12 de septiembre de 2022

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La escritura: el afán de atrapar la voz

por Mar Abad
Ilustradora Laura Wächter

La escritura surgió para dar peso a las palabras que el viento se llevaba. La imprenta favoreció lo escrito, pero la radio, el pódcast y los asistentes virtuales nos hacen ver que el futuro será muy hablado.

 

En ese mundo tan lejano que hasta cuesta imaginarlo solo había voz. No existían las palabras. El lenguaje era impensable y la escritura imposible. Lo que hacían era soltar un arranque de aire y poner una postura en los labios. Era un esbozo de canto, de tarareo, de aullido. Era la expresión de esos humanos remotos, peludos y saltarines, que habitaron la Tierra hace dos millones de años.

El origen del lenguaje puede explicarse con datos, fechas y hasta una tabla de Excel con los hitos más relevantes. Pero la forma más humana de contar las cosas no es con filas, rayas, columnas y celdas. Es con historias y escenas.

Y con la voz.

Por eso te voy a pedir que leas este artículo escuchándolo en tu cabeza.

Que prestes atención a la prosodia de las letras.

A los puntos.

A las pausas.

A las frases cortas.

A las frases largas.

A su música, a sus énfasis, a sus beats.

Y que sea el ritmo el que te lleve de una frase a otra como si estuvieras escuchando un cuento.

Afinando el lenguaje

Ahora dame tu mano y déjame que te lleve a una tierra de atardeceres ardientes en el corazón de África dos millones de años atrás. Está bajando el sol y un joven arranca a cantar unos sonidos que no tienen letras ni palabras, pero tienen un ritmo que les da un sentido. Mientras canta mira a una joven. Ella aparta la mirada. Entonces se levanta otro joven y empieza a cantar. Al principio sigue la melodía del otro, pero pronto introduce más tonos y crea un sonido mucho más bonito. La joven lo mira y lo escucha con atención. En el juego del cortejo, el segundo ha vencido.

Sverker Johansson explica el origen del lenguaje con esta escena. El físico y lingüista cree que el lenguaje se fue haciendo de una mezcla de sonidos puramente instintivos y cantos que brotaban del cuerpo motivados por la competición y la supervivencia.

El filósofo Jean-Jacques Rousseau decía que la emoción puso los puntales del lenguaje. Lo primero fue sentir y solo el tiempo llevó al razonamiento. En su Ensayo sobre el origen de las lenguas escribió que “las pasiones acercan a los hombres. No es ni el hambre, ni la sed, sino el amor, el odio, la piedad, la cólera los que les han arrancado las primeras voces”.

Los humanos podrían sobrevivir sin soltar una palabra. Pero vivir, vivir en el sentido humano de ¡sentir!, ¡gozar!, ¡amar!, ¡rechazar!, eso solo es viable en palabras: “Uno puede nutrirse sin hablar, se persigue en silencio la presa con la que uno quiere alimentarse; pero para conmover un corazón joven, para rechazar a un agresor injusto, la naturaleza dicta acentos, gritos, quejas. He ahí las palabras inventadas más antiguas, y he ahí por qué las primeras lenguas fueron melodiosas y apasionadas antes de ser simples y metódicas”.

Rousseau pensaba que ese primer impulso de lenguaje tendría muchas onomatopeyas porque estos sonidos son dibujos de lo que expresan.

Las onomatopeyas son gráficas.

Son literales.

Son imitaciones sin complicaciones.

Las onomatopeyas nacieron con una usabilidad impresionante cuando aún quedaban millones de años para inventar este concepto y este término.

Esa primera tentativa de lenguaje “tendría muchos aumentativos, diminutivos, palabras compuestas, partículas expletivas para dar cadencia a los periodos y redondez a las frases”. Rousseau imaginaba que “tendría muchas irregularidades y anomalías. Despreciaría la analogía gramatical para dedicarse a la eufonía, al número, a la armonía y a la belleza de los sonidos. En vez de argumentos, tendría sentencias, persuadiría sin convencer y pintaría sin razonar”.

Esbozando partituras

Ven conmigo ahora a la franja entre el Tigris y el Éufrates. Aún pega el sol en los campos llenos de trigo y cebada. Las vacas mugen, las cabras saltan y los cerdos hacen unos gruñidos espantosos. Oímos pasar las ruedas de unos carros tirados por mulas.

