11 de enero de 2021

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Prepárate porque tú podrías ser parte de la solución

por Rafael Martínez-Cortiña

El ser humano ya tiene experiencia en solucionar desafíos. En algunos casos graves. En esas situaciones, toda la sociedad tuvo que alcanzar un gran acuerdo para hacer las cosas de una alter manera.

 

[ ILUSTRACIÓN: JUÁREZ CASANOVA]

 

A lo largo de nuestra historia los seres humanos hemos aplicado el ingenio para superar dificultades. La experiencia de miles de años resolviendo problemas ha ido creando nuevos conocimientos, infraestructuras y tecnologías que permitían generar soluciones ante cada nuevo reto. La experiencia nos ha permitido saber cómo superar apuros y podría resultar útil para gestionar una complejidad que, en 2020, desborda a Gobiernos, empresas y personas.

La experiencia, según la Real Academia de la Lengua, es el “hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo”, lo que proporciona “conocimiento o habilidad para hacer algo”. Al no ser la primera pandemia mundial, podemos inspirarnos en soluciones que funcionaron en su día. Tenemos la oportunidad de construir la sociedad que queremos aprendiendo, también, de las mejores prácticas de nuestros antepasados.

Grandes problemas, grandes soluciones

La industrialización facilitó un rapidísimo crecimiento de las ciudades, pero las deficientes condiciones higiénicas y la falta de infraestructuras plantearon retos sanitarios monumentales. Hasta el siglo XIX, las bajantes de los edificios no conectaban con las cloacas. Las aguas residuales humanas eran vertidas a la calle, las lluvias las encauzaban hasta los sumideros y terminaban en ríos y pozos contaminados donde bebían las personas. Ello generó distintas epidemias de una de las enfermedades más extendidas y mortíferas del siglo XIX, el cólera. Murieron millones de personas en distintas oleadas hasta que, en la segunda mitad de siglo, se pudo demostrar que la enfermedad procedía del agua contaminada.

Las autoridades empezaron a plantearse la necesidad de resolver un problema que les desbordaba. Tras varias oleadas de cólera hasta mediados del siglo XIX, la necesidad de cambio se aceleró en Londres durante el calurosísimo verano de 1858, cuando se produjo El Gran Hedor (The Great Stink), originado por más de 200.000 pozos negros saturados, que empantanaron el aire con un olor insoportable para la población. Dicho acontecimiento transformó un deseo de las autoridades en una necesidad de las personas.

Tenemos la oportunidad de construir la sociedad que queremos aprendiendo, también, de nuestros antepasados

Entre 1859 y 1865 se construyó un nuevo alcantarillado en Londres para frenar pandemias y hedores. El sistema metropolitano de saneamiento suponía una infraestructura que alcanzó sus objetivos, y tuvo numerosas consecuencias imprevistas: generó nuevos trabajos, mejoró la calidad de vida de las personas y redujo las enfermedades. En ese momento nadie imaginaba que su creación sería un factor fundamental para alargar la esperanza de vida del ser humano como nunca lo había hecho en toda su historia. Nadie intuía que su utilidad también serviría para prevenir inundaciones, analizar residuos o advertir sobre problemas de salud e higiene, en todo el mundo. Nadie hubiera soñado que las redes de saneamiento se convertirían en el siglo XXI en infraestructuras básicas para las necesidades más inmediatas de las personas.

Hoy nos cuesta imaginar una ciudad sin red de saneamiento, a pesar de que convivimos en el mundo junto con “2.300 millones de personas sin instalaciones de saneamiento como letrinas que no estén compartidas con otras familias”, según la Organización Mundial de la Salud1.

Cinco pilares de la sociedad digital

Si nos dejamos inspirar por soluciones que funcionaron en el pasado y las traducimos a necesidades actuales con la tecnología disponible, las redes de saneamiento permitirían visualizar cómo infraestructuras digitales podrían ser parte de una solución que permitiese gestionar la complejidad del siglo XXI.

