19 de enero de 2022

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La gran imaginación

por Jorge Camacho
Ilustrador Laura Wächter

El despertar de la imaginación del futuro a partir del siglo XVIII ha participado en el proceso de cambio radical que se conoce como la Gran Aceleración. Ahora todo está en juego. ¿Qué alternativas podemos imaginar para las próximas décadas?

 

En la ciudad de París, algún día del año 1770, un hombre se enfrasca en una encendida discusión con su amigo, un filósofo inglés que visita la ciudad, sobre los defectos e injusticias de la sociedad parisina de su época. Al poco tiempo, aquel hombre se echa a dormir y, sin saber cómo, despierta convertido en un viejo que deambula por su misma ciudad, pero en un futuro lejano, en el año 2440 para ser exactos. Al recorrer la ciudad descubre una sociedad y una forma de vida que desde su perspectiva formada en el siglo XVIII resultan poco menos que ideales. Las calles son amplias, limpias y bellas. Los habitantes son muy educados y parecen todos felices. Visten de forma cómoda y son médicos o abogados, ocupaciones que él considera verdaderamente valiosas. Los monjes, las prostitutas y los vagabundos ya no existen en esa sociedad, que es igualitaria y está regida por la razón y la ciencia.

Esta es, a grandes rasgos, la historia imaginada por Louis-Sébastien Mercier y publicada en 1771 bajo el título L’An 2440, rêve s’il en fut jamais, una obra clave en tanto que puede considerarse como la primera utopía o, siendo precisos, ucronía situada en el futuro.

Como argumenta el crítico literario Paul Alkon, la novela de Mercier “inicia un nuevo paradigma para la literatura utópica”1. Mercier fue el primero en imaginar una sociedad ideal en el futuro para impulsar a sus contemporáneos a tratar de construirla. Por supuesto, no fue el último.

Desde finales del siglo XVIII y, sobre todo, a partir del siglo XIX, asistimos a un despertar de la imaginación futurista que, tanto para advertirnos como para inspirarnos, se expresó a través de la literatura, la ilustración, la arquitectura y, más tarde, el cine, el cómic, el diseño y los videojuegos —además de campos especializados de las ciencias sociales como los Estudios de Futuros y la Prospectiva Estratégica—.

Desde la óptica de nuestra cultura global, aparentemente obsesionada con el mañana, es fácil subestimar la importancia de ese desarrollo intelectual y creativo. Tendemos a considerar la imaginación prospectiva como un rasgo característico de nuestra naturaleza humana. Así lo argumentan, por ejemplo, un grupo de psicólogos liderados por Martin Seligman que, en su libro Homo Prospectus, escriben: “La inigualable capacidad humana de dejarse guiar imaginando alternativas que se extienden hacia el futuro (prospección) describe de manera única al homo sapiens2.

 

 

Sin embargo, y a pesar de que es claro que esta capacidad prospectiva probablemente ha jugado un rol central en la vida cotidiana de todos los seres humanos, es válido preguntar: ¿Siempre hemos imaginado, como lo hizo Mercier, futuros a largo plazo en el que nuestras formas de vida son radicalmente distintas al presente?

En realidad, durante la mayor parte de nuestra historia y para la mayoría de las personas, esa capacidad prospectiva se limitó a explorar su entorno inmediato a corto plazo. No había suficientes cambios radicales, en el lapso de vida de las personas, como para que se volviera necesario o atractivo imaginar el devenir de las cosas décadas o siglos en el futuro.

Jim Dator, uno de los pioneros de los Estudios de Futuros, describe esa condición como estar parados en un antiguo rollo de película: “Miramos hacia abajo y vemos la escena en el cuadro en el que estamos, miramos hacia adelante y, por lo que podemos ver, la escena en cada cuadro parece la misma que donde estamos ahora. Y si miramos hacia atrás vemos lo mismo: no hay muchos cambios que podamos ver desde el pasado hasta el ahora”3.

