27 de septiembre de 2021

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Fronteras y exclusión: paradojas de la digitalidad

por Johanna C. Ángel Reyes

Tanto la digitalidad como la cultura digital producen fronteras y dinámicas de exclusión de manera directamente proporcional a su crecimiento y expansión. Una paradoja puesta en discusión que recientemente se inicia.

 

[ ILUSTRACIÓN: ANÍBAL HERNÁNDEZ ]

 

Al enunciar la existencia y establecimiento de fronteras en la digitalidad y en la cultura digital, se revela una paradoja fundamental. Y es que la tan popular y profética afirmación hecha por Marshall McLuhan, acerca de la aldea global que habitaríamos, nos hizo pensar durante décadas que, el advenimiento de las tecnologías de la información y del conocimiento digital acelerarían ese proceso y nos permitirían vivir de primera mano el panorama planteado por el comunicólogo en sus obras publicadas entre 1962 y 19641.

Sin embargo, si la tendencia histórica de la humanidad se inclina hacia la alteridad, según la cual establecemos cánones basados en la diferencia y definimos al otro por lo que no es con base en nosotros, ¿por qué tendría que ser diferente la cuestión en el mundo digital?

Estas breves líneas plantean algunas de las maneras en las que la digitalidad y la cultura digital operan de manera fronteriza estableciendo límites, algunos evidentes y otros que requieren de cierta mirada crítica para ser visibilizados, investigados y aprehendidos.

Una frontera implica delimitaciones, generalmente geográficas y que pueden atestiguarse de acuerdo con la conformación de mapas que así lo presentan. ¿Es posible hablar de una geografía, por ejemplo, del ciberespacio y una condición de límites en el mismo?

Las fronteras son espacios físicos absolutos, dibujables, pero también pueden referirse a espacios imaginarios que son resultado de construcciones sociales y culturales. Si bien es cierto que, una de las cuestiones más atractivas del ciberespacio es que no existe en él una jurisdicción geolocalizada, existen dinámicas fronterizas de la digitalidad que podrían considerarse básicas y que tienen que ver con taxonomías que refieren a la humanidad dividida entre nativos y analfabetos digitales. Estas fueron descritas en 1996 como parte del texto de Declaración de independencia del ciberespacio presentado ese año en Davos, Suiza.

Ni el ciberespacio, ni la vida cotidiana atada al uso de tecnologías digitales, están libres de la incidencia y de las tendencias que la humanidad fabrica y replica en estos ámbitos virtuales

En dicho escrito, Barlow pretendía también la consideración de la creación de un mundo y una civilización del ciberespacio “más hermosa y más humana…”. Esta consideración clasificatoria, que en una primera instancia pareciera hacerse amparada en una cuestión etaria —quienes nacieron cuando ya había computadoras e Internet, y quienes no— , puede extenderse hacia otras manifestaciones en torno a la inmersión en mayor o menor grado en las tecnologías digitales; esto acompañado de la posesión de los dispositivos necesarios para dicha posibilidad.

El analfabetismo digital ocupó una de las preocupaciones principales de países y naciones que procuraron emprender planes para conectarnos a todos, siendo muchas veces el punto de llegada, la adjudicación de dispositivos que permitiesen el acceso a Internet, en particular con fines educativos. Así, la primera década del siglo XXI, estuvo plagada de eslóganes del tipo “Una computadora para cada niño”, que reverberaron hasta instalar programas medianamente globales de asistencia, y que pusieron su esfuerzo en particular en los países denominados “en desarrollo”.

Pasaron décadas sin que quizá, en una mirada generalizada, comprendiéramos que el acceso a la información no garantiza la construcción de conocimiento y que, junto con esta posibilidad de estar ligados a la web, por lo menos en lo que se refiere a echar un vistazo mediante los dispositivos y medios que ahora lo hacen posible quizá de manera más ecuánime, tendría que ir de la mano con otro tipo de factores que tienen que ver con condiciones de vida dignas y el acceso a otros servicios básicos: agua y electricidad, en particular.

Menciona Marc Augé que “la frontera siempre estuvo obsesivamente presente en el imaginario de las poblaciones que colonizaban la Tierra”. De esta manera, la necesidad de colonización de un vasto ciberespacio, junto con la operación de los mercados y el capital para conquistar audiencias cada vez más segmentadas, permitirá visibilizar el fenómeno fronterizo, resultado de la impartición de límites para que la operación colonial pueda surtir efecto.

Habrá que comprender entonces la digitalidad en tanto espacio como territorio, susceptible de narrarse como lugares con límites definidos, donde operan políticas de exclusión comparables con las fronteras geográficas que delimitan, casi enteramente, el ser de la humanidad hoy día2.

 

 

Cuando se piensa y se localiza a la digitalidad y a la cultura digital como dispositivos que imponen dinámicas fronterizas, hay que exaltar la producción de conocimiento como eje clave de la producción de diferencial-alteridad. El valor fundamental que se nos otorga como humanidad conectada tendrá que ver con la producción de narrativas, con la actividad permanente y, sobre todo, con el flujo de contenidos y a la manera que los mismos se aprehenden.

Si bien la producción permanente de contenidos tampoco reditúa en conocimiento, lo hace en términos de visibilidad en la cultura digital. Podría aquí hacerse una reflexión en torno a la operación de la noción de “clase” que, si bien continúa operando desde la cobertura tradicional del término, excluyendo y clasificando seres humanos por sus condiciones físicas, económicas y socio-culturales, tendremos quizá una nueva clasificación en torno a la humanidad a partir de sus posibilidades de producción de conocimiento. Esta posibilidad será otorgada por las dinámicas de mercado y sus necesidades.