Al igual que las redes de saneamiento fueron diseñadas para toda la población, bajo condiciones de igualdad de acceso, no tendría sentido diseñar nuevas infraestructuras que excluyeran a parte de ella. La brecha digital sería equiparable a intentar solucionar el cólera con redes de saneamiento solo en barrios ricos, abandonando los desfavorecidos. Nunca se habría resuelto el problema porque afectaba a toda la población. Por ello, la digitalización abarcaría a todas las personas bajo condiciones de igualdad de acceso. Digitalizar parcialmente, o no facilitar su acceso, ya no tiene sentido.

Una de las consecuencias más relevantes de las redes de saneamiento fue que redujo desigualdades. La tasa de mortalidad se redujo, así como la incidencia de disentería, hepatitis A, fiebres tifoideas o poliomielitis, que diezmaban las poblaciones vulnerables. Una sociedad que consiguiese reducir las desigualdades de acceso a soluciones digitales en conocimiento, educación, salud, cultura y gobernanza a escala global combatiría mejor nuevas enfermedades del siglo XXI, como la soledad, la ignorancia y el odio.

La capacidad de las redes debe tener el volumen suficiente para cubrir las necesidades reales. Al igual que en el siglo XIX se pensó que era lógico que la capacidad de las redes de saneamiento debía calcularse con respecto a las necesidades del futuro, hoy la necesidad de que la conectividad sea inclusiva y sostenible parece incontestable.

 

 

Un acuerdo entre las partes fue necesario en el siglo XIX: el gobierno se encargó de la infraestructura, las empresas rediseñaron los edificios y la población cambió sus hábitos de higiene. El plan nunca habría funcionado sin la participación activa y el consenso de toda la sociedad al unísono. En el siglo XXI gobiernos, empresas y personas también deberemos ser los protagonistas de consensuar si queremos un mundo en que voces e instrumentos suenen en idénticos tonos.

Si la confianza de toda la población creció tras el correcto uso de las redes de saneamiento en el siglo XIX, por la cantidad tan ingente de beneficios que produjo en las personas, no deberíamos desechar la posibilidad de que ocurriera algo similar con una economía digital centrada en el ser humano. Si sucediera, al igual que en el siglo XIX, hoy no podríamos ni imaginar las consecuencias en el futuro bajo tecnologías más avanzadas.

Los cinco párrafos anteriores hacen alusión a los cinco pilares del Pacto Digital que Telefónica propuso en julio de 20202. De nuevo, ante un nuevo problema global el ser humano plantea una solución inédita que requiere de un gran acuerdo para hacer las cosas de una alter manera.

Pactemos ser parte de la solución

El Pacto Digital incorporaría nuevas incógnitas a la fórmula de la gobernanza de los años 2020. Ni gobiernos ni empresas son el eje central; las personas lo son. Es la ciudadanía la que está llamada a generar soluciones bajo un enorme cerebro que ya interconecta a las personas 24 horas, siete días a la semana, a escala global. Las personas nunca hemos tenido tanta relevancia para la gobernanza y nuestras necesidades nunca han estado tanto en el foco de atención como ahora. La incorporación masiva de inteligencias humanas, conectadas para aportar soluciones desde nuestra experiencia práctica a redes avanzadas, podría ser parte de la solución a la complejidad en los años veinte del siglo XXI.

El planteamiento socialmente disruptivo del Pacto Digital tiene defensores y detractores, al igual que las redes de saneamiento enfrentaron a la población del siglo XIX. Una parte consideraba que el nuevo alcantarillado “haría mucho daño a los conductos de las fuentes y cuevas y a muchos edificios faltándoles sus cimientos y otras muchas ruinas”3. En el siglo XXI, los detractores de este nuevo kilómetro cero social aducirán que deteriora el statu quo, afectaría las fuentes de información y sería el fin de muchas ruinas de la sociedad industrial. Sin embargo, en el siglo XIX ocurrió lo contrario y la realidad demostró que esas personas estaban equivocadas. Una nueva realidad modificó la vieja normalidad y el ser humano resurgió ganando.

Contigo sería posible

Para impulsar el Pacto te necesitamos a ti, a tu inteligencia y a tu experiencia. Necesitamos conectar nuevas soluciones bajo sistemas confiables que permitan aclarar las nuevas incógnitas de la función matemática de la gobernanza global: seguridad, libertad, empatía, comunidad y transparencia.