En la Sumeria de hace seis mil años había agricultura y había comercio. Tenían cuentos, relatos, leyes y leyendas. Pero todo… se lo llevaba el viento. Solo quedaba el eco entre la memoria y el olvido de la gente.

Las palabras quedaban en lo etéreo de la voz hasta que vieron necesario hacerlas sólidas. A los pactos y los acuerdos había que darles peso. Había que fijarlos para que no fueran palabras que vuelan. Primero buscaron entre las herramientas que tenían a mano: barro, huesos, juncos… Después modelaron unas tablillas redondas de arcilla blanda y, con un estilete, hicieron unas marcas sobre el barro. Luego las pusieron a secar bajo el sol radiante de la antigua Babilonia y vieron que a las pocas horas sus acuerdos ya tenían peso y solidez en la dureza de la arcilla. Habían pasado de lo volátil a lo estable. Habían inventado una de las tecnologías más revolucionarias en la historia de la humanidad: la escritura.

Cuando la tecnología de audio funciona bien y funciona igual o mejor que el texto, muchos eligen escuchar en vez de leer

El asiriólogo Dominique Charpin cuenta en su libro Lectura y escritura en Babilonia que los primeros trazos que se han encontrado hablaban de asuntos comerciales y administrativos. Los primeros signos trataban de fijar acuerdos y establecer un orden en las medidas y los pesos de los alimentos. Trataban de poner orden en su mundo porque tenían distintos sistemas de medida. No pesaban del mismo modo los cereales y los lácteos. Teniendo tan claro el sentido de lo tangible, del volumen espacial, no iban a conformarse con que el volumen de la voz quedara solo en el aire. Tenían que ubicar esos sonidos en el espacio. Tenían que dar cuerpo al aliento.

En estas primeras tablillas querían poner orden en el día a día, pero además querían estirar el tiempo. Todos los reyes tenían sus himnos para exaltar sus grandezas. Eran himnos contados y cantados, hasta que llegó un rey llamado Shulgi (2094-2047 a. C.) al que no le bastaba con escuchar los himnos de viva voz y ordenó que cientos de escribas plasmasen en tablillas los cánticos que le dedicaban a él y a todos los gobernantes anteriores.

Aquello era un esfuerzo titánico y para poder llevarlo a cabo creó cientos de escuelas de escribas. La escritura se fue afianzando impulsada por la ambición de poder y eternidad. Iba extendiéndose a la par de la civilización, pero era un asunto de pocos. Muy pocos. Muchos menos de los que hoy saben escribir código o programar.

La voz seguía dominando el mundo. La voz contaba la mayoría de las historias, cuentos, leyendas, rumores, mitos, mentiras. Las noticias de las guerras se cantaban en versos aprendidos de memoria para que el mensaje no se perdiera al pasar de boca en boca. Y volvieron a inventar otra tecnología revolucionaria: la imprenta.

Todos se quedaron con la boca abierta cuando vieron el poder de difusión que daba la imprenta a los textos escritos. ¡En pocos días podían cruzar fronteras! Igual de boquiabiertos que nos quedamos hace poco más de una década al ver la difusión que podía alcanzar un texto en las redes sociales. ¡En pocos segundos podían leerlo millones de personas del planeta entero!

Pero de nuevo la imprenta era un asunto de minorías. Estaba en manos de muy pocos y poquísimos sabían leer. En la España de 1860, el 75 por ciento de la población era analfabeta y en 1900, todavía el 64 por ciento no sabía descifrar qué escondían las letras.

 

Voces enlatadas

Vayamos ahora a ese tiempo reciente. ¡A la época del entusiasmo por la electricidad! A ese siglo XIX que trajo un aparato increíble para transmitir mensajes de texto codificado: el telégrafo. Aunque de nuevo, como pasó en los inicios de la escritura a mano, estaba en manos de unos pocos. Muy pocos sabían codificar, transmitir y decodificar.

Pero a la vez que inventaban el telégrafo apareció el teléfono. ¡La voz! Era una tecnología de tú a tú que, por primera vez, llevaba la palabra oral a un sitio distinto del que se pronunciaba. Medio siglo después, a finales del XIX, se hizo la primera transmisión de radio. ¡Otra vez la voz! Otra vez una revolución: una tecnología masiva que no exigía al oyente saber leer ni escribir.

