24 de enero de 2022

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La revolución de la creatividad artificial

por Pablo Sanguinetti

De las muchas revoluciones que nos esperan, pocas se presentan tan disruptivas como la del surgimiento de una creatividad artificial. Precisamente porque la creatividad ha sido, hasta ahora, el principal reducto humano frente a las máquinas. Este artículo analiza el vínculo entre inteligencia artificial y creatividad, y explora cómo puede modificar nuestras ideas sobre el genio creador, el arte, la obra y, en última instancia, lo humano.

 

[ ILUSTRACIÓN: CINTA ARRIBAS ]

 

Una de las revoluciones más explosivas de nuestro tiempo tiene lugar en un minúsculo espacio en blanco: el que separa entre sí las palabras “creatividad artificial”.

En ese espacio se levantaba hasta ahora un límite infranqueable, el límite que define nuestra especie. Somos humanos porque somos creativos1. Una máquina no puede inventar. La creatividad nos parece una chispa mágica imposible de descifrar o programar, y lidera por eso las listas de aptitudes más demandadas por las empresas2 ante la perspectiva de un futuro cada vez más automatizado.

Pero los avances de los últimos años abren un interrogante sobre ese dogma. La inteligencia artificial (IA) ha irrumpido con fuerza en el mundo del arte —la casa de la creatividad— y ha cruzado la puerta de las instituciones tradicionales que lo delimitan: público3, mercado, casas de subastas4, museos5. El muro ontológico entre la creatividad y las máquinas se muestra cada vez más poroso.

¿Terminará colapsando? ¿Qué impacto tendría la caída de esa última frontera en nuestra forma de entender el trabajo, la inspiración, el genio, la belleza? ¿Cuánto cambiaría nuestra noción de qué significa ser humano? ¿Qué pistas para responder estas cuestiones podemos extraer del diálogo actual entre arte e IA?

El impacto en el autor

La mejor entrada a ese laberinto de preguntas se encuentra en una figura clave de toda innovación: el autor.

Afirmamos que Goethe es el autor de Fausto; Bach, de las Variaciones Goldberg, y Picasso, del Guernica. ¿Pero quién es el autor del Retrato de Edmond de Belamy, la “primera obra de arte creada por un algoritmo” (según la descripción de la casa Christie’s) que salió a subasta en 2018? ¿El colectivo francés Obvious, que usó IA para obtener la imagen y la puso en venta? ¿El algoritmo que la generó? ¿Los programadores que lo escribieron? ¿La arquitectura de redes generativas adversarias (GAN) inventada años antes para crear imágenes? ¿Los pintores de los 15.000 retratos con los que se entrenó el algoritmo? ¿La casa de subastas, que inscribió la obra como digna de ser vendida? ¿El comprador que validó esa apuesta?

El problema de la autoría del arte computacional6 abre un dilema jurídico explicado al detalle por el abogado y profesor Aurelio López-Tarruela en un número anterior de TELOS7 y acaba de experimentar un giro sorprendente en Australia, donde una corte dictaminó que un algoritmo de IA puede ser considerado un “inventor”8. Previsiblemente, en los próximos años veremos más noticias de este tipo, nuevos conceptos y nuevas leyes sobre propiedad intelectual que intenten responder a creaciones de origen cada vez más distribuido.

Pasando al ámbito estético, la figura del autor promete experimentar una transformación sustancial en un futuro próximo al ver socavadas dos nociones que la sostenían: la del genio individual y la de la originalidad.

 

 

El mundo en red, con algoritmos nutriéndose de una infinidad cambiante de materiales de distinta procedencia, pone en jaque el reinado del autor como núcleo gravitatorio de la obra y materializa la “muerte del autor” dictaminada por Roland Barthes, para el que un texto es una serie infinita de citas de citas atribuida a un nombre por conveniencia. Ya en nuestro siglo, etiquetas como “creación postidentitaria” y “escritura no creativa”, de Kenneth Goldsmith, o “arte en flujo”, de Boris Groys, intentan captar la lógica de fluidez, colaboración y descentralización de la creatividad futura. La imagen del artista como genio aislado y casi divino en su capacidad de crear, una invención moderna, podría acercarse a su fin.

