19 de enero de 2022

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La plausibilidad en tiempos volátiles y la función de los escenarios de futuros

por Elisabet Roselló

La plausibilidad es algo similar a la credibilidad y al sentido de lo normal. También se puede asociar con el llamado sentido común. Por eso no es un concepto accesorio, sino que es cabal para cualquier ejercicio de prospectiva, de aplicación de escenarios futuros y de reflexión para la planificación estratégica.

 

[ ILUSTRACIONES: LAURA WÄCHTER ]

 

La plausibilidad es un concepto que en la historia de la metodología para desarrollar escenarios futuros (sobre todo, desde estudios de futuros, scenario building, diseños especulativos, …) ha tenido una presencia importante. Pero en ocasiones puede ser el concepto más anodino, si no más complicado, pues, sin advertencia, puede entenderse como algo equivalente a la probabilidad (o como dicen en inglés likeliness).

En el llamado “cono de futuros”, transpirado fuera de la disciplina tal y como se difunde hoy (Voros, 2003), observamos la mención a diferentes conceptos cuya relación entre sí no es directa. Por ejemplo, la probabilidad pertenece a un dominio más matemático y de datos, mientras que la deseabilidad pertenece a la estética y la psicología.

 

 

En este artículo tomaré como referencia las definiciones de plausibilidad más propias de los debates emergidos en los últimos años en materia de filosofía de las ciencias y epistemología, con implicaciones directas tanto para las ciencias sociales como para nuestro día a día.

La plausibilidad es algo similar a la credibilidad y al sentido de lo normal. También se puede asociar con el llamado sentido común, y para algunos se relaciona con la probabilidad —aunque es menos correcto—. Es decir, es algo que deriva del conjunto de axiomas, premisas, conocimientos y creencias de una persona o de un grupo social para explicar el mundo. Usamos este conjunto de ideas para derivar explicaciones sobre los eventos que experimentamos y conclusiones sobre lo que puede ser posible, cierto o incluso moralmente aceptable, aplaudible y normal (de normativo, de lo apropiado según la norma).

Por ejemplo, si al salir a la calle, viéramos el suelo mojado, podríamos pensar varias opciones en base a conocimientos generales: quizás ha llovido —correríamos a coger el paraguas en casa—, quizás ha pasado algún servicio de limpieza o alguien lo mojó con alguna intención. En cambio, consideraríamos absurdo e implausible que una ameba alienígena gigante compuesta por un 95 por ciento de agua hubiese llegado y explotado ahí mismo.

Si esa remota posibilidad hubiera sido el hecho real, nos enfrentaríamos a una fricción con nuestros modelos de plausibilidad, a una renegociación con el mundo y lo que creemos de este.

Es a partir de lo que consideramos plausible que construimos las imágenes de otros mundos posibles

La plausibilidad es un concepto importante en todo tipo de ejercicios que implican el pensamiento contrafactual (relacionado, por ejemplo, con ejercicios tipo “¿Qué pasaría si…?”), porque es a partir de lo que consideramos plausible que construimos las imágenes de otros mundos posibles.

Más aún, cuando volcamos este ejercicio sobre lo que puede ser posible y real, y que puede tener un efecto sobre nuestras propias vidas futuras, todavía tratamos más de que dichas visualizaciones tengan una mejor construcción lógica, que tengan más sentido, que sean más plausibles. Porque es en virtud de estas imágenes de futuribles que con mayor o menor influencia tomamos decisiones desde el presente.

Por eso no es un concepto accesorio, sino que es cabal para cualquier ejercicio de prospectiva, de aplicación de escenarios futuros y de reflexión para la planificación estratégica.

Desde hace unos años, entre aquellos que se han dedicado a estudiar desde el material cultural cómo vemos el futuro, cómo nos relacionamos con este, han destacado sobre todo que existe una fuerte tendencia al pesimismo sobre el devenir (Berardi, 2011; Jameson, 2005; Claeys, 2011; Sardar, 2013, entre varios). En forma de distopías, apocalipsis e híbridos.

