14 de septiembre de 2018

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El milenial cíborg: la dicotomía de la identidad

por José Sixto
Melissa Payo Vaz

En la relación del ser humano con la tecnología las aportaciones más innovadoras hablan de una nueva fase evolutiva: los cíborgs. Analizamos cómo influyen las tecnologías en la identidad de los milenial y apreciamos un mayor desarrollo de la identidad virtual que de la real.

El descubrimiento de la propia identidad siempre ha sido uno de los grandes retos a los que se ha enfrentado el ser humano. Quiénes somos, cómo nos definimos o cuál es la percepción que tienen los demás de nosotros mismos son solo algunos de los interrogantes que el ser humano se ha planteado a lo largo de la historia y que, pese a los innumerables avances tecnológicos, se sigue cuestionando hoy en día.

La evolución del conocimiento plantea una nueva cuestión: ¿qué sucede cuando entra en juego la tecnología y la identidad se bifurca en dos canales? Parece que las nuevas generaciones de nativos digitales reconvertidos en cíborgs serán los primeros en averiguarlo.

Tras el profundo arraigo que ha experimentado la tecnología en la sociedad no es de extrañar que las nuevas generaciones la hayan adoptado como una extensión más de sus miembros (Case, 2010). Los teléfonos inteligentes (smartphones), las tabletas (tablets), las pulseras inteligentes y un largo etcétera de dispositivos electrónicos (gadgets) siempre conectados a internet, se han convertido en herramientas indispensables para el grueso de la sociedad (Fundación Telefónica, 2016). Entre todas ellas destaca el teléfono inteligente, que ha logrado “incrustarse en los bolsos y bolsillos como la pantalla protésica que nos da acceso permanente y ubicuo al mundo digital, en el que desarrollamos una parte cada vez mayor de nuestras actividades cotidianas” (Reig y Vílchez, 2013). Y no solo eso, sino que tal y como señalan Sánchez y Andrada (2013), el uso de estos teléfonos inteligentes ha sobrepasado todas las barreras en cuanto a integración con el ser humano y han logrado incluso que se conciban como cerebros externos en los que apoyarnos.

El uso de estos teléfonos inteligentes ha sobrepasado todas las barreras en cuanto a integración con el ser humano y han logrado incluso que se conciban como cerebros externos en los que apoyarnos

Esta dependencia de las tecnologías se aprecia todavía más en las generaciones más jóvenes, los conocidos como milenial (Howe y Strauss, 2000), un concepto que hace referencia a todas aquellas personas nacidas entre los años 1982 y 2003, aunque existe cierta disparidad de opiniones en cuanto a la horquilla temporal exacta. No obstante, “la característica común a todas estas personas reside en que han crecido inmersos en los tiempos en que la revolución tecnológica ha generado su fruto más llamativo: el acceso masivo y doméstico a la informática” (Ferrer, 2010).

Si se considera el último grupo de mileniales –los nacidos en años posteriores a 1990–, hay que tener en cuenta que “ni siquiera han conocido otra generación que la de internet” (Ferrer, 2010), lo que conlleva importantes implicaciones en la formación del individuo ya que se desarrolla en un contexto puramente digitalizado, por lo que no es capaz de concebir su vida sin la ayuda de las tecnologías. El estudio ‘Bot.Me: A revolutionary partnership’, elaborado por The Consumer Intelligence Series (2017), indica que el 53 por ciento de los mileniales hace uso de asistentes digitales que se encuentran instalados en los dispositivos inteligentes para desempeñar multitud de tareas. Por tanto, existe cierta dependencia de la tecnología para el desarrollo de actividades cotidianas, de modo que se produce una transformación de la persona en una suerte de cíborg, como si de una nueva etapa en el proceso evolutivo del ser humano se tratara (Mestres, 2010 y Hables Gray, 2011).

El cíborg es un ser con partes orgánicas que corresponden con órganos fundamentales del cuerpo humano, como por ejemplo el cerebro, y con materiales inorgánicos producto de nanotecnologías y robótica avanzadas (Moya, 2007). En otras palabras, es un individuo que es en parte ser humano y en parte máquina. Sin embargo, la transmutación del individuo a cíborg total es un proceso que aún a día de hoy presenta multitud de interrogantes y retos éticos, como los límites que marcarán el fin de la consideración del cíborg como ser humano (Vives-Rego y Mestres, 2012), pero lo que es innegable es que el cambio ya ha comenzado y que la relación establecida entre las personas y la tecnología es más estrecha que nunca.

