin ningún género de dudas, para crear ficciones, para fabular, para recrear historias, para fraguar normas, para imaginar dioses y, sobre todo, para articular el poder y rememorar o anticipar sus luchas. Porque eso es, en esencia, lo que nos distingue de cualquier otra familia animal y lo que nos convierte en unos mamíferos tan poderosos: nuestra capacidad para coordinarnos en grupos amplios y nuestra habilidad para crear y transmitir información de unos a otros a través del lenguaje.

Tendrían que pasar unos 195.000 años hasta que apareciera el otro gran prodigio civilizatorio de la humanidad: la escritura—un sistema de signos o imágenes que representa al lenguaje hablado—. Con ambas herramientas, el lenguaje oral y la escritura, el Homo sapiens se volvió prácticamente invencible, pasando de vivir en grupos pequeños y tribales a poder coordinarse masivamente —hoy en día, incluso, a nivel global e inmediato, gracias a las nuevas tecnologías—.

El poder y el discurso, en consecuencia, siempre han ido de la mano.

La construcción de cualquier proyecto político requiere de elementos de seducción, de convicción y de persuasión, ya que ninguna estructura de poder se gestiona en solitario (el poder se ejerce siempre sobre alguien, sobre los demás, asentados en algún territorio). La declaración de una guerra, la celebración de pactos, la construcción de una ciudad, erigir un imperio, liderar una religión o imaginar la Unión Europea son proyectos políticos que comienzan, siempre, con una palabra, con una idea, con un concepto que hay que explicar e inocular en otros cerebros —y en otros corazones, porque el hombre no deja de ser un compendio de razones y de emociones—.

¿Qué es lo que ha cambiado desde aquellos primitivos hombres en Atapuerca hasta el presidente que anunció que el hombre llegaría a la Luna? En nuestros cerebros, muy poco. En el uso de las técnicas lingüísticas y las tecnologías de la comunicación, mucho.

Antiguamente, con la ausencia de la escritura, era difícil articular un conjunto organizado de reglas prácticas para entrenar adecuadamente la oratoria. Así, el primer manual de retórica conocido hasta el momento apareció en lo que hoy es Sicilia, durante el segundo cuarto del siglo V a. C.

Los discursos políticos son potentísimas herramientas de comunicación que se mueven entre lo racional y lo emocional

Los ancestrales textos disponibles nos indican que Cicerón y Quintiliano fueron maestros de la oratoria, dos expertos de su época en materia de discursos políticos. Los amantes de la política aún hoy tienen como obligada lectura el Breviario de campaña electoral de Quinto Tulio Cicerón, escrito en el año 64 a. C. para su hermano Marco Tulio Cicerón, quien había emprendido una campaña electoral para acceder al consulado romano. Veintidós siglos más tarde, las recomendaciones del pequeño de los Cicerón siguen siendo sorprendentemente válidas.

A través de Aristóteles sabemos que Empédocles de Agrigento puede considerarse el padre de la retórica. Y que Córax de Siracusa —junto con su discípulo Tisias— fue el primer autor de un texto escrito para enseñar oratoria (aunque los textos originales no llegaron nunca a nuestras manos). Su obra apareció aproximadamente en el año 476 a. C.

La principal contribución de Córax fue descubrir que los mejores oradores dividían sus discursos en cinco partes: 1) el proemio, destinado a captar la atención y la comprensión de los espectadores; 2) la narración, en la que se presentan los hechos de forma ordenada, con claridad y concisión; 3) la argumentación, que abarca la confirmación y la refutación y en la que se presentan las pruebas; 4) la digresión, que ilustra el caso y lo sitúa en un plano general; y 5) el epílogo, en el que se resume el tema principal del discurso y se procura provocar emoción y empatía en el auditorio. Esta organización fue el punto de partida de la teoría retórica que ha llegado a nuestros días.

A pesar de que ninguna de sus obras haya llegado hasta nosotros, Córax y Tisias iniciaron la sistematización de las reglas de la retórica para hacer creíble lo probable y combinar adecuadamente los dos vectores más potentes de cualquier discurso: sus razones y sus emociones.