En los años 20 empezaron las primeras pruebas de radio en España y al principio pocos la tomaron en serio —lo habitual cuando aparece una tecnología nueva—. En la prensa la llamaban el “juguete del tío Sam”. Pero pronto tuvieron que dejarse de jijís y jajás porque vieron la fuerza que tenía y entonces la definieron como “un avance de espléndido horizonte”.

La radio se convirtió en un aparato imprescindible de información y entretenimiento. La voz de la radio lleva casi un siglo dando noticias, acompañando y llenando el aire de las casas. La voz de la radio siempre ha originado más cercanía y familiaridad que las letras de los periódicos. Por eso, en los años 30, el presidente de EE. UU. Franklin D. Roosevelt, para hablar de sus políticas, decidió crear un espacio en la radio llamado “Charlas junto al fuego de la chimenea”. Ese nombre reunía la tradición milenaria tan humana de contar cuentos al calor de la hoguera y a la vez el afán de hacer sentir a los oyentes el ambiente acogedor del hogar.

Los humanos podrían sobrevivir sin soltar una palabra. Pero vivir, vivir en el sentido humano de ¡sentir!, ¡gozar!, ¡amar!, ¡rechazar!, eso solo es viable en palabras

Desde aquel tiempo decimonónico de euforia tecnológica ya pensaban que la voz tenía más alcance que el texto. Lo único que hace falta para que esto ocurra es que las máquinas nos pongan más fácil hablar que escribir y eso casi nunca ha sido así. A finales del XIX algunos entendían así el futuro, igual que algunos lo entendemos hoy: “Muchos libros y relatos no se darán nunca en la imprenta, sino que llegarán a manos de los lectores (o mejor dicho, de los oyentes) en forma de fonogramas”, escribió Philip Hubert, en 1889, en Atlantic Monthly.

Ese mismo año, el futurista Edward Bellamy decía en un artículo de Harper’s que las personas acabarían leyendo con los ojos cerrados. “Andarían por ahí con un diminuto reproductor de audio, llamado indispensable, que contendría todos sus libros, periódicos y revistas. Las madres, escribió Bellamy, ya no tendrían que quedarse roncas los días de lluvia contando cuentos a los niños para mantenerlos lejos de las malas compañías; y cada niño tendría su propio indispensable”.

Lo que estamos viendo en la última década con el crecimiento de los pódcast y los asistentes virtuales es que, cuando la tecnología de audio funciona bien y funciona igual o mejor que el texto, muchos eligen escuchar en vez de leer. Pero no pensemos que hay que cavar zanjas entre la escucha y la lectura, entre la voz y la escritura. Al contrario. No solo van de la mano. Es que además en cada voz hay escrita mucha información sobre la persona que habla: en su tono, en su timbre, en su fuerza, en su vibración. La voz cuenta una intención, la voz muestra un estado de ánimo. La voz, las palabras, el canto… Ahí está el origen. Ahí está lo eterno.

Bibliografía

Afuera-Heredero, A. (2017): 1900-1924. La actitud de la prensa frente al nacimiento de la radio en España. Universidad Complutense. Disponible en: https://revistas.ucm.es/index.php/DCIN/article/view/56443/52057
Charpin, D. (2010): Reading and writing in Babylon. Estados Unidos, Harvard College.
Liébana, A. (2009): La educación en España en el primer tercio del siglo XX: la situación del analfabetismo y la escolarización. Universidad de Mayores de Experiencia Recíproca, Madrid. Disponible en: https://umer.es/wp-content/uploads/2015/05/n58.pdf
Johansson, S. (2021): En busca del origen del lenguaje. Barcelona, Ariel.
Rousseau, J. (2014): Ensayo sobre el origen de las lenguas. Buenos Aires, Ediciones Godot.

Artículo publicado en la revista Telos 120


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Autor

Periodista. Cofundadora del sello de pódcast El Extraordinario. Autora de Antiguas pero modernas (Libros del K.O.), El folletín ilustrado (Lunwerg) y De estraperlo a postureo (Larousse). Premio Don Quijote 2020, Premio Miguel Delibes 2019, Premio Colombine 2018 y Premio de Periodismo Accenture 2017.

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