¿Qué sucedió hacia finales del siglo XVIII, principalmente en Europa, que pudiéramos reconocer como un motor de cambio para la aparición de la imaginación futurista? El mismo Dator propone la siguiente explicación: “La tasa de cambio social y ambiental comenzó a acelerarse. (…) Era como si alguien hubiese recogido la película vieja del suelo, la hubiese colocado en un proyector de imágenes en movimiento y hubiese encendido el interruptor”4.

Desde finales del siglo XVIII y, sobre todo, a partir del siglo XIX, asistimos a un despertar de la imaginación futurista

Las ciencias de la Tierra usan el concepto de Gran Aceleración para referirse al aumento explosivo en la tasa de crecimiento en una amplia gama de medidas de la actividad humana (el producto interior bruto, la inversión extranjera, el uso de energía primaria, entre otros) y el impacto que dicho crecimiento ha tenido en los ecosistemas del planeta. Este proceso, que se registra de forma más dramática en la segunda mitad del siglo XX pero suele rastrearse precisamente hasta mediados del siglo XVIII, involucró mucho más que solo cambios materiales.

El término “Gran Aceleración”, explican los creadores del concepto, “hace eco de la frase de Karl Polanyi La Gran Transformación y en su libro del mismo nombre, Polanyi propuso una comprensión holística de la naturaleza de las sociedades modernas, incluida la mentalidad, el comportamiento, la estructura y más”5.

¿Es casualidad que la imaginación del futuro se haya desatado precisamente en sintonía con esa Gran Aceleración? Esa es la pregunta que se explora en La Gran Imaginación: Historias del Futuro, una exposición que se presenta en Espacio Fundación Telefónica en Madrid. La muestra propone un recorrido por un universo de ficciones y ensoñaciones que en distintos momentos de la historia han evocado cómo podría ser un tiempo futuro a través de la literatura, el cine, el cómic, el diseño o la arquitectura, entre otras disciplinas.

Durante los últimos 250 años, la humanidad como un todo, aunque de forma muy desigual, ha transitado por el proceso de cambio radical que denota el concepto de Gran Aceleración. Al mismo tiempo, una suerte de Gran Imaginación enfocada en las posibilidades futuras, tanto positivas como negativas, ha impulsado este proceso desde adelante, como si fuera un imán jalando las esperanzas y los temores de las personas. Una premisa clave de la muestra es que esta Gran Imaginación no debe interpretarse simplemente como un epifenómeno. Debemos reconocerla como un factor clave que forma un bucle de retroalimentación con las transformaciones culturales, políticas, socioeconómicas y del sistema Tierra. Todos estos cambios hacen posible, atractivo e, incluso necesario, imaginar futuros. Al mismo tiempo, esas imágenes del futuro animan y guían las innovaciones que hacen posible el cambio social.

Como consecuencia de este proceso nos encontramos ahora en un momento crítico; una suerte de cliffhanger6 en la historia de la modernidad que involucra no solo una pandemia y una recesión económica que no se habían visto en más de un siglo, sino también la crisis de las democracias, los riesgos asociados al desarrollo de la inteligencia artificial y el gigantesco reto civilizatorio que representa el cambio climático. Todo está en juego. ¿Qué futuros podemos imaginar para lo que resta de este siglo y más allá?

Una teoría central en los Estudios de Futuros, propuesta por el propio Jim Dator, podría ofrecernos una respuesta. Según él, los millones de visiones prospectivas que han sido creadas a lo largo de la historia pueden agruparse alrededor de cuatro arquetipos o imágenes genéricas del futuro, a saber: crecimiento, colapso, disciplina y transformación. Más que cuatro categorías perfectamente delimitadas, estos arquetipos sugieren cuatro puntos cardinales —cada uno con sus propios temas, esperanzas y preocupaciones—. Ninguna de esas imágenes genéricas, por sí misma, es positiva o negativa, utópica o distópica. Incluso el colapso puede ser una ventana de oportunidad para nuevos comienzos. Un aspecto que, desde mi perspectiva, le da vigencia a este marco conceptual es que funciona también como una especie de brújula teórica y política para orientarnos en los debates actuales que desde distintos campos del saber científico —la economía política, los estudios sobre ciencia y tecnología, la economía ecológica, entre otros— proponen salidas alternativas a la encrucijada en la que nos encontramos.

