6 de septiembre de 2021

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Fronteras digitales líquidas

por Raquel Jorge Ricart

Hemos pasado de la sociedad de lo sólido a una modernidad líquida donde lo pasajero, la sobreexposición y lo provisional se han convertido en la regla que rige nuestras relaciones políticas, económicas, sociales y culturales. En este nuevo contexto, la digitalización abre espacios tanto de posibilidad como de exclusión. Este nuevo escenario de fronteras digitales líquidas plantea retos tanto para nuestras fronteras virtuales y físicas, como para nuestra libertad cognitiva.

 

[ ILUSTRACIÓN: ANA GALVAÑ ]

 

Ya en 1999 —el siglo pasado— el sociólogo Zygmunt Bauman apuntaba sobremanera que las realidades sólidas de nuestros abuelos y abuelas, como el trabajo para toda la vida o el entorno de amistades desde nuestra infancia, se habían desvanecido. Habíamos pasado a una modernidad líquida: al mundo de lo provisional, de lo sobreexpuesto pero pasajero; en donde hay grandes estímulos, pero en el que estos terminan siendo, en general, insignificantes y anodinos.

Esta capa de incertidumbre se mueve y muta con el mundo digital. Las sociedades actuales se encuentran en un proceso de reconversión y ruptura consigo mismas. Esto representa desafíos y riesgos, a la vez que oportunidades. El espacio digital genera espacios de exclusión al mismo tiempo que abre espacios de posibilidad. Crea nuevos espacios, y ensancha otros que ya existían hacia nuevas direcciones. Reconfigura las fronteras de lo virtual, y también de lo físico. Pero, sobre todo, el reto mayor que nos plantea es hasta qué punto está cambiando nuestra libertad cognitiva. Esto es, la de nuestro entendimiento como sociedad, como individuos, nuestra libertad de pensamiento ante la inmediatez y volatilidad de los fenómenos que ocurren en el espacio digital; en dos palabras, nuestra identidad.

A Amartya Sen1 le gustaría este concepto. ¿Por qué? Porque en lo digital también están en juego nuestro bienestar, nuestra agencia y nuestro espacio para desplegar nuestras capacidades humanas. No todo es estructura.

Fronteras a geometría variable

Hablar de fronteras digitales líquidas es algo complejo y, por lo tanto, interesante y necesario. También lo es explorar ambas caras de la misma moneda. La dark web2 es espacio de libertad de expresión y activismo político para personas que viven en regímenes autoritarios. Pero también es espacio de actividades ilícitas, como el tráfico de drogas, el terrorismo o la pornografía infantil. Ahora bien, no todo es blanco o gris. The Global Commission on Internet Governance calcula que la pedofilia, que representa el dos por ciento del material de la dark web, es la que atrae más del ochenta por ciento del tráfico total. Muchos foros de la dark web prohíben y condenan explícitamente este tipo de contenidos. Tampoco queda claro si el activismo político en regímenes autoritarios dentro de la dark web lleva a la acción política como tal, o se limita al intercambio de información.

Esto nos lleva a preguntarnos si el espacio digital puede conducir al cambio social, o si meramente hace que aquello que ya existía en el plano físico se suba al tren de lo digital. En este sentido, lo cierto es que la movilización política ha cambiado. Algunas personas afirman que las redes sociales y foros solo han acelerado la velocidad de movilización, pues las técnicas (campañas, líderes de opinión,…) son las mismas; solo se aceleran gracias a los hashtags, a los trending topics y demás. También se afirma que la desinformación ya existía antes y la diferencia es que ahora solo es más viral y masiva. Sin embargo, aunque es cierto todo lo anterior, la realidad va mucho más allá: en la modernidad líquida, lo digital ha hecho que el miedo a ser observado –propio de hace unas décadas– haya sido vencido por la alegría, o necesidad, de ser noticia a toda costa.

Las fronteras se encuentran en constante mutación, lo que hace compleja nuestra capacidad de detectarlas y de gestionarlas

Estar al descubierto —en redes, en el uso de la tecnología— se ha convertido no solo en una forma de reconocimiento social, sino también en aquello que garantiza nuestra existencia personal y colectiva. De ahí que la desinformación haya adquirido un grado de peligrosidad mayor en el espacio digital. Del individualismo hemos pasado a la individuación. Necesitamos distinguirnos del otro. Ser sobrio en redes sociales resulta aburrido y augura no tener éxito, porque no se es viral. Esta frontera no tiene consecuencias únicamente en lo personal. Es decir, no solamente hace que busquemos una barrera con respecto a otras personas. Lo que ocurre es que esa frontera —ya establecida— acaba teniendo más y más hormigón, y esto hace que sea cada vez más difícil saber traspasar estas paredes imaginarias y escuchar lo que se cuenta en la habitación de al lado.

