17 de mayo de 2021

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Un arma cargada de futuro

por María Caso

El mundo de los próximos veinticinco años será virtual y estará marcado por la emergencia medioambiental y social. La educación, por su valor redistribuidor y emancipador, y por su fuerza frente a la posverdad, será el oxígeno de la democracia del siglo XXI.

 

[ ILUSTRACIÓN: RAÚL ARIAS ]

 

Cuando yo tenía 17 años1 veía con horror la desigualdad que descubría a golpe de calle. No me habían hablado de ella en la escuela y poco tenía que ver con las imágenes excepcionales que compartían los informativos.

Estas autoridades epistémicas competentes —estas extensiones del cuarto poder— nos han contado siempre otra cosa. La pobreza para ellos, y por lo tanto para nosotros, era esa realidad óntica que sepultaba a la gente buena. Era inmutable y sacra, y luchar contra ella era luchar contra el mundo. Yo desconocía que en el fondo del pensamiento dominante había una estructura de poder que expandía sus raíces en mi propia ideología, que anidaba en secreto en mi discurso y que amenazaba con dejarme ciega si no descubría su malicia.

Aquellos retratos de marginalidad contribuían a crear en mí un relato unívoco de lo que era la pobreza. El privilegio ha construido su identidad demarcando claramente quién es el otro sin ponerle un rostro, acotando la desigualdad en términos económicos y evidenciando las relaciones teleológicas que nos atan al dinero como fin en sí mismo.

La historia que os cuento hoy es la historia de la evolución de esos relatos. Es la historia de una niña que entendió que con 17 años tenía más poder que el noventa por ciento de la población mundial2. Tenía el poder de conocer cuál era la máxima garantía de la libertad: la educación.

La historia alterna

Desde que el término democracia se abre camino en los Estados modernos, cada vez son más los sistemas que se expanden y mayores las barreras idiomáticas e ideológicas que se rompen. En este escenario, la educación es la única capaz de hacer altura al gran desafío de una pluralidad que ha de poder dialogar desde aquello que nos une. Hablo de la educación que, en su sentido último, es condición de posibilidad de una vida digna y plena, de la educación que capacita para desarrollar un proyecto vital en libertad y que emancipa de las condiciones materiales que nos permean. Hablo de la educación que me proporcionó las herramientas de construcción de un pensamiento crítico férreo y no de aquella que, irrestrictamente, marginaliza y adoctrina en una historia occidental unívoca frente a, por ejemplo, términos de pobreza estancos y simplistas.

La fuerza radical con la que la educación es capaz de moldear la realidad me ayudó a entender el campo de batalla ideológica, política y económica que supone. Unos luchan por enarbolarla como vehículo de un discurso privilegiado y asfixiante, y otros para armar con ella su única posibilidad de resistencia. Son esas dos caras de un mismo rostro las que hacen de la educación la herramienta más poderosa para definir el mundo: su facilidad para ser altavoz de cualquier discurso y su potencialidad para crear realidad.

 

 

En su primera dimensión, la educación acepta con holgura y resiliencia cualquier proyecto o narrativa. Esto es: la educación puede adoctrinar. A través de sus cauces se puede presentar una realidad distorsionada que responda a unos intereses ulteriores que colman la palabra educación de todo aquello que les place contemplar.

En su segunda dimensión, la educación es poderosa porque tiene la funcionalidad de contar historias, de recrearlas, de inventarlas, de potenciarlas y de cambiarlas. Frente al fenómeno de la “historia única”3, por el que tradicionalmente la historia ha tenido el rostro de un hombre-blanco-cis-heteronormativo, la educación tiene el poder de relatar otros caminos y de articular nuevos discursos. Por encima de cualquier realidad fáctica, vivimos en la realidad contada, en la realidad de quien pudo contarla. La educación es así supervivencia para quienes la ficción hegemónica silenció.

La historia que construyamos con la educación puede romper fronteras (como digo, por ejemplo, frente al discurso hegemónico sobre la pobreza o la inmigración, que las criminaliza), puede generar cooperación, trabajo en red y búsqueda del bien común. O puede hacer todo lo contrario. Nos han vendido la educación como un libro escrito, estático, que debe ser contado de madres y padres a hijos verticalmente o entre hijos horizontalmente, pero no puede haber nada más lejos de la realidad. La educación busca precisamente apelar a nuestra capacidad creadora haciendo uso real de nuestra libertad.

Más allá de las palabras

Haciéndonos conscientes del privilegio y la responsabilidad que representa la educación, un grupo de jóvenes universitarios decidimos crear Inakuwa. Inakuwa, que significa en suajili “creciendo”, es una asociación sin ánimo de lucro que busca llevar la educación a cualquier parte del mundo4. Una educación que provea, en diálogo entre todas las partes implicadas y en un proceso de cooperación constante, de las herramientas críticas, técnicas y sociales necesarias para un desarrollo libre e inclusivo.