Pero existen muchos más factores de carácter social, cultural y epistémico que contribuyen a estrechar nuestras perspectivas sobre lo futurible. Por ejemplo:

El cambio climático como escollo para repensar la realidad. En pocos años se ha pasado de considerarlo una fantasía ecologista, a un problema con impactos económicos, sociales y hacia nuestros modos de vida.

Reluctancia social, si no tabú, a repensar el sistema económico y social sobre el que nos sostenemos, e indirectamente sobre nuestra relación con el entorno. Como reza la cita atribuida a Jameson: “Nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. En un sentido moderado, este ejercicio comenzó de nuevo en 2019 por parte de The Financial Times con aquella famosa portada “Capitalism. Time for a Reset”, seguido entre otros por el World Economic Forum durante el año 2020, planteando que un sistema económico también debe ir parejo a la realidad material, los recursos disponibles, la situación geopolítica cambiante…

Una gran polarización social. Aunque se diga que vivimos en la Sociedad del Conocimiento, la distribución y digestión de la información es compleja, dispar y sometida a diferentes factores psicológicos, sociales y ahora sabemos que también tecnológicos (Morozov, 2011; O’Neil, 2016; McIntyre, 2018; entre otros). Esto merece una consideración especial en relación a la plausibilidad.

Ligeros cambios en la organización social y los modelos de confianza (Adams; 2011; McIntyre, 2018; Arroyo, Murillo, E. Val, 2017), que impacta, entre otras cosas, en el flujo de información y conocimiento y, por extensión, cambia parte de la construcción colectiva de qué tiene sentido, qué no, cómo es el mundo y quiénes validan los argumentos que son justificables.

En resumen, no podemos hablar de un único sentido común o de un único modelo de plausibilidad, sino de varios. Casi tantos como grupos sociales definibles encontremos.

Sin contar incluso con los factores más contemporáneos, observar que tenemos varios modelos de plausibilidad en juego genera un reto respecto al desarrollo de ejercicios contrafactuales y de proyección de una diversidad de posibilidades, como los escenarios.

Este reto ha sido tratado no solo en los Estudios de Futuros (A. Hines, Bishop, 2015; Sardar et al., 2016; Janasik, 2021; Fischer, Dannenberg, 2021), sino de manera más profusa desde las emergentes lógicas modales y la filosofía del lenguaje desde los años 70 y, sobre todo, en la última década (Kripke, 1980; Baltag, Renne, 2016; Ozgun, Schoonen, 2021).

Es decir, no es solo que nos falten narrativas de futuro a secas. Algunas ya existen, solo que, parafraseando al escritor W. Gibson, “no uniformemente distribuidas”. Cada grupo social puede tener diferentes relaciones con las narrativas de futuro y darles mayor o menor aceptación, y tener un mayor o menor acceso a nuevas ideas, y una mayor o menor tolerancia o herramientas para pensar diferentes alternativas. A esto, pues, es necesario sumarle el proceso o tendencia de polarización en la que nos encontramos.

Si no es plausible…

La correlación que tiene la plausibilidad con la apertura que tenemos de aceptar un escenario atrevido, que imagine tanto riesgos disruptivos como otros modelos sociales, como una simulación, proyección o posibilidad como válida es muy importante. En resumen: si un escenario, incluso planteado por un proceso puramente data-driven (basado en datos), se nos presenta ante nosotros y no nos suena plausible, por bien argumentado y construido el caso que esté, nos suena a producto incluso de una experiencia psicotrópica por decirlo vulgarmente, ni siquiera entraríamos a negociar los posibles riesgos que plantea dicho escenario. Directamente lo descartaríamos. Con suerte, al menos por un tiempo. De ahí el llamado “Mal de Casandra”1, aplicado no para adivinaciones, sino para la propuesta de mundos posibles diversificados (Kripke, 1980).

Es ahí donde emergen los llamados “Elefantes Negros” de Gupta (2009) o también llamados “Rinocerontes Grises”: elefantes en la sala, temas que algún grupo social advierte como importantes y llenos de riesgos pero que son ignorados por otros grupos simplemente porque es muy inverosímil enfrentarlos. El caso del cambio climático, grosso modo, es un ejemplo de manual.