Porque los discursos políticos son potentísimas herramientas de comunicación que se mueven entre lo racional y lo emocional. No existe ningún hecho histórico que no haya estado acompañado por algún discurso (breve, largo, preparado, improvisado, admirable o deleznable). La palabra precede al acto. Y, en consecuencia, cada acción grupal humana ha contado con unos pensamientos previos que alguien ha articulado y liderado para convertirlos en historia a nivel local o a nivel global.

Por este motivo, durante siglos han existido los escritores de discursos, una profesión íntimamente ligada al poder. Los faraones en Egipto tenían escribanos. Asimismo, los usaban los emperadores romanos. Y los presidentes de gobiernos y los jefes de Estado en 2022, también los tienen.

El oficio del redactor de discursos públicos (o políticos) no es nuevo. De hecho, existe un antiguo término para definir a esos profesionales: el logógrafo.

La palabra logógrafo aparece por primera vez en Tucídides (un historiador y militar ateniense). Y ha tenido varios significados, siempre relacionados con la escritura: prosista (por oposición al poeta); historiador; redactor de discursos judiciales; redactor de tratados literarios, etcétera.

Desde entonces, no ha cambiado mucho el oficio. Hoy los logógrafos son, en esencia, asesores de altos cargos (tanto del sector público como del sector privado). Pero hacen un trabajo similar al que hacían hace miles de años: ordenan las ideas y hacen que brillen al pronunciarlas. Dan sentido a los datos y procuran convencer, seducir, persuadir y emocionar. Con una diferencia: hoy trabajan con textos que pueden ser escuchados por miles (o por millones) de personas ubicadas a miles de kilómetros de distancia, a través de cuatro canales que han supuesto una revolución tecnológica sin parangón en la gestión de la comunicación y de la información a nivel global: la prensa, la radio, la televisión e Internet.

 

 

 

En países como Estados Unidos o el Reino Unido los logógrafos (speechwriters, o ghostwriters, en inglés) son un colectivo consolidado. Suelen ser, además, prestigiosos profesionales, con amplio reconocimiento público. Algunos de los más famosos son William Safire (quien escribió el conocido discurso de dimisión del presidente Nixon, en agosto de 1974, junto con Ray Price), Ted Sorensen (el logógrafo de Kennedy), Margaret Ellen Noonan (en la Casa Blanca con Ronald Reagan),

Michael Dobbs (prestando su pluma a Margaret Thatcher), Charlie Fern (la escritora para George W. Bush), Phil Collins (el redactor de discursos de Tony Blair), Jon Favreau (redactor jefe de los discursos de Obama entre 2007 y 2013), Stephen Miller (a las órdenes de Donald Trump) o Quentin Lafay (al servicio del presidente francés Emmanuel Macron). Todos ellos y ellas propiciaron que sus nombres quedaran íntimamente ligados al de los líderes a los que sirvieron. Sus palabras aún reciben millones de reproducciones en YouTube.

Los logógrafos suelen ser personas con sólida formación académica y que han trabajado muchos años en el contexto de la política —siempre en segunda línea—. Existen, por lo tanto, y trabajan en puestos clave del poder, aunque en España aún pasen desapercibidos.

No obstante, poco a poco, empieza a reconocerse la labor de los profesionales de las bambalinas políticas. Así, por ejemplo, Fernando Ónega explica en sus memorias cómo entre 1976 y 1978 asesoró a Adolfo Suárez en sus discursos. Y explica, por ejemplo, cómo cinceló la famosa frase “puedo prometer y prometo”, que ha pasado a la historia de nuestra transición a la democracia.

Durante siglos han existido los escritores de discursos, una profesión íntimamente ligada al poder. Hoy, los logógrafos son, en esencia, asesores de altos cargos

Lo que está claro, ya en pleno siglo XXI, es que los ciudadanos tienen derecho a saber quiénes asesoran a los políticos que ellos han elegido a través de las urnas. En países de amplia tradición democrática, los asesores políticos son consustanciales al ejercicio de la política. Por eso, debería estar perfectamente asumido que un buen político debe contar con, al menos, un logógrafo: alguien encargado de escribir y de articular los discursos, alguien dedicado a tallar sus intervenciones públicas.