Inakuwa busca ser un puente entre el pensamiento y la realidad social en la que este pensamiento está inmerso. Como nos dijo la máxima autoridad de la Universidad de Mwengue, Tanzania: “Habéis entendido el sentido de la educación: para esto nació la universidad”. Y es que nació, precisamente, para dotar a la comunidad rural y urbana que rodea las aulas del poder que se genera en ellas. Así, la educación es sociedad. Nos conforma en cada interacción y construye el sedimento de todas nuestras acciones.

Reescritura de los desafíos

Lo que está en juego aquí y ahora es dar respuesta a las sociedades en las que queremos vivir hoy y mañana. Hoy y veinte años más tarde. Hoy y el resto de nuestra vida. Estos lectores tienen que decidir qué hace nuestra generación, la generación que ya no podrá decir que no sabía lo que estaba ocurriendo con un veinte por ciento de población mundial emitiendo el 70 por ciento de los gases de efectos invernadero (GEI) y un 80 por ciento sufriéndolo5, con un crecimiento económico incesante en el último siglo que solo ha beneficiado a un quinto de la población mundial6 o con un tímido siete por ciento que puede acceder a estudios universitarios7. La pregunta por la educación que queremos es la pregunta por la sociedad que queremos.

En un mundo complejo y acelerado como el actual, las incorporaciones tecnológicas suponen una oportunidad y un desafío. Pueden ser, sin lugar a duda, parte de la solución a la emergencia climática y social que ya asola al mundo. Pero sin una conciencia clara de las brechas que trae consigo el mundo virtual, privado, sin reglas, que todo lo engulle, esta nueva herramienta puede traducir sus objetivos en mayores índices de desigualdad. Debemos tener la voluntad de desarrollar capacidades críticas y sostenibles que garanticen su uso y disfrute también a quienes menos tienen, configurando la nueva nube como un espacio seguro donde imperen las premisas básicas que hemos defendido en este ensayo: igualdad, libertad, justicia y democracia.

Inakuwa es una asociación sin ánimo de lucro que busca llevar la educación a cualquier parte del mundo

Ante esta crisis de emergencia insostenible debemos tomar decisiones que, por primera vez en la historia, van a determinar la vida de ecosistemas, de personas y de civilizaciones enteras que todavía no están vivas. Por primera vez, lo sabemos todo: contamos con una información ingente de datos estancos que deben movilizarse si queremos propiciar un cambio real que reme hacia sociedades erradicadas de estigma, de crisis climática, de urgencia tecnológica y de posverdades —fake news— que violentan nuestra convivencia.

Decía Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro. Creo que la poesía de Celaya es la educación de la que hablamos. Está en nuestras manos decidir si tal poesía trasgrede los versos y encarna una realidad habitable. O no.

Notas

 1Edad con la que viajé por primera vez al continente africano (Accra, Ghana) y con la que empecé a tener conciencia de la desigualdad que, al volver a España descubrí con otros ojos.

 2Estimación basada en el número de personas que acceden a estudios universitarios (7 por ciento de la población mundial) y en otros índices económicos, políticos y sociales.  

 3Concepto desarrollado por la escritora, novelista y dramaturga Chimamanda Ngozi Adichie en su libro y presentación TED El peligro de la historia única. Disponible en: https://www.ted.com/talks/chimamanda_ngozi_adichie_the_danger_of_a_single_story?language=es

 4Para conocer más sobre Inakuwa Asociación, consultar: www.inakuwa.org

 5Dato obtenido de una nota informativa de Oxfam (2015), “La desigualdad extrema de emisiones de carbono”. Disponible en: https://www-cdn.oxfam.org/s3fs-public/file_attachments/mb-extreme-carbon-inequality-021215-es.pdf

 6Dato obtenido de Cano, O. (2017): “Capitaloceno y adaptación elitista” en Ecología Política, número 53.

 7Dato obtenido de la base de datos de las Naciones Unidas (categoría educación).

Bibliografía

Bauman, Z. (2013): Sobre la educación en un mundo líquido. Barcelona, Paidós.
Cortina, A. (2017): Aporofobia, el rechazo al pobre: un desafío para la sociedad democrática. Barcelona, Paidós.
Duflo, E. (2011): Repensar la pobreza. Madrid, Editorial Taurus.
Ngozi Adichie, C. (2019): El peligro de la historia única. Nueva York, Random House.

Artículo publicado en la revista Telos 116


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María Caso

Presidenta de Inakuwa Asociación, promotora del Tanzania Forum, impulsora de distintas redes de cooperación y asesora en diferentes ONG. Embajadora del Diálogo con la Juventud, una iniciativa de la Unión Europea y vicepresidenta y directora de Incidencia en Talento para el Futuro.


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