Tal vez la exploración reciente más estimulante a la hora de imaginar futuras formas de autoría dinámica y postidentitaria es Botto9, un proyecto impulsado en octubre de 2021 por el artista alemán Mario Klingemann. Botto se define como “artista autónomo descentralizado” y en evolución continua. Se trata de un algoritmo generativo gobernado por una comunidad abierta que va orientando con sus decisiones las imágenes que el programa crea y saca a subasta una vez por semana. El proyecto concluye con un lema que podría aplicarse al arte por venir: “Creamos; luego, existo”.

El impacto en la obra

La reproducción mecánica devaluó el “aquí y ahora” de la obra de arte y desdibujó su “aura”, según observó Walter Benjamin10. ¿Qué decir del arte digital, con su existencia inmaterial y ubicua?

Un nuevo intento de responder a este problema son los NFT (siglas en inglés de non-fungible token11), identificadores únicos de propiedad sobre bienes digitales, en particular obras de arte. En marzo de 2021, la obra Everydays: The First 5000 Days, del artista Mike Winkelmann, conocido como Beeple, fue subastada por 69 millones de dólares en Christie’s12. La operación puso de moda los NFT y abrió una nueva dimensión de mercado para un bien exclusivamente digital. A Benjamin le habría fascinado que alguien pagara esa suma por un archivo que puede descargarse de forma gratuita e ilimitada.

Pero la IA plantea al aura un reto adicional al de la reproducción mecánica y el arte digital: si es capaz de componer como Beethoven13, puede generar no ya innumerables reproducciones de la misma pieza, sino innumerables piezas del mismo estilo. ¿Dónde reside el aura de esa música? ¿Qué distingue un retrato concreto si, apretando un botón, pueden generarse de inmediato un millón de otros retratos diferentes pero equiparables? ¿Cómo impactará la reproducción generativa en el modo en que vemos el arte físico tradicional?

Otra revolución previsible en el ámbito de la obra se plantea en el concepto de género. Muchos libros y conferencias sobre arte generativo se estructuran en disciplinas tradicionales: música, pintura, literatura. Pero el verdadero aporte que podríamos esperar de la IA es la difusión sinestésica de esos límites convencionales. El algoritmo reduce palabra, imagen, sonidos o movimientos a números, un lenguaje común que facilita la traducción de un material a otro. La artista Anna Ridler, por ejemplo, explora esa vía en Drawing with Sound14, performance en la que los trazos que va dibujando en un lienzo se convierten en música.

El paso siguiente sería la creación de géneros propios, como ocurre en un visionario cuento de Stanislaw Lem15. El autor polaco se sitúa en un futuro imaginario para escribir la historia de una supuesta literatura escrita por máquinas, que evolucionan de la mera imitación de los humanos a superarlos y, finalmente, a inventar su propia literatura. De la mímesis al transhumanismo. La creatividad artificial produce en el cuento “depresión, espanto y estupefacción ante el hecho de que el hombre haya creado un fenómeno que lo supera, incluso espiritualmente”. Algo que el narrador ve injustificado, tomando en cuenta que las máquinas son, a fin de cuentas, una creación humana. “No sabemos a qué se debe la convicción de que el hombre pueda admitir tan tranquilamente la inagotabilidad del universo, mientras que pierde totalmente la calma cuando se trata de la inagotabilidad de su propia obra”.

