1 de febrero de 2022

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El futuro del pasado

por Olimpia Peñaloza

La ciudad no es un amontonamiento de casas y gente. La simple condición de estar juntos no describe el fenómeno. La ciudad no es un artefacto de uso individual, no es una máquina unifuncional ¿De qué está hecha? ¿Cuál es su principal motor?

 

[ ILUSTRACIÓN: MIRIAM PERSAND ]

 

Cuando supe de esta convocatoria, imaginé que se podría escribir sobre la labor social de los museos y centros culturales, luego me alejé de los lugares y sus entornos, observando las ciudades y aún más profundo, observando lo que significan las mismas, los significados del patrimonio cultural y la importancia que ellos tienen en el diario vivir de esas ciudades.

Hablemos por un instante de Leonia, la ciudad voraz de Italo Calvino. Existe una ciudad que todo lo consume: cada cosa entra y sale con una rapidez casi incontrolable. Es de una voracidad sin límites, pero mezquina y egoísta. Nada de lo que consume se reproduce. Todo tiñe, ensucia, se amontona y sobra. La opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se tiran para ceder lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera pasión de Leonia es, en realidad, gozar de las cosas nuevas y diferentes, o más bien el expeler, alejar de sí, purgarse de una recurrente impureza. Todas las ciudades tienen algo de ella porque una pertinaz enfermedad de la sociedad que la alimenta provoca su suerte.

Vivimos en un mundo materialista, líquido, rápido. Todo debe actualizarse antes de que pase la fecha de vencimiento. Observamos así, que el estilo de vida implementado hoy en la sociedad es el opuesto de la preservación. Por eso, hablar de preservación de patrimonios culturales de una ciudad acaba por afrontar todo el pensamiento social inserto en la economía globalizada. Preservar el patrimonio cultural hoy en día acaba siendo una medida de resistencia al tiempo presente y conservar la cultura es indudablemente fundamental para mantener viva la historia de la ciudad.

La ciudad se reconoce como un flujo y reflujo de intercambios de energía, materia e información, que se transforma, consume, desecha; en algunos casos se recicla y en otros se agolpa como desperdicios; pero también se exporta. En una época, estos movimientos se hacían con energía psicosomática que, en general, no producía efectos secundarios depredadores o impactantes. Hoy, sustituido casi enteramente por energía extra somática, que deteriora transformando a la ciudad en un fenómeno nocivo.

La ciudad es un sistema vivo, se rehace cada día y vive en la conciencia de los que la habitan, es un espejo material de las circunstancias sociales, políticas y económicas

Las decisiones urbanas se toman en mayor frecuencia con una calculadora en mano, en función de los intereses inversores. Los discursos de recuperación de patrimonio, arquitectura y finalmente, de la ciudad, se utilizan como elementos incuestionables, escondiendo como fin último, la generación de espacios de consumo. Pese a todo, la conservación del patrimonio cultural no puede ser reducida solo por su correlación con el potencial cultural y turístico de la ciudad, ya que son esenciales para la construcción de la identidad, de las memorias colectivas y del sentimiento de pertenencia de la población.

La ciudad no cuida de sí misma. Los representantes del poder público de una ciudad deben mirar la destrucción del patrimonio histórico y cultural como la expresión más evidente de desconocimiento. Y la pregunta que se debe hacer es ¿a quiénes interesan la destrucción de lo antiguo? La destrucción del patrimonio histórico, cultural y geográfico crea ganadores de mucho dinero. Es como la guerra; en la guerra y en los negocios todo lo malo parece ser justificable.

Ahora, un poco de Pentesilea, la ciudad in-urbana o in-humana. La consecuencia territorial de Leonia es Pentesilea. Puedes avanzar durante horas y no se ve claro si estás en medio de la ciudad o fuera, su trazado se expande por kilómetros, con construcciones de magras fachadas como un peine desdentado; encuentras terrenos baldíos, después un suburbio oxidado de oficinas y depósitos, un cementerio, una feria de carruseles, un matadero. Algunas personas llegan para trabajar, otras para dormir. Te preguntas si existe un afuera.

