19 de enero de 2022

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Futuros antropocéntricos al por mayor

por Alejandro Piscitelli

Hay una relación inversamente proporcional entre los futuros que nos acongojan (desequilibrios geopolíticos, cambio climático, economías financieras, muerte de la clase media; ingobernabilidad populista) y los que anticipamos y deseamos. Proponemos construir futuros más verosímiles apostando al larguísimo plazo y a disrupciones aún más radicales que las anteriormente mencionadas.

 

[ ILUSTRACIONES: LAURA WÄCHTER ]

 

En una entrevista que le hiciera Johnny Carson a propósito del Episodio IV: Una nueva esperanza (1978) de Star Wars, Carl Sagan ironizaba acerca del chovinismo etnocentrista que convertía a la Galaxia del Futuro en una sucursal de la ideología WASP1: los blancos mandarían igual que hoy, y la improbable fisonomía humana sería la norma, no importa a cuántos millones de años luz nos encontráramos2.

Así como en América Latina hablamos de décadas perdidas para el desarrollo, en el mundo también podemos hablar de décadas perdidas para los estudios del futuro por motivos semejantes. Fuimos rehenes del siglo XIX sin saberlo (Whitehead, 1961).

Nuestro siglo XXI quiso desapegarse de los mejores pensa/hacedores de mediados del siglo XX (Lynn Margulis, James Lovelock, Buckminster Fuller o Donna Haraway, hoy de regreso), volviendo a ignorar a nuestros ancestros y así nos fue. Despreciamos sus advertencias y reaccionamos a las prevenciones acerca de otros tipos de desarrollos deseables (circular, sostenido, acotado, distributivo, en simbiosis –y no contra– la naturaleza pero también expansivo y galáctico), con un reduccionismo tecnológico con consecuencias redistributivas nefastas y con la ruptura –potencialmente irreversible– con el árbol de la vida.

La pandemia tuvo más capacidad de diseño de futuros que todos los prospectivistas del mundo unidos

Nuestra fascinación por el diseño de futuros nació a partir de nuestra adicción adolescente por la ciencia ficción por entregas, coronada por la inmersión en los clásicos de Ray Bradbury a Brian W. Aldiss, J. G. Ballard, Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, Olaf Stapledon, Theodore Sturgeon y J. R. R. Tolkien, entre otros. Nuestra introducción científica a la prospectiva pasó por muchos años de frecuentar los sistemas complejos, la cibernética, los modelos globales, las discusiones acerca de los límites del crecimiento y el modelo alternativo de la Fundación Bariloche.

No sabíamos entonces que los años más pujantes y equitativos del siglo XX (1945-1973) estaban llegando a su fin. Justo después de la crisis del petróleo de 1973 y como respuesta a los desafíos de las revoluciones de izquierda y la descolonización –mientras, aún viviríamos dos décadas de Guerra Fría–, todo cambiaría de color y proliferarían los institutos para el futuro buscando poner al mundo desbocado nuevamente sobre sus goznes.

Mientras en Estados Unidos la World Future Society (1966) y el Institute for the Future (1968) un spin-off3 de la RAND Corporation, junto a pioneros salvajes como Herman Kahn o profetisas de la era de Acuario como Hazel Henderson, intentaban exorcizar los futuros, en Francia desde Gaston Berger a Michel Godet no fueron menores los esfuerzos por controlar el futuro, a partir de modelos y predicciones que resultaron tan infructuosas como improcedentes. Todas estas visiones compartían el doble sesgo de no sobrepasar el medio siglo o de estar basadas en el decrecimiento voluntario, imaginando futuros sin mayores sorpresas.

Existen diseñadores especulativos que imaginan escenarios buscando formas de bailar el tango entre naturaleza y tecnología de un modo equidistante entre la tecnofobia y la tecnofilia

Cuando volvimos a diseñar escenarios medio siglo más tarde ­—después de nuestra participación en un área de metodología prospectiva entre los años 1976-1978—, lo hicimos con insumos provenientes de la big history, la longue durée, la economía digital, la ecología de los medios, las inteligencias múltiples, la revolución cognitiva, la teoría de la decisión, la bioingeniería, las neurociencias, la historia virtual, la teoría de la ficción, creyendo que nos permitirían encarnar más seriamente nuestras hipótesis acerca de futuros deseables y probables, imposibles pero necesarios; hipercomplejos pero auditables.

Eppur… de poco sirvieron todos estos enfoques, –aún en su recombinación antidisciplinaria– para pintar futuros no-convencionales. Lo mismo les ocurrió a futuristas profesionales como Peter Diamandis, Michio Kaku, Gerd Leonhard, Jane McGonigal, Marina Gorbis, Nick Bostrom, Ray Kurzweil, quienes oscilan entre posturas apocalípticas e integradas, les cuesta imaginar el fin/reinvención del capitalismo y proponen futuros alternativos poco discontinuos. Como hacía George Lucas en Star Wars4.