El escenario transhumano de máquinas creando para sí mismas sigue limitado a la ciencia ficción. Pero algunas de las obras más inspiradoras que implican la IA juegan con la presencia de esa voz nueva y ajena, un poderoso recurso estético a seguir explorando. Es el caso de una instalación como Narciss, de Christian Mio Loclair16, en la que una IA va enumerando imágenes que cree identificar al observar sus propios circuitos. Es difícil atribuirle un género. Es difícil negarle aura.

El impacto ético y social

La supervisión, el escepticismo, la prudencia que deberían acompañar cualquier proceso de IA se vuelven especialmente necesarios en la esfera de la creatividad. El arte no es solo entretenimiento inocente, sino también la herramienta con la que exploramos la realidad y modelamos nuestra imagen del mundo. El consumo de obras elaboradas por un algoritmo alimentado por datos sesgados o discriminatorios puede generar un daño inmenso y difícil de detectar.

Pero no hace falta esperar al futuro de la creatividad artificial para sentir su impacto. Como sostiene el teórico de nuevos medios Lev Manovich, la IA ejerce ya una influencia estética significativa y “desempeña un papel crucial en la cultura, influyendo en nuestras elecciones, comportamientos y ensoñaciones”17. Los sistemas de recomendación, las sugerencias de buscadores, la selección automática de fotos son algunos ejemplos. La gran pregunta, para Manovich, es si la IA representa así una amenaza reduccionista para la enorme diversidad de producción y recepción cultural del mundo actual —esa explosión de creatividad postidentaria y dinámica que mencionaba antes— o si, por el contrario, es la herramienta idónea para gestionar y potenciar esa complejidad.

Por fortuna, la preocupación por el impacto de la tecnología es un rasgo común de muchos artistas que usan IA para crear. Buena parte de las obras tematizan asuntos como sesgos, privacidad, justicia o relación humano-máquina en la era de los algoritmos18. “Junto con la IA, las artes pueden visibilizar a una escala inédita algunos de los retos sociales más profundos de desigualdad, sesgos y vigilancia”, sostiene Michelle Elam, del Stanford Institute for Human-Centered AI19.

La IA creativa encierra una última trampa: la confianza ciega en su existencia. Las apelaciones superficiales y propagandísticas a una creatividad artificial —por ejemplo, en programas diseñados simplemente para imitar el estilo de un artista— pueden banalizar el esfuerzo, la diferencia, la valentía exploratoria que hacen del arte un valor humano esencial20. Los titulares que otorgan a la IA una voluntad imposible (“Una IA se rebela…, inventa…, descubre…”) y las fotos de robots humanoides que los acompañan producen un daño mayor que el que supuestamente denuncian21.

Consideraciones finales

El físico del Instituto de Tecnología de Massachusetts Max Tegmark ve imposible predecir si la llamada “singularidad” (un futuro hipotético marcado por una inteligencia artificial general muy superior a la humana) tendrá lugar en décadas, siglos o jamás. Pero aun así considera que la conversación sobre el futuro de la vida con la IA y sobre sus riesgos, oportunidades, valores y objetivos es “la más importante de nuestro tiempo”.

Algo similar ocurre con la creatividad artificial —que es, por cierto, un componente clave en la polémica hipótesis de la singularidad—. Tiene poco sentido buscar una respuesta definitiva a la pregunta sobre la posibilidad de un arte independiente de lo humano. En parte porque los conceptos decisivos —“creatividad”, “artificial”— son difusos y construidos históricamente; en parte porque el muro que los separa, y al que aludía al principio de este artículo, ha sido siempre más permeable de lo que nos gusta admitir: pienso que todo arte tiene un componente no humano decisivo22, y los humanos somos también “esencialmente seres artificiales”, como cree el antropólogo Roger Bartra23.

Más productivo resulta en cambio observar la nueva colaboración entre artistas e IA, el papel que asume cada parte en esa ecuación y los desplazamientos conceptuales que produce, como espero haber demostrado al sobrevolar nociones como autoría, identidad, propiedad intelectual, originalidad, aura, género o impacto social.