La ciudad creció vinculada al centro único. Ahí donde había una parroquia, donde había una estación de tren, emergía un germen urbano. Con el tiempo, la centralización económica, no podía permitir una efectiva desconcentración espacial. Se crean gigantes zonas residenciales de lujo y de miseria, con dependencia laboral en los centros. Se pierde referencia, se vive en un constante suburbio volviendo inhumana la inurbana aglomeración, donde los habitantes viven una vida marginal. Crece la periferia, crece la anomia de todo el conjunto y crece su falta de identidad. La razón económica que condena a este tipo de asentamientos in-urbanos ya resulta secundaria y hasta superficial. Es cierto, son un desperdicio de suelo, energía y exigen un alto costo en provisión de servicios.

 

 

La ciudad es un collage, una entidad que adquiere nuevo sentido mediante la adición de cada época, desde la nostalgia histórica como valor de cambio, ya sea la reutilización y recuperación de áreas históricas para nuevos usos de ocio o empresarial, mercantilizando la memoria; por ejemplo, el barrio Tribecca en Nueva York o Puerto Madero en Buenos Aires, donde centros históricos son convertidos en una rémora artificial de sí mismos con hoteles de cadenas internacionales, tiendas de marcas de moda, solo franquicias mundiales que eliminan las rugosidades, las diferencias y, en definitiva, la realidad. Hasta los monumentos urbanos, que son plazas, iglesias, escuelas, teatros, museos… espacios para el intercambio de experiencias y significados e interacción, de utilización, de creación de memoria, espacios en los que cada uno es, simultáneamente, aprendiz y constructor de la memoria urbana. Son espacios que no pueden repetirse, explicarse ni crearse ex profeso. Solo la lenta construcción de la ciudad y la experiencia directa y personal los hará reales y concretos.

Y cuando se cree que diseñando la ciudad se podrá llegar a la ciudad ideal, llega Zora, la ciudad artificial. Tiene la propiedad de permanecer en la sucesión de las avenidas y de las casas a lo largo de las calles, de las puertas, ventanas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras y rarezas particulares. Zora sucede como partitura donde no se puede cambiar o desplazar alguna nota. Es la ciudad que no se borra de la mente, es como un armazón o una retícula; obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languidece, se deshace y desaparece.

Hipodamo de Mileto no inventó la ciudad ideal, artificial. Por ello es quizás un experto en ciudades y no un diseñador de ciudades. Codificó las tensiones de la vida urbana y trazó un entorno de vida1 armónico y disponible a la imaginación social. Los romanos fueron prácticos. Con patrones desarrollaron la configuración físico-social de la ciudad y guiaron su crecimiento. El cardus y decumanus eran los ejes que estructuraban el territorio, el germen de la ciudad nacía de su encuentro. Es con el Renacimiento que el hombre busca la perfección, incluso en la ciudad. Formas puras, geométricas (el cuadrado, la estrella, el círculo) son finalidades de diseños abstractos que pretenden condensar la irreducible complejidad urbana. La ciudad ideal nunca sobrevivió a sí misma. Francesco di Giorgio Martini fijó sus principios como el orden axial, la perspectiva, los edificios como monumentos, piezas de ajedrez ordenadas con leyes abstractas. La modernidad de la época exigía una gran calle de movimiento vehicular, la gran plaza de representaciones, el gran parque de entretenimiento de los cortesanos. En ciudades como Roma estos urbanistas-artistas pasaron de la pintura y el plano dibujado a la realidad construida, aceptando contingencias y condicionantes naturales.

La vertiente idealista de una ciudad-plan quedaría buscando permanentemente el modelo ideal. Ciudades como Washington o La Plata. Sin embargo, con la Revolución Industrial se creó una nueva dimensión para justificar la necesidad de solucionar el engendro supuestamente maligno de las ciudades espontáneas. Con ello, dos variantes dominantes surgieron como propuesta: el diseño urbano como objeto completo (la Ciudad Industrial de Garnier o el Plan Voisin de Le Corbusier) y el plan regulador, como técnica de control absoluto de las variables físicas de la ciudad. Las críticas giraban en torno a que el diseño urbano completo daba la espalda al carácter impredecible de la ciudad y a que el plan regulador congelaba la creatividad arquitectónica. Sin embargo, eran necesarios. Pero no al extremo de pretender saber todo lo que una ciudad necesita en términos físicos. Ambos modos no dieron resultado. Brasilia es un claro ejemplo de ciudad insufrible. Los barrios satélites o de obreros o de élites. Las nuevas ciudades satélites olvidaron que seguían siendo artificiales, separadas de la historia.