De SETI a los terraformistas

Por suerte, existe un grupo de diseñadores especulativos que se hacen preguntas poco comunes, que no toman como dado que la humanidad esté viviendo por encima de sus posibilidades, que no ven el decrecimiento como la única opción inteligente al extractivismo dominante y que imaginan escenarios mucho más extremos, buscando nuevas formas de bailar el tango entre naturaleza y tecnología de un modo equidistante entre la tecnofobia y la tecnofilia5.

Yevheniia Berchul y otros, al hipotetizar en One Backcasting Kardashev6 visiones futuras de la Tierra, muestran la necesidad de repensar las relaciones entre energía, civilización y planetariedad desde un lugar totalmente excéntrico a la prospectiva tecnológica dominante ejercitada por el músculo financiero de las GAFA7+ y la alianza Silicon Valley + Wall Street + Hollywood (pero también a la crítica tecnofóbica anti-capitalismo de plataformas).

Las narrativas de “decrecimiento” o “sostenibilidad” sugieren que la civilización humana necesitará utilizar menos energía en el futuro. Pero ¿qué pasaría si, en cambio, la tendencia se dirige exactamente en la dirección opuesta, en una trayectoria de uso de energía cada vez mayor? En algún momento, entraríamos en los niveles casi fantásticos de uso de energía previstos por la escala de Kardashev7.

Terraforming o terraformación es un proyecto integral para transformar las ciudades, tecnologías y ecosistemas terrestres. El Antropoceno –imaginemos cualquier texto que nos guste aquí, calificando o problematizando el término– revela nuestro proyecto de terraformación en curso, sin cabeza, irracional y poco ético. ¿Y si imagináramos una versión futura del planeta que engendró una civilización para quién el completo ordenamiento y reordenamiento de su estado físico no fuera solo una posibilidad teórica, sino una realidad material? Eso sería un planeta, eso haría una civilización, que a su vez rehace el planeta.

 

 

Sobre la base de estas suposiciones Yevheniia Berchul et al. generaron cuatro escenarios cuasi-Tipo 1 polémicos y aleccionadores, basados en la producción de energía y la localización de su consumo, el tamaño de la población y el uso de la tierra:

  • Black Marble. es altamente ineficiente en el uso de energía y tecnología. No permite hacer viajes espaciales. Con alta entropía, una celda fotovoltaica rodea al planeta y los océanos se usan para cultivar algas. La mayoría de los habitantes viven en mundos virtuales —¿Metaverso?—. Población: 200.000 millones; uso tierra: 14 por ciento; aglomeración: 25 por ciento. La vida real es solo para los hiperricos: un uno por ciento.
  • Arkology. La mayoría de la población vive fuera de la tierra; la arquitectura es mínima, el espacio es para la agricultura y la regeneración de la biodiversidad y sirve como laboratorio para la creación de nuevas especies. Civilización poscatastrófica en la que el crecimiento está severamente administrado. La industria y todo lo fabricado está en la Luna, igual que la única fuente de energía que irradia a la tierra. Hay solo 2.000 millones de personas en un dos por ciento del planeta.
  • Haffearth. Llega al Tipo1 y explora formas de incrementar indefinidamente la energía. Los nanobots o micro-robots se apoderan del planeta convirtiéndola en una máquina global, mientras una inteligencia artificial (IA) lo administra. Todos los componentes biológicos innecesarios –seres humanos incluidos– han sido desechados. La energía proviene del Sol, pero sobre todo de la fusión nuclear. Es una civilización planetaria poblada por billones de robots, con la tierra al cien por cien industrializada, con cero biodiversidad. Civilización posplanetaria que tomó a la Tierra como caballo de Troya para su expansión.
  • Fotosimbiontes. Son ex-homo sapiens antropomorfizados en relaciones simbióticas con otras especies para superar sus limitaciones. Partiendo de animales marinos capaces de autotrofia y haciendo la fotosíntesis a través de células de algas reemplazaron la necesidad de alimentarse comiendo animales o plantas. La abundancia es la base de la economía. Hay un control absoluto del clima, un billón de habitantes —ecumenópolis—, 4 por ciento de uso de la tierra, el resto se usa para hacer crecer biomasa para reactores de biocombustibles. Los derechos de acceso a la energía básica universal permiten instalar un heliosocialismo.