La condición principal impuesta por las narrativas transmedia “en cualquier momento, en cualquier lugar” resulta quizá la cláusula más impositiva y que mayor cantidad de dinámicas fronterizas tiende a generar.

Para nadie es un secreto que los dispositivos, artefactos que permiten la interacción digital, se desactualizan a pasos agigantados; el tiempo vital es escaso y no necesariamente la vida personal, la de los seres humanos que no se dedican a ello, difícilmente sucede en pantalla. Y es aquí donde hay que revisar que, como cualquier otro Estado-nación moderno, el ciberespacio está dominado y regulado por el mercado y que, en esta medida, está subyugado por quienes mayores aportes de capital generan a esta estructura de corte a-geográfico.

Todos los días enfrentamos mega datos y algoritmos que, con base en nuestra actividad “social” en Internet, permiten que figuremos con mayor o menor presencia en sectores ciberespaciales, muy definidos y amurallados a partir de las redes sociales. Es decir, más allá de la conciencia de participación en la creación y distribución de contenidos, existen estructuras mercantiles que regulan los límites de los abordajes de lo digital.

Las fronteras son espacios físicos absolutos, dibujables, pero también pueden referirse a espacios imaginarios que son resultado de construcciones sociales y culturales

La gran mayoría de nosotros hoy día, estamos obligados a ser usuarios de la vida digital: bancos, diarios, sistemas de regulación fiscal, sistemas educativos y muchos otros nos impusieron la abrumadora creciente necesidad de estar conectados para operar dentro de “la Red”. Sin embargo, esto no significa un aporte fundamental a la cultura digital. Estas plataformas siguen contando con que somos usuarios y no les interesa, porque tampoco se encuentra dentro de su rango, incentivar ciudadanos que sean potenciales generadores y curadores de contenidos. Lo cual lleva al conteo de personas conectadas, maniobra que, probablemente, asegura el éxito de políticas públicas en torno a la conectividad. Dichas interacciones, resultan configurarse más hacia un cierto “régimen digital” que hacia una participación activa, consciente y cultural.

La utopía de libertad, de una nación sin limitantes, de una posibilidad de interactuar sin necesidad de modificar nuestras personalidades, se está transformando en tácticas y estrategias de simulación a todo nivel: cantidad de usuarios, vidas perfectas de gente perfecta, el acceso a contenidos sin límite alguno, resultan algunas de las que pueden considerarse falsas promesas de la vida digital.

IA discriminante

Pensar que las tecnologías digitales son ecuánimes porque se encuentran libres de emociones humanas puede ser uno de las creencias populares mayormente alimentadas en nuestros tiempos. Quizá una frontera inimaginada durante mucho tiempo y enclavada en la narrativa popular a partir de las novelas de ciencia ficción, donde los androides reemplazarían a los humanos en sus labores básicas, se contradice con los ya aceptados términos “discriminación tecnológica” o “discriminación digital”.

La aplicación de fórmulas algorítmicas que funcionan para el discernimiento de segmentos de población, muestran otra cara que nada tiene que ver con el territorio soñado, amable, justo e independiente que se planteara en los años 90.

Junto con la dificultad de integración de una forma naturalizada como se pretendía a las tecnologías digitales, la segregación de la inteligencia artificial, cuyos casos abundan, sobre todo, en algoritmos calificados como racistas para el etiquetado de fotografías en redes sociales y traductores que dan por sentado el género asociado a una profesión, resultan de la programación hecha por los humanos, quienes inevitablemente están detrás de los lenguajes informáticos3.

En síntesis, es inevitable el establecimiento de dinámicas fronterizas en la digitalidad. Ni el ciberespacio, ni la vida cotidiana atada al uso de tecnologías digitales, están libres de la incidencia y las tendencias que la humanidad fabrica y replica en estos ámbitos virtuales.

La inexistencia de un espacio físico, no impide que se tracen fronteras. Al contrario, asegura la extensión de dinámicas coloniales, prejuicios y alteridades que siguen definiendo el curso de la humanidad, incluso dentro de esta modernidad global abrumadora.

Notas

 1Tal referencia puede hallarse en las obras: The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man (1962) y Understanding Media (1964).

 2Para mayor referencia, puede consultarse el texto: “Colonialidad, la frontera y lo común. Apuntes para pensar la sociedad del conocimiento” en Exclusión y deriva: Dinámicas fronterizas de la digitalidad. Penguin Random House-Fundación Telefónica-UIA. México, 2019. Disponible en: https://www.fundaciontelefonica.com.mx/cultura_digital/publicaciones/exclusion-y-deriva/700/

 3Luis Miguel Cruz provee de mayor información al respecto en este artículo: https://lifeandstyle.expansion.mx/vida/2021/06/08/puede-discriminar-la-inteligencia-artificial

Bibliografía

Ángel Reyes, J. “Colonialidad, la frontera y lo común. Apuntes para pensar la sociedad del conocimiento” en Ángel Reyes, J. y Buj, J. (coords.) Exlcusión y deriva. Dinámicas fronterizas de la digitalidad, 2020. México, Random House-Fundación Telefónica-UIA.

Augé, M. (2012): La comunidad ilusoria. México, Gedisa.

Barlow, J. P. (1996): Declaración de independencia del ciberespacio. Disponible en: http://homes.eff.org/~barlow/Declaration-Final.html.

Artículo publicado en la revista Telos 117


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Johanna C. Ángel Reyes

Investigadora, escritora, docente y gestora cultural. Doctora en Cultura y Educación en América Latina. Es fundadora de la agencia cultural Acacia 360º. Imparte docencia e investigación en la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México.


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