La ciudad es un collage, una entidad que adquiere nuevo sentido mediante la adición de cada época

A fines de los años 50, los urbanistas-artistas volvieron a la historia de los centros históricos y monumentos arquitectónicos. A partir de su conservación se podría asegurar que se rescataría el sentido del lugar, que hizo la vida y la cultura de ciudad. Comenzó una intensa búsqueda de criterios y modos de conservación. Crear nuevos edificios parecía ser un sacrilegio. Si bien es cierto que aquella ola de estudios y publicaciones, aquella preocupación por rescatar el pasado como herencia viva ha salvado muchos edificios históricos de un modernismo absolutista ciego, demagógico y abstracto que los destinaba a la demolición.
Si la conservación se limita al continente edilicio o urbano, la población que le da vida termina siendo expulsada. Ruben Pesci plantea un error desde 1980 en los términos usados: conservar, quiere decir congelar, en lo físico o lo social y esto es historicismo, museología a la antigua. Pretender una ciudad como Zora, donde todo permanece igual. Preservar, en cambio, tiene un concepto de perdurabilidad dinámica, por su sentido de prevenir la vejez y obsolescencia, restablecer a tiempo la inyección de vida necesaria.

El conservacionismo olvida o minimiza que la estabilidad, por sí sola, es insuficiente. En realidad, hacer una cosa o hecho estable y que perdure implica hacerlos válidos para el futuro, de modo que, distintas generaciones puedan percibirlos con el mismo calor y significado. La ciudad es un sistema vivo, se rehace cada día y vive en la conciencia de los que la habitan, es un espejo material de las circunstancias sociales, políticas y económicas.

Cada ciudad busca su singularidad diferencial, tratando de acaparar la mayor variedad de ofertas de ocio y comercio, y así lograr una posición de supremacía. Paradójicamente, la búsqueda de atractivos para conseguir las inversiones globales ha provocado que, en muchos aspectos, las ciudades se asemejen cada vez más entre ellas y pierdan sus peculiaridades, poblándose de iconos de la modernidad global. El desafío consiste en encontrar, potenciar y desarrollar el papel de cada ciudad en el contexto de la globalización.

La UNESCO se posiciona al decir que “nuestro patrimonio cultural y natural es fuente insustituible de vida e inspiración, nuestra piedra angular, nuestro punto de referencia, nuestra identidad”. La población más joven no conoce la historia de donde habita. En la gran mayoría de los casos, las nuevas generaciones no consiguen dimensionar las razones de existencia de los patrimonios culturales en su ciudad.

Si hemos reconocido que la ciudad es histórica, dinámica, colectiva; si sabemos que es imperfecta y por ello fascinante, impredecible, viva, su materia son las relaciones, no las cosas. Solo una aproximación a su metabolismo como sistema podrá permitirnos comprender algo de su naturaleza. Debemos conocerla por dentro para proyectar qué debe ser preservado y qué debe ser inverso en sí cada día.

Notas

 1Cadre de vie en el original de la autora.

Bibliografía

Bauman, Z. (2009): Vida líquida. Zahar.
Calvino, I. (2005): Las ciudades invisibles. Madrid, Siruela.
Pesci, R. (1985): La Ciudad In-Urbana. La Plata, Libros A/mbiente.

Artículo publicado en la revista Telos 118


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Olimpia Peñaloza

Arquitecta y fotógrafa. Especialista en evaluación y gestión del patrimonio cultural. Es parte del equipo de comunicación de la Red de Museos Amazónicos en Bolivia, Ecuador y Perú. Miembro del grupo GSIM (Grupo Salamanca de Investigación en Museos y Patrimonio Iberoamericano).


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