¿Fantasías? ¿Diseño especulativo? A la luz de las innovaciones exponenciales encadenadas (Azhar, 2021), los problemas ecológicos y económicos planetarios, la metáfora que supone elegir a Elon Musk como “Time Person of the Year 2021”, los escenarios propuestos por el Strelka Institute son más que oportunos.

Frente a tanta timidez prospectiva, a tanto chovinismo y a tanto occidentalismo endogámico, necesitamos revisar el método de invención de futuros a la luz de las ciencias cognitivas (McGilchrist, 2021), el entanglement (Oxman, 2016), el reframing (Cukier et al., 2021) y nuestra propia historia como humanidad (Graeber, & Wengrow, 2021; Rose, 2021).

La pandemia tuvo más capacidad de diseño de futuros que todos los prospectivistas del mundo unidos (Horton, 2020). Algo grave falla en nuestra epistemología y ontología, y nuestra incapacidad para devenir buenos ancestros está ligada a nuestra ceguera frente al long now y las derivadas de segundo orden propias de las innovaciones en curso. Somos como dioses, pero no lo estamos haciendo demasiado bien.

Notas

 1WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) es el acrónimo en inglés de blanco, anglosajón y protestante. Se emplea para referirse a una ideología excluyente hacia otros colectivos no incluidos en estas categorías.

 2Carl Sagan hablando de la evolución humana y Star Wars. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ZatGKzaAS2w

 3Spin-off es una empresa u organización nacida como extensión de otra mediante la separación de una división subsidiaria.

 4La referencia a Sagan (1973) —un pionero de los estudios Search for Extraterrestrial Intelligence (SETI)—, no fue azarosa. Necesitamos de guías capaces de atravesar el tiempo y el espacio para imaginar futuros a miles de años vista, lejos de la tierra o en las antípodas de los modos de reducir la complejidad que se han convertido en una segunda naturaleza.

 5Nos referimos a terraformistas con Benjamin Bratton (2021), y en especial al proyecto trienal que está liderando en el Strelka Institute de Moscú desde 2020. Más información en: https://theterraforming.strelka.com/

 6Berchul, Y. y otros (2020): Backcasting Kardashev One Considering future visions of Earth reveals the necessity of rethinking the relationships between energy, civilisation and planetarity. Disponible en: https://www.backcasting-kardashev.one/

 7En referencia a Google, Amazon, Facebook y Apple (GAFA) y otras plataformas digitales.

 8Clasificación de civilizaciones propuesta por el astrofísico ruso en 1964 como parte de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Tiene tres categorías, llamadas Tipo I, II y III, basadas en la cantidad de energía que una civilización es capaz de utilizar de su entorno. Estos tipos, que se incrementan de manera exponencial, también denotan el grado de colonización del espacio. Una civilización de Tipo I ha logrado el dominio de los recursos de su planeta de origen, Tipo II de su sistema planetario y Tipo III de su galaxia. La civilización humana tendría actualmente un valor de 0,73 en dicha escala, pudiendo alcanzar el Tipo I en unos 100-200 años, el Tipo II en unos cuantos miles de años y el Tipo III entre 100.000 a un millón de años.

Bibliografía

Azhar, A. (2021): Exponential. How accelerating technology is leaving us behind and what to do about it. Londres, Penguin Random House.

Bratton, B. (2021): La terraformación. Programa para el diseño de una planetariedad viable. Buenos Aires, Caja Negra.

Cukier, F.; Mayer-Schönberger, V. y otros (2021): Framers: Human Advantage in an Age of Technology and Turmoil. Nueva York, Dutton.

Graeber, D. y & Wengrow, D. (2021): The dawn of everything. A new history of humanity. Londres, Penguin Random House.

Horton, R. (2020): The COVID-10 Catastrophe. What’s gone wrong and how to stop it happening again. Cambridge, Polity Press.

McGilchrist, I. (2021): The Matter With Things: Our Brains, Our Delusions, and the Unmaking of the World. Londres, Perspectiva Press.

Oxman, N. “Age of Entanglement” en Journal of Design and Science 1, 2016. Disponible en: https://jods.mitpress.mit.edu/pub/ageofentanglement/release/1

Sagan, C. (ed) (1973): Communication With Extraterrestrial Intelligence (CETI). Cambridge, MIT Press.

Whitehead, A. (1961): Aventura de las ideas. Buenos Aires, Fabril Editora.

Artículo publicado en la revista Telos 118


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Alejandro Piscitelli

Filósofo especializado en nuevos medios: internetómano, bibliómano, posgutenberguiano y felinómano. Ha combinado su actividad con la escritura, y cuenta (entre otros) con Ciberculturas 2.0, Nativos digitales o Innovación y barbarie (con Julio Alonso).


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