17 de mayo de 2021

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Disrupción sin interrupción

por Carlos Pons

Impaciencia, rabia y ambición se unen para dar forma a una generación de nativos digitales que no creen en la estabilidad y que se arriesgan sin pedir permiso a crear una sociedad más ética, inclusiva y sostenible.

 

[ ILUSTRACIÓN: EMMA GASCÓ ]

 

La disrupción en nuestros tiempos es sinónimo de la impaciencia de una generación que no cree en la estabilidad, que no acepta muchos de los modelos preestablecidos que les han fallado y que, sin pedir permiso, se lanza a buscar soluciones centradas en lo más importante: el bienestar de todos, esta vez sin exclusión alguna.

Una generación de nativos digitales en tiempos de fácil acceso al conocimiento, donde la velocidad de sus dedos al escribir y la calidad de la infraestructura de cableado telefónico, marcan los segundos que pasan desde la pregunta a la respuesta. Y, aprendiendo en la intimidad de nuestros dispositivos, nos convertimos en autodidactas y, aprendiendo en pequeñas dosis pero sin pausa, nos convertimos en aprendices vitalicios.

Sumergidos en información, nos convertimos en maestros de la sospecha, no nos creemos nada que no nos guste, y de la hipocresía, compartimos lo que nos representa, sacando así a la superficie el poder de los productos tecnológicos y los servicios digitales que usamos en una relación de amor-odio. Sabemos que hay algo que no funciona en ellos y, como difícilmente los podemos cambiar y, sobre todo, no podemos dejarlos sin consecuencias en nuestras vidas, trabajamos para mejorar nuestra relación con ellos reduciendo su capacidad de interrumpirnos de lo que de verdad importa: cambiar el mundo y rápido.

 

 

Adictos al cambio

La innovación es la creación de novedades y estas, a su vez, son simplemente cosas nuevas en forma o en percepción. Cuando dichas cosas nuevas representan el estado justo donde un modelo dado debería estar, de haber evolucionado a la par que el desarrollo social y tecnológico, entonces disrumpen y dejan obsoletos los modelos preestablecidos. Dicha obsolescencia, no programada sino inesperada, nos obliga a tener conversaciones incómodas acerca del porqué no hacemos las cosas de forma diferente, dando lugar a tantas justificaciones ajenas como sean necesarias para no permitir el cambio, dirigidas en vano a una generación que encuentra su pasión en convertirlas en soluciones.

Adictos al cambio, estoicos por circunstancias de la vida, como las crisis financieras, la inestabilidad laboral o una pandemia mundial, hemos hecho del cambio nuestra nueva normalidad y nos hemos vuelto inconformistas, ya no de las posesiones materiales, sino de la sociedad que queremos. Nuestra tolerancia al riesgo es mayor, por ello nos atrevemos más a probar y a aprender de los fallos, cuanto más rápido mejor, como intrépidos exploradores de nuestro nuevo mundo.

Si no existe, lo creamos, y si no funciona, lo reinventamos, sin límites, aspirando a la mejor forma del diseño: el útil. Y para que sea útil tiene que ser útil para el mayor número de personas posible, respetuoso con todas ellas y sostenible con nuestro hábitat. Vemos la exclusión como un diseño a medias y, como autoexigentes que somos, la priorizamos, la eliminamos y hacemos de su ausencia la nueva norma.

Sabemos el alcance y el impacto de nuestra presencia en Internet y, cuando lo creamos con nuestros servicios y productos conectados a esta, ya no nos permitimos estándares que no respeten el bien común. Respetamos la privacidad de nuestros datos porque sabemos el valor que tienen, fomentamos el uso saludable de los servicios digitales porque hemos aprendido del uso colectivo que les hemos dado y somos proactivos en la regularización de las tecnologías que están por extenderse.

Adictos a la transformación, estoicos por circunstancias como las crisis financieras, la inestabilidad laboral o una pandemia, hemos hecho del cambio nuestra nueva normalidad y nos hemos vuelto inconformistas

Creemos en el poder de la diversidad y la empoderamos. Algunos son veganos, animalistas o quisquillosos con los pronombres personales, no porque sí; lo son porque no se pueden permitir industrias alimentarias basadas en la explotación animal, que no se respeten los derechos de los animales o seguir promoviendo una sociedad binaria en lo que a la percepción del género y del sexo se refiere. No es una forma de vida ni una identidad, son problemas que importan, y esta diversidad de pensamiento nos reta a pensar en una mejor sociedad, donde todos y cada uno de nosotros podamos sentirnos libres y sentir no solo la inclusión, sino la pertenencia a una única gran comunidad: el ser humano.

Como sociedad digital, nos recomendamos lecturas esenciales para saciar cualquiera de nuestras inquietudes intelectuales, nos reímos juntos independientemente de nuestra nacionalidad o creencia religiosa, conectamos con millones de personas en rutinas absurdas que pensábamos que solo existían en nuestra intimidad o ayudamos a desconocidos con sus problemas técnicos con la única finalidad de ayudar. Todos juntos, descentralizados y en la Red, creamos un registro digital de quienes fuimos y somos, al mismo tiempo que rompemos las líneas fronterizas y promovemos una sociedad globalizada, sepultando día a día cualquier diferencia que nos pueda poner a unos contra otros.