En una arena pública tan confusa, tan cacofónica y tan vertiginosa como la actual, tan expuesta a los medios de comunicación y con las nuevas tecnologías almacenando para siempre cada discurso, solo los candidatos y los líderes con alocuciones políticas nítidas, reconocibles y bien articuladas acabarán fraguando. Así lo resume el sociólogo Luis Arroyo, al concluir su extraordinario libro El poder político en escena: “Sobreviven (los líderes) que dan con la narrativa oportuna, quienes resultan creíbles al contarla y quienes la representan sin descanso”.

Las propuestas, las ideas, son la esencia de la política —del poder, en general—. Y no hay otra forma de articular las ideas políticas más que a través de los discursos de los líderes que las encarnan. Discursos que encuentran capilaridad a través de la prensa, de la radio, de la televisión y de las plataformas de Internet (Twitter, Instagram, Facebook, Telegram, WhatsApp, YouTube, TikTok, LinkedIn, etcétera).

El orador debe saber cómo conectar con sus públicos, dotando a sus palabras de sentido y de emoción, para cosechar el aplauso y obtener el apoyo, el ansiado respaldo. Y para lograrlo, se recurre a las mismas técnicas que usaba Cicerón: las metáforas, las anáforas, las aliteraciones, las antítesis, las hipérboles, las citas o las tríadas, entre muchas otras. Pero, ahora, con alcance global.

Porque tomarse en serio los discursos políticos redunda, sin lugar a duda, en la mejora de la calidad de una democracia.

La logografía es un arte tan ancestral como nuestra propia especie. Un arte que debemos cultivar y promover, porque la palabra es lo que nos permitió salir de las cavernas y llegar a la Luna. Algo que sabía muy bien el logógrafo del presidente John F. Kennedy cuando el 12 de septiembre de 1962 convenció a toda una nación y sedujo al mundo con estas 13 palabras: “Elegimos ir a la Luna. No porque sea fácil, sino porque es difícil”. Menos de siete años después, en julio de 1969, Neil Armstrong hacía historia y se convertía en el primer hombre en pisar nuestro satélite. Primero fue la idea. Luego vino el liderazgo. Y, finalmente, se obtuvieron y se desplegaron los medios técnicos para que viéramos por televisión la huella que había anticipado el discurso.

Progresamos siempre gracias a las palabras. Palabras que a través de los discursos políticos amasan razones y emociones, es decir, la argamasa que inalterablemente sigue habitando en nuestros cerebros y en nuestros corazones. Palabras que son las que nos mueven a la creativa o destructiva acción colectiva; antes, ante el fuego de la tribu; hoy, a través de los medios de comunicación de masas que han propiciado las nuevas tecnologías.

Bibliografía

Alonso López, J. (2022): Discursos históricos: Del Sermón de la montaña a Mandela. Madrid, Arzalia Ediciones.
Arroyo, L. (2012): El poder político en escena: Historia, estrategias y liturgias de la comunicación política. Madrid, RBA.
Brown, A. (2018): El mito del líder fuerte: Liderazgo político en la Edad Moderna. Madrid, Círculo de Tiza.
Burnet, A. (editor) (2016): 50 discursos que cambiaron el mundo. Madrid, Turner.
Collins, P. (2012): The Art of Speeches and Presentations: The secrets of making people remember what you say. Chichester, West Sussex, Wiley.
Collins, P. (2017): When They Go Low, We Go High: Speeches that Shape the World -And Why We Need Them. London, 4th Estate.

Artículo publicado en la revista Telos 120


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Autor

Licenciado en Sociología por la Universidad de Salamanca, expresidente de la Asociación de Comunicación Política (ACOP) y coordinador de Relaciones Institucionales en Solaria. Ha sido asesor en La Moncloa y director del Gabinete de Presidencia del Consejo de Seguridad Nuclear de España (CSN).

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