Acercarse a la IA, sustraerla de su contexto utilitario y ponerla al servicio de lo estético es un modo de intervenir en el futuro que queremos, de convertir la tecnología en una herramienta para aumentar nuestra creatividad, en lugar de adormecerla o sustituirla. Somos humanos porque somos curiosos. Somos humanos porque usamos el arte para saciar esa curiosidad, explorar nuevas realidades e integrarlas en nuestro mundo espiritual. El arte con IA es hoy una forma de humanismo.

Notas

 1“La creatividad es el rasgo particular y definitorio de nuestra especie”, sostiene por ejemplo el biólogo estadounidense Edward O. Wilson en Wilson, E. O. (2017): The Origins of Creativity, Nueva York, Liveright.

 2Según diversos estudios, como este de LinkedIn: . Disponible en: https://www.linkedin.com/business/learning/blog/learning-and-development/most-in-demand-skills-2020

 3Ya en los años 80, el público no supo distinguir entre composiciones de Bach y las de EMI, un programa diseñado por el compositor David Cope. El prestigioso científico y filósofo Douglas Hofstadter, que había argumentado contra la posibilidad del arte algorítmico, quedó “desconcertado y preocupado por el experimento”. Ver: Johnson, G., “Undiscovered Bach? No, a Computer Wrote It” en The New York Times, 11 de noviembre de 1997.

 4En 2018, Christie’s se convirtió en “la primera casa de subastas en ofrecer una obra de arte creada por un algoritmo”. La venta fue un éxito, como se comentó más adelante en este artículo: “Is Artificial Intelligence Set to Become Art’s next Medium?”, 12 de diciembre de 2018. Disponible en: https://www.christies.com/features/A-collaboration-between-two-artists-one-human-one-a-machine-9332-1.aspx

 5En un ejemplo reciente y relevante de grandes museos avalando arte generativo, el MoMA de Nueva York colaboró a final de noviembre con el artista Refik Anadol en “Unsupervised: Machine Hallucinations”, un proyecto que usa aprendizaje automático para reinterpretar la colección del museo. Véase: “Modern Dream: How Refik Anadol Is Using Machine Learning and NFTs to Interpret MoMA’s Collection”, The Museum of Modern Art, 15 de noviembre de 2021. Disponible en: https://www.moma.org/magazine/articles/658

 6Se trata de una variante compleja de un antiguo problema en Filosofía de la Técnica: el de la responsabilidad de una herramienta en el resultado que produce. La conciencia de que una herramienta no es solo un medio neutro para lograr un fin podría remontarse a Platón, cuyos reparos contra la escritura implican ese reconocimiento, y se comprende hoy mejor con los dilemas en el ámbito de la movilidad: ¿Quién tiene la culpa de un accidente protagonizado por un coche autónomo?

 7Aurelio López-Tarruela: “¿Pueden las máquinas ser consideradas autores?”, en TELOS, 112, 9 de enero de 2020. Disponible en: https://telos.fundaciontelefonica.com/telos-112-regulacion-aurelio-lopez-pueden-las-maquinas-ser-consideradas-autores

 8Disponible en: Australian court says that AI can be an inventor: what does it mean for authors?

 9Más información: Botto | Decentralized Autonomous Artist.

 10Benjamin, W. (2013): La obra de arte en la era de su reproducción mecánica, Buenos Aires, Amorrortu.

 11NFT o Non-Fungible Token se puede traducir como activo no fungible. Significa que se trata de un activo que es único, no se puede modificar y no se puede intercambiar por otro de igual valor.

 12“La extraordinaria subasta por US$69 millones de una obra de arte que no existe en la vida real”, en BBC News, 12 de marzo de 2021. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-56368491

 13Ahmed Elgammal: “How a Team of Musicologists and Computer Scientists Completed Beethoven’s Unfinished 10th Symphony”, en The Conversation. Disponible en: http://theconversation.com/how-a-team-of-musicologists-and-computer-scientists-completed-beethovens-unfinished-10th-symphony-168160

 14Drawing with Sound, 2017, de Anna Ridler.