 

 

Así pues, si deseamos contestar al generalizado reto de “nos faltan nuevos imaginarios de futuros y nuevas narrativas para enfrentarnos a los retos del presente que siguen amplificándose” (Berardi, 2011; Fisher, 2016; Haraway, 2019) o que sean además inclusivos (Sardar, 1993; Womack, 2013), entonces todavía se nos vuelve más urgente plantear cómo hacer que esos escenarios no se queden para un grupo aislado de personas, sino que realmente puedan ser una herramienta de transformación social, si cabe.

Una orientación clásica había sido la de plantear narrativas basadas en el consenso pero, de nuevo, aparte de que existe un campo de investigación y reflexión sobre los límites del consenso, deberíamos tener en cuenta el reto de la polarización social, es decir, que los grupos de personas tienden a estar más separados en discursos y formas de ver el mundo o la relación con los demás.

Uno de los escollos más importantes con respecto a la presentación de escenarios de futuro es que la argumentación sobre los cuáles estos se modelan no es accesible, tienden a ser cajas negras. No apunto al método de backcasting ni a la orientación francesa de entender el escenario como un guión, sino de hacer accesibles, más allá de un tradicional informe, la información y conocimiento de cambios y tendencias sobre los cuáles se fundamentan.

Por ejemplo, podríamos presentar un escenario de la energía en el que esta se almacenase de manera cinética en grandes torres de piedra (como propone la startup Energy Vault, Spector, 2018) y nos parecería a muchos una idea absurda. Pero sí, en cambio, nos parecería muy plausible un escenario donde todo el planeta estuviera repleto de centrales de energías renovables.

En cambio, si divulgásemos a un grupo dado unos fundamentos científicos sobre transición energética, sobre los problemas de las materias necesarias para producir aerogeneradores y placas solares en escala (Valero, Almazán, 2020), y las paradojas energéticas, sería posible encontrar otros espacios de debates con los cuáles evaluar la plausibilidad de ambos escenarios.

Inclusión social

En este sentido, en los últimos años, el problema de la inclusión de diferentes grupos sociales, con ya no solo diferentes marcos de conocimientos, creencias y valores, sino intereses dispares ha sido tratado. Primero, en la mediación social. Especialmente desde el giro del sujeto participativo que han sufrido las ciencias sociales y poco más tarde el diseño. Más tarde, gota a gota, en el despliegue de políticas regionales, como lo ejemplifican casos como el programa europeo RIS3 y su enlace con los living labs, y múltiples proyectos asociados al despliegue del modelo RRI (Responsible Research and Innovation).

Uno de los aprendizajes más reiterados es la importancia de hacer partícipes de los datos y asuntos en juego a todos, o a una parte variada, de los actores que están implicados en un proceso mayor de transformación. Sobre todo, para crear sentido sobre cosas que no la tienen (Manzini, 2015; Parker, 2018; Paisaje Transversal, 2019; Snowden, 2021). Ya sea para el desarrollo de un producto con una visión estratégica, ya sea para la planificación estratégica de un territorio.

Nuestra capacidad de interactuar con la incertidumbre tiene que ver también con nuestra capacidad de enfrentarnos ante posibilidades implausibles

Esto es: la producción de sentido tiene una estrecha relación con la ampliación y renegociación de los marcos de plausibilidad. Así mismo, nuestra capacidad de interactuar con la incertidumbre tiene que ver también con nuestra capacidad de enfrentarnos ante posibilidades implausibles.

Aunque este es un artículo introductorio, la hipótesis a plantear es que, tal vez, los escenarios de futuros como producto final tengan un efecto más limitado que cuando se plantearon originalmente décadas atrás. Esto es, que presentar un escenario de futuro como producto final para ayudar a amplificar la plausibilidad del grupo al que nos dirigimos, o por ejemplo, para ayudar a reflexionar sobre las decisiones a tomar de un colaborador, según el caso, quizás no sea una estrategia tan efectiva en la tesitura actual que se ha descrito por aquí o incluso genere un efecto rebote.