Sabemos que nos queda mucho que aprender, porque mientras agradecemos enormemente a desconocidos el ayudarnos a reparar nuestros electrodomésticos de casa, también discutimos sin límites con ellos y nos alejamos de cualquier concepción de diálogo respetuoso cuando tratamos argumentos que, con frecuencia, tienden a bipolarizarse. Fomentamos la diversidad y el respeto, creemos que podemos cambiar la naturaleza social de tender a la bipolarización hacia un modelo de multilateralismo social, donde el no estar de acuerdo con un argumento no siempre signifique estar en contra y donde el respeto y la evolución social colaborativa sean la piedra angular que nos hace falta.

Y al igual que las ciudades crecieron para darnos cabida y para más tarde adaptarse a nuestras necesidades cambiantes, los servicios digitales que un día nos abrieron las puertas a nuevas formas de comunicación ahora deben adaptarse para protegernos y atender nuestras necesidades. En una relación bidireccional en la que los servicios deberán respetar lo que queremos de ellos, al mismo tiempo que les iremos guiando a medida que nuestro uso de ellos vire a direcciones nocivas para la sociedad. Porque nuestro tiempo y dinero no va a ir a parar a negocios poco éticos, inclusivos o sostenibles, sea cual sea el logotipo que los corone.

 

Aprendices vitalicios

Somos la generación que hemos hackeado el sistema educativo. Los trabajos escolares se hacen colaborativamente online y desde múltiples fuentes de información distintas; múltiples formatos didácticos nos ayudan a entender los distintos teoremas matemáticos y una cantidad infinita de recursos de aprendizaje nos ayuda a optimizar nuestro estudio para resolver una serie de preguntas, los exámenes, que prometen ser capaces de validar nuestros conocimientos, independientemente de cual sea nuestra forma de aprender.

En dicho panorama florecen nuevas formas de percibir la educación y la forma tradicional, con 40 personas frente a una única fuente de información, parece cada vez ser la menos adecuada de querer sacar el máximo potencial en cada uno de nosotros. A algunos nos va bien ser enseñados, a otros memorizar, a otros mirar vídeos y a otros ir saltando entre veinte pestañas de nuestros navegadores hasta darle forma a nuestro conocimiento. Y una vez más, desde nuestra diversidad, pedimos modelos educativos inclusivos, que entiendan nuestras inquietudes y nos acompañen a lo largo de nuestras vidas.

Algunos encuentran el confort en los caminos que la educación tradicional ha proporcionado, otros aprenden de millones de desconocidos formando perfiles únicos e incatalogables por los cánones educativos tradicionales. Estos últimos eligen aprender lo que les sirve, lo que les apasiona y lo que les hace crecer, y se presentan a un mercado laboral que los necesita pero, en numerosas ocasiones, no los comprende. Es por ello por lo que el sistema educativo y el mercado laboral deben acercarse el uno al otro, el primero promoviendo un mercado laboral fundamentado en valores y el segundo promoviendo un sistema educativo que de respuesta al dinamismo que actualmente lo caracteriza.

Somos la generación que hemos hackeado el sistema educativo. Vemos el mundo como un aprendizaje constante, nuestras vivencias aportan a nuestro perfil profesional y cualquier forma de conocimiento es siempre bienvenida

Vemos el mundo como un aprendizaje constante, nuestras vivencias aportan a nuestro perfil profesional y cualquier forma de conocimiento es siempre bienvenida. Nos gusta acumular pequeñas certificaciones en múltiples disciplinas distintas para mejorar nuestra polivalencia, pues sabemos lo que el mercado laboral necesita, al mismo tiempo que lo inspiramos, prestad atención a las nuevas formas de percibir los perfiles profesionales. Sí, podemos tener un grado universitario, pero mientras esperamos a que su temario se actualice desde hace más de diez años, cubrimos nuestras necesidades a medida a través de las infinitas opciones que la Red nos presenta.

La sociedad que queremos

Nuestra generación es positiva ante el futuro porque estamos activamente definiéndolo, no pensamos dejarlo al libre albedrío y queremos que toda solución pase por el aro del razonamiento, la ética, la inclusión y la sostenibilidad. Porque, ante todo, nos empuja la rabia de un sistema que no progresó pensando en el mañana y hoy, que estamos en ese mañana, no nos sentimos cómodos. Y al no sentirnos cómodos en nuestro sitio, nos levantamos, nos arremangamos y nos ponemos a pensar, creativamente y sin límites, siendo consecuentes con que el futuro es también nuestra responsabilidad. Así pues, no somos una generación de soñadores sino de jóvenes ambiciosos, que transformamos sueños en objetivos y trabajamos duro y sin pedir permiso en el futuro que queremos: uno más ético, inclusivo y sostenible.

Bibliografía

Center for Humane Technology. “Center for Humane Technology: How We Rebuild the System” en Human Tech. Disponible en: https://www.humanetech.com/rebuild
Francis, T. y Hoefel, F. “‘True Gen’: Generation Z and its implications for companies” en McKinsey & Company. Noviembre 2018. Disponible en: https://www.mckinsey.com/industries/consumer-packaged-goods/our-insights/true-gen-generation-z-and-its-implications-for-companies
Jin, L. “The Passion Economy and the Future of Work” en a16z. Disponible en: https://a16z.com/2019/10/08/passion-economy/
Orr, D. et al. (2020): Higher Education Landscape 2030: A Trend Analysis based on the AHEAD International Horizon Scanning. Springer Open. Disponible en: https://link.springer.com/content/pdf/10.1007%2F978-3-030-44897-4.pdf

Artículo publicado en la revista Telos 116


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Carlos Pons

Autodidacta y con cerca una década de experiencia en el sector tecnológico, lidera actualmente parte de la transformación digital del Consejo de la Unión Europea (NTT Data). Es presidente de la asociación European Digital Society.


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