 15Lem, S. (2013): “Historia de la literatura bítica”, en Magnitud Imaginaria. Madrid, Impedimenta.

 16Narciss de Christian Mio Loclair.

 17Manovich, L. (2018): AI Aesthetics.

 18Junto con un catálogo de artistas generativos y sus obras, el repositorio online AI Artists ofrece entrevistas sobre estos temas y una lista de preguntas sin respuesta sobre la interrelación entre humanos y máquinas: Unanswered Questions About AI.

 19Stanford (Institute for Human-Centered AI): “How AI and Art Hold Each Other Accountable”. 3 de septiembre de 2020.

 20Montse Hidalgo Pérez, “Confusión de corrientes y sesgos raciales: los ángulos muertos del arte creado con inteligencia artificial”, en El País, 4 de febrero de 2021.

 21El filósofo de Harvard Sean Dorrance Kelly, crítico acérrimo de la idea de que las máquinas puedan crear alguna vez, alerta: “Si nos permitimos actuar de esta manera, tratando a la ‘creatividad’ de una máquina como un sustituto de la nuestra, entonces las máquinas realmente parecerán incomprensiblemente superiores a nosotros. Pero solo sucederá si dejamos de ver el papel fundamental que tiene la creatividad en el ser humano”. Véase: “El ensayo filosófico que explica por qué la IA no puede ser creativa”, en MIT Technology Review, 8 de abril de 2019. Disponible en: https://www.technologyreview.es/s/10962/el-ensayo-filosofico-que-explica-por-que-la-ia-no-puede-ser-creativa

 22Entrevista con Pablo Sanguinetti: “Qué es la literatura ‘no humana’ y por qué está cambiando nuestra forma de leer”, en BBC Mundo, 6 de noviembre de 2018. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-46063478

 23Entrevista con Roger Bartra: “Los humanos somos seres esencialmente artificiales”, en TELOS, 117, 29 de septiembre de 2021. Disponible en: https://telos.fundaciontelefonica.com/telos-117-fronteras-entrevista-roger-bartra-los-humanos-somos-seres-esencialmente-artificiales/

Bibliografía

Boden, M. (2004): The Creative Mind. Myths and Mechanisms. Londres, Routledge. Traducción al español de Álvarez, J. A. (2011): La mente creativa. Mitos y mecanismos. Barcelona, Gedisa.

Du Sautoy, M. (2020): The Creativity Code: How AI is Learning to Write, Paint and Think. Londres, 4th Estate. Traducción al español de Gómez Ayala E. J. (2020): Programados para crear: cómo está aprendiendo a escribir, pintar y pensar la inteligencia artificial. Barcelona, Acantilado.

Elgammal, A. (2018): «AI vs art: Can the machine be creative?» en Charla TEDx. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=L4QBKzL4dCs

Goldsmith, K. (2011): Uncreative Writing. New York, Columbia University Press. Traducción al español de Page A. (2016): Escritura no creativa. Buenos Aires, Caja Negra.

Miller, A. I. (2019): The Artist in the Machine. The World of AI-Powered Creativity. Cambridge, The MIT Press.

Tegmark, M. (2018): Life 3.0. Being Human in the Age of Artificial Intelligence. London, Penguin Books. Traducción al español de Pérez Sánchez, M. (2019): Vida 3.0. Qué significa ser humano en la era de la inteligencia artificial. Barcelona, Taurus.

Artículo publicado en la revista Telos 118


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Autor

Trabaja en la intersección entre creatividad, lenguaje y tecnología. Licenciado en Teoría de la Literatura con posgrados en Inteligencia Artificial y en Humanidades Digitales. Es autor de dos libros y miembro de OdiseIA (Observatorio del Impacto Social y Ético de la IA en España).

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