7 de septiembre de 2022

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Técnica y arte de la escritura

por Álvaro de la Rica
Ilustradora Mujer Corteza

El surgimiento de la escritura mantiene la polaridad con los fenómenos de la imagen plástica y del uso de la memoria, pero en una continuidad histórica en la que esos tres elementos han ido conformando la historia reciente de la humanidad.

 

El origen del proceso en el que surgió lo que denominamos escritura se pierde en la noche de los tiempos, y no tanto porque haya disenso en cuanto a la datación de las realidades concretas que pudieran estar afectas al proceso, sino porque, al desconocerse en qué consiste la escritura exactamente, no resulta posible determinar una genealogía del fenómeno con el rigor propio del método científico.

Si dejamos a un lado las marcas gráficas que se han trazado por todo el mundo desde al menos hace 40.000 años (en las cuevas de Blombos, en Sudáfrica, se han datado algunos signos geométricos en piedras de más de 70.000 años), y nos ceñimos a la escritura alfabética —en la que un determinado sonido o fonema se corresponde con un símbolo gráfico convencionalmente reconocido como tal—, desconocemos los detalles del proceso por el cual fueron surgiendo los primeros símbolos alfabéticos y, lo esencial, ignoramos cómo se produjo en concreto se produjo la fase de abstracción por la cual un símbolo escrito se asoció primero a una cosa representable, después a una palabra hablada y, por último, a una letra escrita.

¿Cómo evolucionó en determinados lugares, y por qué, la oralidad y esas marcas primeras, para que fuese posible la alfabetización de la lengua escrita? Hay varias teorías verosímiles. La principal es que se trató, en el contexto de la progresiva sedentarización humana, de la combinación de la pictografía con la fonografía, en un contexto de crecimiento y acumulación de bienes que obligaba a economizar para contar más deprisa y controlar mejor los elementos disponibles. Y alguna certeza: por ejemplo, que la escritura proviene del número, una conexión que no hemos descubierto en la era del código, sino que ha estado presente desde el inicio de la escritura humana.

Si, como parece aceptado, las primeras formas de escritura surgieron en torno al año 3.500 en Mesopotamia, vinculadas con la contabilidad en el ámbito del comercio y/o en el contexto del derecho de herencia (se trataría de asegurar, fijándola por escrito, que la voluntad del testador se iba a cumplir una vez que él hubiera desaparecido), no resulta fácil explicar cómo a partir de un fenómeno concreto como llevar una cuenta con palotes, en un espacio de tiempo relativamente pequeño —no llega a 6.000 años—, se haya producido un cambio de semejante calado en las sociedades de coherencia textual. El cambio es lo que denominamos la irrupción de la historiografía en el mundo, es decir, la novedosa posibilidad que algunos pueblos han tenido de fijar para la posteridad no solo la representación escrita de las cosas materiales o inmateriales, sino la intencionalidad de las acciones humanas.

La reflexión nace cuando se involucran varias personas para escribir

Una de las primeras notas de esa transformación radical sería precisamente el proceso de abstracción que supone el empleo sistemático del alfabeto. O sea, cómo de unos palos o figuras elementales que representan unidades de ganado o sacos de trigo se puede pasar a una escritura alfabética como la griega que será capaz de formular conceptos como “idea” o “teleología”, describir por escrito el arte de la navegación o la teoría de la democracia.

La incertidumbre acerca de los orígenes de la escritura nos permite, en cambio, establecer hipótesis de explicación más generales que, insisto, se sitúan en el plano de la verosimilitud. Aunque carece del prestigio de lo científico, nos ofrece figuras que sirven para comprender parcialmente la evolución de la escritura, las consecuencias que ha tenido históricamente ese bien del que ha gozado una parte de la humanidad y analizar también sus riesgos, adelantándonos a los problemas que las técnicas actuales puedan representar.

El punto de partida es la convicción de que el ser humano es relativamente inteligente, trata de resolver los problemas que se le presentan y, con frecuencia, lo consigue (Polo, 1991:21). Y sabemos que lo hace precisamente abstrayendo. De ese modo, no solo resuelve un problema concreto que se le plantea aquí y ahora (asegurarse de que a cada hijo se le otorgue, tras la muerte del padre propietario, el mismo o distinto número de cabezas de ganado) sino que, una vez que se encuentra una solución (trazar unas marcas indicando los términos del reparto), puede usar ese recurso para muchas otras cosas. Y, además, ante un problema nuevo y distinto, aunque carezca de la técnica específica para resolverlo, aprende a reutilizar los recursos de los que dispone. Aprende a improvisar y a adaptarse. A ir más lejos y a profundizar en lo que tiene en función de sus deseos y necesidades. Lo hace de un modo más o menos rápido o rectilíneo, y en ocasiones se equivoca o se estanca, pero el estudio de la evolución humana confirma que la especie no siempre progresa, pero desde luego no se rinde.