La transmutación del individuo a cíborg total es un proceso que aún a día de hoy presenta multitud de interrogantes y retos éticos, como los límites que marcarán el fin de la consideración del cíborg como ser humano

Claro está, por otra parte, que el hecho de que los seres humanos hayan desarrollado una necesidad en torno a la tecnología no los convierte en cíborgs –teniendo en cuenta todo el espectro de connotaciones que abarca el término–, pero sí sienta un precedente en lo que a conexión de persona y máquina se refiere. El cíborg va más allá, de tal forma que la distinción principal entre ambas fases del proceso evolutivo radica en que el cíborg propone un acoplamiento total e interno entre ambos, mientras que la realidad actual mayoritaria se caracteriza por un acoplamiento externo en el que la tecnología actúa como una prolongación del propio ser humano (Sánchez y Andrada, 2013), no como parte del cuerpo.

Hacia una identidad dicotómica

No es necesario que la unión entre persona y tecnología se produzca de forma completa para poder apreciar los primeros cambios que se han sucedido en la condición intrínseca del ser humano. Un caso claro es la modificación del concepto de identidad, puesto que anteriormente era concebida como un todo y en la actualidad indica una dicotomía extraordinaria que se justifica en la bifurcación entre el mundo digital y el analógico.

La penetración de las tecnologías en la sociedad ha supuesto la creación de un alter ego virtual de los propios seres humanos, lo que ha conllevado a una división de la identidad en dos entornos totalmente diferentes (Pérez Subías, 2012). En efecto, ya no vivimos en un mundo real, sino que el que ahora habitamos está construido por la tecnología y ya no es posible separar lo real –aquello natural, experimentado en la intimidad– de lo virtual –lo configurado socialmente– porque está “formado por artefactos que aceptamos como reales, pero que no lo son de hecho” (Evans, 2001: 89).

Por tanto, la primera problemática a la que se enfrenta el milenial cíborg es a abandonar la concepción de la identidad personal como una sola unidad, obligándose a sí mismo, o puede que obligado por la tecnología que conoce como extensiones de su propio ser, a crear dos identidades simultáneas del yo. Dicha identidad, entendida como “el conjunto de rasgos que nos caracterizan ante los demás” (Pérez Subías, 2012: 56), no se conforma de modo individual, sino que se trata de un proceso en el que cobra gran importancia la socialización con los demás. Siguiendo a Mead (citado por Larrain, 2003), la identidad se configura a través de un procedimiento de construcción en el que las personas se van definiendo a sí mismas mediante una estrecha interacción simbólica con otras personas.

Ya no vivimos en un mundo real, sino que el que ahora habitamos está construido por la tecnología y ya no es posible separar lo real –aquello natural, experimentado en la intimidad– de lo virtual –lo configurado socialmente–

Tras la popularización de los ordenadores personales en la década de 1990 y la expansión de las nuevas tecnologías, esta percepción de la identidad comenzó a virar hacia un universo digitalizado en el que sufriría transformaciones inéditas e imprevisibles. Sherry Turkle (1997) fue de los primeros estudiosos en estimar que el concepto estaba cambiando al considerar que la identidad comenzaba a ser múltiple y descentralizada, lo que exigía más investigación para determinar los nuevos parámetros de innovación. Esta evolución del fenómeno en sí y del término en los escenarios académicos provocó la aparición de un concepto satélite denominado identidad digital, centrado en todos aquellos rasgos del individuo que se encuentran digitalizados y a disposición de los demás (Pérez Subías, 2012), es decir, como “la imagen que proyectamos de nosotros mismos a través de los soportes digitales y cómo nos ven los demás” (De Haro, 2009).

Con todo, la identidad digital no solo se reduce a eso. Turkle (1997: 15) afirmaba hace más de dos décadas que “internet enlaza a millones de personas en nuevos espacios que están cambiando la forma con la que pensamos, la naturaleza de nuestra sexualidad, la forma de nuestras comunidades, nuestras verdaderas identidades”. En realidad, ya a finales de los años 90 se podía hablar de un yo virtual en el sentido en que las nuevas tecnologías estaban mutando a los individuos y a su identidad.

No obstante, la identidad digital nunca hubiera acaparado una parte tan significativa del ser de no haber sido por la expansión de los diferentes dispositivos móviles y de la aparición de plataformas como las redes sociales (García, 2012). La importancia de los primeros reside en que consiguen que las personas siempre porten con esa otra cara de la identidad sea cual sea el lugar de destino, además de servir como elemento de conexión entre el mundo físico y el virtual; las segundas constituyen el espacio perfecto para dar vida al alter ego que se ha creado, nutriéndolo prácticamente a tiempo real con fotografías, datos personales e, incluso, ubicación geográfica (Orihuela, 2008). En este sentido, Donath y Boyd (2004) concibieron las redes sociales digitales como public displays of connection, esto es, como dispositivos para la definición de la identidad ante los otros, en los que la alteridad pasa a formar parte de la red extendida del sujeto, una red de contactos que es un mecanismo de validación del propio perfil (Caro, 2012).