Y esto aplica tanto para escenarios en forma de relato, en forma audiovisual o de objeto diegético (diseño especulativo según Dunne y Raby, 2013). Aunque, valga decirse, los experimentos mentales que proponen estos últimos puedan ser otra metodología interesante para generar suspensiones temporales de la credibilidad (sentido de la plausibilidad).

Aquí también podrían plantearse juegos reales, tanto “serios” como más informales: que faciliten a las y los participantes activar algo que aprendemos desde bien pequeñas, que es la imaginación “pretensiva” (A. Ozgun, T. Schoonen, 2021): atrevernos a participar de algo que en realidad no existe, como jugar a tirar de una cuerda imaginaria o fingir que aceptamos pulpo como mascota, para permitirnos reflexionar un poco fuera de nuestros marcos de referencia habituales.

Los procesos de debate que activen lo que el autor Daniel Kahneman llama el “pensamiento lento” y permitan exponer disensos, consensos sobre un mismo hecho se vuelven de repente más productivos, sobre todo, para medi(t)ar la incertidumbre. O mediar socialmente en conflictos sobre eventos concretos.

Por ejemplo, desde Postfuturear en distintos proyectos y productos que hemos ido desarrollando (como Despensar el Futuro, 2018-2021) el objetivo en el fondo no es acabar con un escenario —que es fruto de un ejercicio de 3 horas— sino trabajar grupalmente en pensar posibles desarrollos combinados a partir de dos tendencias del presente asignadas aleatoriamente.

La parte más crucial, siempre, es entender para qué sirven las herramientas y metodologías, en relación también a los retos, y cuestionar los límites de las herramientas tradicionales.

Notas

 1El Mal de Casandra se refiere a la posibilidad de ver el futuro unida a la incapacidad de actuar sobre él.

Bibliografía

Adams, P. (2011): Grouped: how small groups of friends are the key to influence on the social web. Berkeley, New Riders.

Arroyo, L.; Murillo, D.; Val, E. (2017): Confiados y confiables. La fabricación de la confianza en la era digital. ESADE. Disponible en: https://www.slideshare.net/ESADE/estudio-confiados-y-confiables-la-fabricacin-de-la-confianza-en-la-era-digital/1

Baltag, A. y Renne, B. “Dynamic Epistemic Logic” en The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2016 Edition), Edward N. Zalta (ed.). Disponible en: https://plato.stanford.edu/archives/win2016/entries/dynamic-epistemic/

Bell, W. (1997): Foundations of Futures Studies. History, Purposes and Knowledge. Vol. 1. New Jersey, Transaction Publishers.

Berardi, F. (2011): After the Future. Oakland, AKPress.

Claeys, G. (2011): Utopía. Historia de una idea. Madrid, Siruela.

Dunne, A. y Raby, F. (2013): Speculative Everything. Design, fiction and social dreaming. EEUU, MIT Press.

Fischer, N. y Dannenberg, S. “The social construction of futures. Proposing plausibility as a semiotic approach for Critical Futures Studies” en Futures, 129, 2021.

Fisher, M. (2016): Realismo Capitalista ¿No hay alternativa? Buenos Aires, Caja Negra.

Gunkel, H.; Hameed, A.; O’Sullivan, S. (eds.) (2017): Futures and Fictions. Essays and conversations that explore alternate narratives and image-worlds that might be pitched. Londres, Repeater.

Gupta, V. (2009): On Black Elephants. Vinay. Disponible en: http://vinay.howtolivewiki.com/blog/flu/on-black-elephants-1450

Haraway, D. (2020): Seguir con el problema. Generar parentesco en el Cthulhuceno. Bilbao, Consonn.

Artículo publicado en la revista Telos 118


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Elisabet Roselló

Fundadora de Postfuturear, una agencia especializada en estrategia y prospectiva contemporánea. Licenciada en Historia por la Universidad de Barcelona. Fellow en The Centre for Postnormal Policy and Futures Studies.


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