Pactemos para enriquecer nuestro sistema productivo incorporando todos los agentes económicos posibles para que gestionen todos los recursos existentes, incluidos los inmateriales. Reincorporemos a millones de pensionistas y viudas al tejido productivo con un nuevo recurso, su sabiduría. Esas personas podrían aportar soluciones porque ya saben cómo resolverlas, solo que su conocimiento no está conectado ni monetizado. El potencial reside, pues, en conectar y monetizar nuevos recursos gestionados por toda la población, bajo condiciones equitativas de acceso a las redes. Ello incluiría tu inteligencia —la inteligencia de cada persona— como nuevo recurso productivo y no sabemos si, en el futuro, podría ser hasta tu nuevo trabajo: monetizar tu sabiduría para ofrecer soluciones a otras personas desde tu experiencia práctica.

El potencial reside en conectar y monetizar nuevos recursos gestionados por toda la población, bajo condiciones equitativas de acceso a las redes

Un proyecto de futuro como plantea el Pacto Digital hoy es una utopía que se encuentra en el mundo de las ideas, al igual que lo fue durante miles de años la igualdad de derechos para las mujeres y hoy es una realidad. Desde aquí invito a reflexionar en términos de un pacto con mentalidad digital que siga las leyes de Internet, para que algún día personas, empresas y gobiernos acordemos un paso histórico, conectar al unísono.

No sabemos cómo puede ser un sistema de gobernanza que incorpore la inteligencia conectada de las personas. Según Juan Zafra, director de revista TELOS, “si no lo soñamos, no lo construimos”. Soñemos, pues, cómo conectar nuestras inteligencias para construir un mundo en el que nuestro gran logro sea no haber dejado a nadie atrás.

Notas

 1

Saneamiento. Datos y cifras. 14 de junio de 2019.
Organización Mundial de la Salud. Disponibles en:
https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/sanitation

 2

Telefónica (2020). Manifiesto por un Nuevo Pacto Digital. Una digitalización centrada en las personas. Disponible en: https://www.telefonica.com/manifiesto-digital/

 3

Fundación Canal Isabel II (2014). Historia del saneamiento de Madrid (proyecto de investigación). Disponible en: http://www.madrid.org/bvirtual/BVCM019290.pdf

Bibliografía

Levy, P. (1997): Collective Intelligence: Mankind’s Emerging World in Cyberspace. Massachusetts, Perseus Books. ISBN: 9780306456350.
Alag, S. (2008): Collective Intelligence in Action. Nueva York, Manning Publications. ISBN: 9781933988313.
Bastiaens, T.; Baumöl, U.; Krämer, B. (2010): On Collective Intelligence. Berlín, Springer-Verlag Berlin Heidelberg. ISBN: 9783642144806.
Fladerer, J-P. y Kurzmann, E. (2019): The Wisdom of the Many. Books on Demand. ISBN: 9783750422421.
Gubanov, D.; Korgin, N.; Novikov, D.; Raikov, A. (2014): E-Expertise: Modern Collective Intelligence. Springer International Publishing.
ISBN: 9783319067698.
Malone, T. (2018): Superminds. The Surprising Power of People and Computers Thinking Together. Nueva York, Little, Brown Spark (Hachette Book Group). ISBN: 9780316349130.
Malone, T.; Bernstein, M. (2015): Handbook of Collective Intelligence. Massachusetts, The MIT Press. ISBN: 9780262029810.
Morgan, J. (2014): The Future of Work: Attract New Talent, Build Better Leaders, and Create a Competitive Organization. John Wiley & Sons Inc. ISBN: 9781118877241.

Artículo publicado en la revista Telos 115


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Rafael Martínez-Cortiña

Economista por la Universidad Complutense y MBA por ESCP Europe. Co-fundador de Thinkeers. Miembro del Comité Científico de TELOS. Analista en Millenium Project. Su último libro es (Tu) Nación Digital, que publica Eolas Ediciones.


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