Durante los últimos 250 años, la humanidad ha transitado por el proceso de cambio radical que denota el concepto de Gran Aceleración

Para comunicar estos futuros alternativos, la exposición presenta cuatro instalaciones originales que son producto de colaboraciones entre diseñadores de futuros y un conjunto de teóricos que están a la vanguardia en sus distintos campos de investigación. Carlota Pérez y el equipo de Jacques Barcia y Jake Dunagan de Institute for the Future exploraron la posibilidad de una nueva era de crecimiento sostenible, global y equitativo. Raphaël Stevens y N O R M A L S se preguntaron: ¿Es acaso el colapso de nuestra civilización un resultado no solo inevitable, sino deseable? Giacomo D’Alisa y Becoming nos invitaron a conocer una forma de disciplina en la que aprendemos a ser Tierra y disfrutar de la simplicidad. Finalmente, Holly Jean Buck y OIO Studio nos presentan un mundo en el que la transformación tecnológica ha creado una nueva emoción por una nueva naturaleza.

Como comisario de la exposición, he invitado a cada uno de los cuatro autores mencionados a preparar una breve exposición de sus ideas. En respuesta a eso que he llamado La Gran Imaginación, estos textos pueden ser leídos como un diálogo entre distintas visiones del futuro. En cierto modo, estas perspectivas representan cuatro formas alternativas en las que se podría dibujar el siguiente tramo de la curva que representa La Gran Aceleración.

 

 

Crecimiento digital, verde, equitativo y global

 

Carlota Pérez
Profesora Honoraria, Institute for Innovation and Public Purpose y University College London.

 

Una de las opciones viables de futuro se apoya en el potencial de las tecnologías de la información para desmaterializar una gran parte del modo en que cubrimos nuestras necesidades. El comienzo de ese modelo está teniendo lugar con el streaming de la música y el cine, al igual que la digitalización de los libros, las revistas y los diarios.

El mundo tecnológico está experimentando masivamente con formas de reverdecer los materiales energo-intensivos como el acero y el hormigón; con modos de aumentar las energías renovables mientras desarrollan baterías y reducen su costo; con modos de apoyar la agricultura regenerativa, los alimentos de laboratorio y los cultivos verticales alrededor de las ciudades, para reducir la necesidad de enlatar y congelar, al mismo tiempo que se eleva el valor nutritivo de la comida; con formas de transporte ambientalmente sostenibles y con muchas otras formas de reducir la huella de carbono. Todo ello supone inversiones masivas en investigación científica y tecnológica y en innovación y emprendimiento.

Mi optimismo ambiental va aparejado con un optimismo social. Mis investigaciones sobre los patrones de difusión de las revoluciones tecnológicas me indican que, luego de un período de destrucción creadora, signado por experimentación sin rumbo definido, la sociedad reconoce la necesidad de superar los daños sociales consecuencia de la mitad destrucción, y de darle dirección al nuevo potencial de la mitad creadora. Así surgen las épocas doradas del capitalismo.

Estamos precisamente en ese momento crucial. La conjunción de la reconstrucción pospandemia, con la emergencia climática en este punto medio de la actual oleada tecnológica, indica la posibilidad de enrumbar la economía hacia el crecimiento digital, verde, equitativo y global. Ya lo vimos en la reconstrucción de la posguerra, en la Belle Époque y en el Boom Victoriano.
La oportunidad está allí. ¿Sabremos aprovecharla?

 

Colapsología

 

Raphaël Stevens
Prospectivista especializado en pensamiento sobre el colapso y la resiliencia

 

¿No crees que nuestra época huele a colapso? Los indicios del fin de este mundo están apareciendo en todas partes: en las recientes advertencias de los científicos; en los discursos de la activista Greta Thunberg y António Guterres, el secretario general de las Naciones Unidas; en los informes del Banco Mundial y del ejército; en los comentarios de los medios sobre los incendios en Australia, Brasil y Siberia; así como en relación con la pandemia COVID-19.