En el proceso de evolución de la escritura no podemos obviar las condiciones biológicas del cuerpo humano. Dejo de lado las del lenguaje hablado, que están vinculadas por una parte al desarrollo del cerebro y por otra al sistema fonológico, es decir, a las distintas partes de la cabeza y el rostro que nos permiten oír y hablar. Para la escritura resulta primordial otra parte del cuerpo, vinculada también de modo directo con el cerebro: la mano, una parte esencial de cualquier sistema humano y de la que por cierto hoy día hacemos un uso demasiado limitado.

Dicho muy esquemáticamente: el gran salto civilizador fue posible porque el ser humano se puso de pie —¿por qué?— y liberó el uso de la mano para algo más que para sostenerse y moverse a cuatro patas. De ese modo, amplió su campo de visión —imprescindible para la caza— y fue capaz, a partir del palo o la piedra, de construir otros artefactos como la jabalina o el arco. La mejora en la visión, la psicomotricidad manual fina y el desarrollo cerebral están íntimamente conectados y forman parte del humus del proceso por el cual el ser humano inventó las primeras formas de escritura; en el campo de la paleontología del lenguaje resultan relevantes las intuiciones y los hallazgos de André Leroi-Gourhan.

 

 

Pero si pasamos del plano biológico al cultural, sigo encontrando en una obra breve y sin mayores pretensiones, Elogio de la mano, del crítico de arte Henri Focillon, la mejor explicación de la trascendencia de esta parte distal del cuerpo en el proceso de la escritura (y no me refiero ahora solo a la técnica, sino a lo que la técnica ha permitido expresar, con la física, la filosofía y el arte como cumbre del quehacer humano). Focillon enseña que no es un mero instrumento corporal con el que el hombre por ejemplo escribe —no están en una relación de dueño y siervo— sino que la mano hace al hombre que, escribiendo con ella, pintando con ella, descubre el mundo (el mundo exterior y, más tarde, el que habita en su interior) y se hace a sí mismo. “La mano contiende con la materia que metamorfosea y con la forma que transfigura. Educadora del hombre, la mano le multiplica en el espacio y en el tiempo” (Focillon, 2015: 38).

Hay tres momentos eje en la historia de la escritura humana, que se corresponden con tres innovaciones técnicas: la invención de la escritura en Mesopotamia durante el cuarto milenio a. C., la creación de la imprenta de tipos móviles en el siglo XV en Alemania y la revolución informática del siglo XX. Lo primero que no podemos olvidar es que estas realidades se superponen y que la tres están hoy en curso, es decir que, en lo esencial, no han sido superadas las más antiguas por las nuevas; en cambio, las más nuevas no se entienden sin comprender en qué consistieron las antiguas.

La escritura alfabética, la que emplean las lenguas que proceden del indoeuropeo —lenguas de Europa, Gran Irán y Asia meridional— está precedida por la escritura cuneiforme: la que sobre tablillas de barro cocido se comenzó a utilizar en Sumeria, se desarrolló hasta llegar a los pródromos del alfabeto grecofenicio y del abecedario romano (semasiografía, Principio de Rebus, alifatos semitas, fonografía plena) y se extendió con otros soportes (piedra, papiro) por el Mediterráneo.

Sumer fue prodigioso: racionalizó el comercio y la administración del incipiente Estado, escribió un primer poema épico de belleza insuperable (Poema de Gilgamesh) y el primer código jurídico (Hammurabi), entendió la necesidad de recopilar sistemas con pretensión enciclopédica y hasta realizó diccionarios bilingües, adelantándose en miles de años a la labor de traducción acometida en la Alejandría ptolemaica. Y Egipto, el pueblo hebreo, Grecia y Roma continuaron por esa senda que desde el punto de vista cultural y antropológico podemos calificar, en el sentido más estricto de esta palabra, de fundamental. Nos legaron un fundamento “antifundamentalista” porque está sostenido por la idea, doble e irrenunciable, de la supremacía del amor (lo expresa el Cantar de los Cantares o El banquete de Platón) y de la libertad (que Aristóteles vincula a la ética y a la política).

La reflexión nace cuando se involucran varias personas para escribir

Dos protagonistas aparecen con la escritura: el que escribe —vinculado al poder político-religioso (no siempre, ya en el teatro griego los autores tienen conciencia de ser un contrapoder) y manteniendo durante mucho tiempo un carácter anónimo— y el lector.

En el último milenio anterior a la era común, y en el primero posterior, se añadieron soportes (pergamino, papel) y apareció la copia manuscrita y con ella los primeros libros —rollos en formato de volumen o códices—, pero no hubo un verdadero cambio de escenario hasta la creación de la imprenta.