Este escenario crea una paradoja. Perimetrar nuestra identidad ha llevado a la sociedad a posicionarse de una forma mucho más rotunda con ciertos espectros ideológicos. Esto crea una sensación falsa de movilización política en redes sociales a través del like o de seguir a líderes virales. El riesgo mayor es que, cuando ocurran crisis reales, físicas, es improbable que esta suma de individualidades anónimas pueda darse respuesta a sí misma de forma conjunta y unitaria. Se seguirá buscando la respuesta de lo estatal en el mundo de lo físico —es decir, el real—.

 

La crisis de legitimidad política es un factor añadido y replegarse a lo virtual —a las manifestaciones online, a la demanda de derechos o la política de la cancelación virtual— hace compleja la confianza ciudadana hacia las instituciones, así como la capacidad de comunicación pública y cercanía efectivas por parte de estas últimas.

Es aquí donde entra la cuestión de la exclusión. Por una parte, lo digital ha permitido conectarse al mundo a personas que normalmente no tenían acceso a esta realidad, como son las personas ancianas, muchas de las cuales no habían salido nunca de las fronteras físicas de su país o habían leído durante toda su vida periódicos de carácter más local o estatal, sin encontrar noticias o curiosidades de lo internacional.

La tecnología también ha permitido a personas en situación de vulnerabilidad poder reforzarse y tener mayores garantías de protección, como el caso de las tecnologías adaptadas para personas ancianas o para personas con ceguera o sordera. Sin embargo, al mismo tiempo, lo digital también ha creado y ensanchado espacios de exclusión ya existentes, como era la dificultad de las personas mayores de 45 años para acceder al mercado laboral. La falta de habilidades digitales ensancha esta frontera.

Un paso adelante

Lo cierto es que no hay una respuesta única ni integral para gestionar las fronteras digitales —líquidas— que se están creando. Algunas de ellas son visibles; otras lo son menos. En cualquier caso, la clave es entender que el reto es tanto la existencia de tales fronteras como que estas se encuentran en constante mutación, lo que hace complejo nuestra capacidad de detectarlas, de gestionarlas y, sobre todo, de tener conciencia sobre ellas para emprender acciones que nos lleven a impactos sociales y positivos del uso de las tecnologías y la digitalización en nuestras formas de organización política, social y económica.

Y, por último, cuidar la salud de nuestra libertad cognitiva. Ello significa saber generar una cultura de la confianza entre los sectores público, privado y social, en la que las fronteras que la digitalización crea, elimina o transforma sean un proceso consciente colectivamente y autoconsciente individualmente, con el fin de saber construir mejor, todos y todas a una, contrapesos y mecanismos para llevar a este impacto positivo y responsable.

El verdadero reto consiste en tomar conciencia de nuestra realidad líquida para emprender acciones que tengan un impacto positivo a partir de la digitalización

De empezar a cuidarnos como personas —en nuestra libertad cognitiva, en nuestra capacidad de agencia— y como ciudadanía —en nuestra estructura, con respecto a los sistemas en que vivimos—, dependen nuestro presente y futuro. Ni tecno-optimista, ni tecno-pesimista; seamos tecno-responsables.

Dejemos de vivir con exceso de pasado —nostalgia— y con exceso de futuro —ansiedad—. El momento es ahora y trabajar por hacer de las fronteras digitales líquidas algo nuestro, algo responsable y sostenible, y algo de confianza entre todos los sectores —todos a una—, es el camino en el que debemos encauzarnos ahora.

Notas

 1Amartya Sen es un economista impulsor del concepto de desarrollo como libertad, en el que la pobreza y la falta de oportunidades económicas son vistas como obstáculos en el ejercicio de las libertades fundamentales.

 2La expresión dark web puede traducirse como Internet oscura. Es esa “porción de Internet que está intencionalmente oculta a los motores de búsqueda y que solo es accessible mediante aplicaciones específicas”.

Bibliografía

Bauman, Z. (1999): Modernidad líquida. México, Fondo de Cultura Económica de España.
Global Commission on Internet Governance (2015): The Dark Web Dilemma: Tor, Anonymity and Online Policing. Paper Series, 21. Disponible en https://www.cigionline.org/sites/default/files/no.21.pdf
Innerarity, D. “Contra la superioridad moral” en El País, 2021. Disponible en: https://elpais.com/opinion/2021-03-14/contra-la-superioridad-moral.html

Artículo publicado en la revista Telos 117


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Raquel Jorge Ricart

Socióloga y politóloga por la Universitat de València, es experta en asesoramiento de políticas públicas tecnológicas y digitales. Ha sido reconocida como parte de la lista 35 Under 35 de Líderes emergentes de Europa por el Banco Santander-CIDOB. @


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