En 2015, mi colega Pablo Servigne y yo acuñamos un neologismo, colapsología, y escribimos un libro para invitar a intelectuales, académicos, expertos independientes y al público por igual a unirse y entablar una conversación significativa sobre la posibilidad de que un colapso de la civilización industrial suceda durante nuestra vida, para la generación actual. Nuestro objetivo ha sido informar a la mayor cantidad de gente posible de lo que un número creciente de científicos e instituciones están diciendo sobre estos escenarios peligrosos, pero poco considerados, para que la sociedad pueda organizarse políticamente para mitigar el riesgo.

Algunos comentaristas nos han llamado “alarmistas” o “fatalistas”. Quizás la mejor forma de respuesta es una metáfora sobre cómo es normal prepararse para lo peor a fin de reducir el peligro. Cuando su aseguradora o el departamento de bomberos le dice que existe la posibilidad de que su casa se incendie y mate a su familia, no los silencia llamándolos alarmistas. Usted toma este riesgo en serio, contrata un seguro, verifica los electrodomésticos y el mobiliario, evalúa el revestimiento y las rutas de escape, asesora o capacita a sus colegas e instala detectores de humo y extintores. Quizás note y discuta sus preocupaciones. Intentará asegurarse de que nunca ocurra un incendio y se adaptará a esta posibilidad de manera concreta.

En última instancia, la modernidad podría no morir por sus heridas filosóficas posmodernas, sino porque se ha quedado sin energía o debido a un cambio climático abrupto o una pandemia demasiado pesada de soportar, por ejemplo. Si las anfetaminas y los antidepresivos fueran las píldoras del mundo productivista, la resiliencia, la sobriedad y la baja tecnología podrían ser las aspirinas de la generación de la resaca.

 

La disciplina de prosperar sin crecer

 

Giacomo D’Alisa
Investigador posdoctoral. Centre for Social Studies, Universidad de Coimbra.

 

La ideología del crecimiento está impulsando a las humanidades hacia un mundo inhabitable e injusto. Esta ideología se articula en torno a un precepto liberal: todo ser humano está legitimado para extraer, controlar, usar, consumir, desperdiciar y disponer de todos los recursos que se consideren necesarios en la búsqueda de sus propios deseos y anhelos personales.

Este precepto fomenta el sentido común según el cual “para estar mejor necesitamos de más y más cosas” y alimenta la expansión del desarrollo capitalista industrial. La consecuencia es un futuro injusto y ambientalmente malsano para muchos. Por esta razón, el decrecimiento es, antes de todo, un llamado a des-aprender y
deshacerse de los ídolos y la falsa noción de una sociedad occidentalizada impulsada por el crecimiento.

Los decrecentistas, como las ERRES de la exposición La Gran Imaginación, promueven el sentido común según el cual “la gente debe vivir simplemente para que otros, humanos y no humanos, puedan simplemente vivir”. Los decrecentistas promueven y promulgan sociedades ecológicamente sólidas y socialmente equitativas. Como las ERRES, tienen como objetivo participar en la regeneración de los ecosistemas humanos y urbanos mientras disfrutan de la vida. Quieren conversar amistosamente sobre la vida que vale la pena el esfuerzo de sostener para todos. Aspiran a prosperar sin promover imaginarios impulsados ​​por el crecimiento. El decrecimiento es antipatriarcal, anticapitalista y decolonial; por lo tanto, visualiza una sociedad con diferentes relaciones y roles de género, diferente distribución del trabajo remunerado y no remunerado, interacciones culturales y caminos coevolutivos entre la especie humana y no humana.

La vida que los decrecentistas se comprometen a sostener no aspira a ser una emancipación quimérica de la naturaleza y/o del cuerpo, como lo hace el proyecto colonial civilizador de la modernidad capitalista. Para los decrecentistas, la materialidad del cuerpo viene con la vulnerabilidad inmanente de lo que está vivo y muestra la condición de interdependencia y ecodependencia de la existencia. Es por eso que el cuidado es el bien común central para instituir una sociedad que quiere sostener la vida. El cuidado como corolario de la convivencia y el compartir. La disciplina del cuidado es lo que impulsa el decrecimiento.