La artificiosidad en la composición material de los libros y el escaso número de ejemplares circulantes propició una práctica intensiva de la lectura y, lo que resulta aún más importante, en la formación de incontables generaciones, el uso de la memoria —el arte de la memoria— jugó un papel decisivo y principal. “Solo sabemos cuánto conocemos de memoria”, llegó a afirmar Kant siglos más tarde. Si la imprenta iba a transformar una sociedad basada en la oralidad por otra de naturaleza libresca —la galaxia Gutenberg en la que todo lo fundamental queda rematado en libros—, el libro en pergamino había supuesto un paso intermedio, precisamente porque la escasez de ejemplares obligaba a mantener procedimientos mnemotécnicos a caballo entre la oralidad y la cultura escrita. Aprender de memoria un texto —par cœur se dice significativamente en francés— implica su declamación en voz alta; tiene algo de ejercicio físico en el que el cuerpo y los sentidos externos juegan un papel no desdeñable: la lengua y los labios, el oído, mientras los dedos rozan los cueros.

Papel y tinta

Hacia 1445 Gutenberg había inventado la imprenta y el primer libro que se imprime en tipos móviles fue la Biblia de Gutenberg o Biblia de 42 líneas, también llamada Biblia de Mazarino. Corría el año 1452.

El ámbito de la escritura en general se había ido extendiendo ya antes del siglo XV, al paso de un crecimiento económico que, según los territorios europeos, fue desigual. La interminable guerra de los Cien Años había desplazado las principales rutas comerciales desde el oeste continental hacia los Alpes y el corredor renano. Fue la hora de Alemania. Los comerciantes e industriales hanseáticos dominaban el norte desde el Báltico. Y la ciudad de Ausburgo planeaba sobre todo el norte de Italia. Ciudades como Colonia, Núremberg o Lübeck despuntaban con fuerza. Una potente red minera se desarrollaba por todo el espacio germano cimentando su riqueza (Lutero era hijo de un minero). Ese empuje del comercio y el crecimiento de la actividad económica, con la necesidad de una mayor seguridad jurídica, exigía el uso creciente de documentación escrita, del mismo modo que lo demandaban las cada vez más sofisticadas administraciones públicas de los diversos reinos. Se puede afirmar de nuevo que la función hizo al órgano, sin descontar nada del talento de personas que, como Gutenberg, supieron materializar la oportunidad que representó la difusión en Occidente del uso del papel traído de China y las mejoras químicas en la tinta.
Gutenberg tenía el oficio de orfebre y, por tanto, era alguien habilidoso en el manejo de materiales preciosos; a partir de un momento, se concentró en la fundición de distintas aleaciones con las que creó unos tipos móviles lo suficientemente resistentes y dúctiles como para poder imprimir sobre papel; al final, lo logró combinando antimonio y plomo.

La difusión del libro impreso condicionó el quehacer intelectual de todas las generaciones posteriores hasta la revolución de Internet, en pleno siglo XX, en la que estamos inmersos y cuyos efectos antropológicos y culturales —¿cómo se transformarán, a medio y largo plazo, la memoria y la imaginación humanas? ¡Esa y no otra es la cuestión clave!— estamos lejos de poder valorar con solvencia. No es posible siquiera determinar aún si Internet supondrá la muerte del libro impreso. Lo que sí sabemos es que la posibilidad de acceder de forma casi inmediata a cualquier dato (referencias, para quien carece de formación, insignificantes desde el punto de vista del conocimiento), reduce al mínimo el papel de la memoria. Y resulta patente también la importancia que, frente a la letra escrita, vuelve a jugar la imagen plástica y virtual.

Otra vuelta de tuerca en la persistente dialéctica escritura-oralidad, letra-imagen, en la continuidad que supone el juego entre la letra escrita, sea cual sea su soporte y su extensión social, la imagen y la memoria, que se inició hace más de 5.000 años con la aparición de la escritura misma.

Bibliografía

Espejo Cala, C. (1998): Historia de la comunicación escrita (de la prehistoria a la irrupción de la imprenta). Notas para su estudio. Sevilla, MAD Editorial.
Focillon, H. (2015): Éloge de la main. Angoulême, Éditions Marguerite Waknine.
Leroi-Gourhan, A. (1964): Le geste et la parole. París, Éditions Albin Michel.
Narbona Cárceles, M. (2020): Antología de textos. Historia de la cultura escrita. Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.
Polo, L. (1991): Quién es el hombre. Madrid, Ediciones Rialp.
Schmandt-Besserat, D. (2022): La Genèse de l´écriture. París, Éditions Les Belles Lettres.

Artículo publicado en la revista Telos 120


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Autor

Profesor titular de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Ha escrito nueve libros y una treintena de artículos en revistas especializadas. Es profesor en UDIMA, donde imparte la asignatura Historia de la cultura escrita.

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