 

Transformémoslo todo

 

Holly Jean Buck
Profesora Asistente. Departamento de Medio Ambiente y Sostenibilidad, Universidad de Buffalo (NY).

 

 

De todas las visiones para el futuro que existen hoy, la transformación —la trascendencia del sistema actual respaldada por la tecnología— se encuentra en un punto bajo. Los portavoces de la transformación tienden a ser hombres multimillonarios que buscan no solo trascender las limitaciones de la carne humana, sino el planeta por completo. Las visiones de transformación están achacosas. Están dominadas por artefactos y capacidades tecnológicas en lugar de guiadas por visiones de organización social y relaciones sociales transformadas. Sí, hay discusiones sobre el ciberfeminismo y el xenofeminismo y el feminismo postrabajo, pero no son la corriente principal. Parte de la debilidad contemporánea de la transformación radica en cómo multimillonarios indiferentes han colonizado la imaginación del futuro. Pero en parte también se debe a las nuevas corrientes de puritanismo en la sociedad, donde la transformación se ve como un escape de una merecida penitencia moral.

¿Qué hay de un mundo en el que la fusión nuclear ha hecho que la energía limpia sea abundante para todos y un mundo postrabajo con renta básica universal, donde se valora el cuidado? ¿Qué pasa con un mundo donde la agricultura de precisión y la recolección robótica están guiadas por propietarios pequeños y colectivos de la tierra? ¿Qué pasa con un mundo en el que la eliminación gradual de los combustibles fósiles como parte de la transición energética va acompañada de avances revolucionarios en bioplásticos y reciclaje, lo que lleva a una transición de material pospetroquímica y posextractiva? ¿Y si estas operaciones fueran propiedad colectiva de hombres y mujeres que trabajan veinte o treinta horas a la semana? ¿Por qué nuestros feeds no están atascados con estas visiones?

No hay nada intrínsecamente imposible en ellas; gran parte de estas tecnologías existen ya en la etapa de laboratorio y ninguna de ellas es “demasiado cara” en un mundo que gasta billones de dólares en armamento. Necesitamos una masa crítica de visionarias para crear una corriente cultural real, con sus propias imágenes, metáforas y lenguaje, que pueda crear presiones y demandas. El primer paso es aflojar los binarios cansados ​​entre tecnología / naturaleza y tecnología / relaciones sociales: transformémoslo todo.

Notas

 1Alkon, P. (1987): Origins of Futuristic Fiction. Londres, University of Georgia Press.

 2Seligman, M. et. al. (2016): Homo Prospectus. Oxford, Oxford University Press.

 3Dator, J. (2017): “Manoa’s four generic images of the futures” en Compass, julio 2017. Disponible en: https://www.apf.org/page/Compass

 4Dator, ibi.

 5Steffen, W. et al. “The trajectory of the Anthropocene: The Great Acceleration” en The Anthropocene Review, 2015, Vol. 2(1) 81–98.

 6Un cliffhanger es un recurso narrativo por el cual se crea una situación de gran tensión dramática que, sin embargo, queda interrumpida y deberá completarse más adelante.

Bibliografía

Buck, H. J. (2019): After Geoengineering: Climate Tragedy, Repair, and Restoration. Nueva York, Verso.

D’Alisa, G. et al. (2020): The Case for Degrowth. Cambridge, Polity Press.

Pérez, C.: “Capitalism, technology and a green global golden age: The role of history in helping to shape the future” en Beyond the Technological Revolution, 2016. Disponible en: http://beyondthetechrevolution.com/wp-content/uploads/2014/10/BTTR_WP_2016-1.pdf

Stevens, R. et al. (2020): Colapsología. Barcelona, Arpa Editores.

Artículo publicado en la revista Telos 118


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Autor

Investigador afiliado en Institute for the Future y cofundador de Diagonal, estudio de investigación, diseño y futuros, en Ciudad de México. Es profesor en la Universidad Iberoamericana, en el Centro de Diseño, Cine y Televisión, en EGADE Business School e ISDI.

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