Como consecuencia de esta evolución histórica y empujados por la presión social de disponer de una doble identidad fácilmente localizable en la web, los nativos digitales cíborgs se han lanzado a configurar un yo digital tan completo como nunca antes se había imaginado. “Las redes sociales son el espantajo que aleja el fantasma de la exclusión: se vuelcan con las emociones, con la protección que ofrece la pantalla y se comparte el tiempo libre” (Echeburúa y De Corral, 2010: 2), de modo que los mileniales sedientos de una inclusión social colman sus redes sociales de multitud de datos que faciliten su socialización –al menos la virtual–. Tanto es así, que es más fácil conocer a un nativo digital en el mundo en línea (online) que en el real. Aunque es cierto que el individuo puede elegir hasta qué punto desea completar su identidad digital, disponer continuamente de las herramientas necesarias para elaborarla cuándo y dónde quiera ha empujado a la generación cíborg a compartir unas cotas de información verdaderamente altas tanto en formato escrito como audiovisual y tanto en contenido permanente como autodestruible.

De todas formas, la configuración de la identidad digital se articula conforme a una escala de niveles. En el nivel más bajo a la hora de crear el yo online se podrían mencionar datos como el nombre, los apellidos, el sexo, la fecha de nacimiento o la dirección de correo electrónico, todos ellos prácticamente indispensables para contar con una presencia virtual. Estos datos, no obstante, conformarían tal solo un 1% de la información total necesaria para configurar una identidad web de un milenial cíborg. En un segundo nivel en la escala se encontrarían las fotografías personales, el currículum o el número de teléfono, entre otros, hasta llegar al nivel más alto en el que el individuo no solo crea una foto fija de sí mismo, sino que interactúa, se comunica y se relaciona.

Todos estos datos que configuran la identidad digital pueden resultar un ataque contra la privacidad desde la perspectiva de un inmigrante digital, más aún, si cabe, desde la de un individuo que nunca ha tenido contacto con internet ni la necesidad de configurar un alter ego de sí mismo en un mundo alternativo. Estudios como el de Almansa, Fonseca y Castillo (2013) han demostrado que para los mileniales esta exposición pública y accesible a golpe de clic para cualquier usuario –incluyendo desconocidos– no solo no es extraña, sino que la consideran natural y aceptada a pesar de conocer los riesgos que puede conllevar.

En esta misma línea, Sibilia (2008) había señalado que los modos de expresión y relación con los demás a los que se puede acceder a través de plataformas como las redes sociales invitan al sujeto a una exposición incesante. Se abaten las fronteras de lo público y privado, así como de lo relevante y lo irrelevante, y se modifica la naturaleza de la intimidad mediada hasta convertirla en una realidad nueva que se denomina “extimidad” (Caro, 2012). La intimidad continúa siendo un aspecto primordial para el milenial cíborg, pero su concepción es mucho más laxa porque el contexto actual impone pautas de asociabilidad digital para aquellos que no participan. Es preferible correr riesgos que mantenerse al margen.

La intimidad continúa siendo un aspecto primordial para el milenial cíborg, pero su concepción es mucho más laxa porque el contexto actual impone pautas de asociabilidad digital para aquellos que no participan

La identidad digital de hoy en día facilita la primera toma de contacto de las personas mucho antes de mantener un contacto en el plano offline, en caso de que esto llegue a producirse. Así, por ejemplo, al ser posible acceder a la imagen que acompaña al avatar en cada una de las intervenciones en la red, es sencillo imaginarse que se está manteniendo un contacto cara a cara con dicho sujeto. Sin embargo, esta imagen no es una representación completa del individuo, “ya que si bien no es necesariamente lo que somos, al menos sí de lo que deseamos comunicar ser” (Corral, 2016: 57). De este modo, contar con un yo cuidado en el mundo online es una tarea en la que los mileaniales invierten una gran cantidad de tiempo, en un principio por ocio e integración y, después, como modo de evitar la temida exclusión social en el mundo offline. “La ciudadanía está descubriendo la importancia de su identidad digital para su desarrollo personal y profesional y cada vez le dedica más tiempo y le parece un elemento más importante de sus vidas” (Roca, 2012: 98), por lo que todo parece apuntar a que los mileniales, convertidos en una especie de cíborgs dependientes de la tecnología, se están erigiendo como la primera generación de todavía humanos que dan prioridad a su identidad digital frente a la real.

La identidad partida en el milenial cíborg

Ante la disrupción de las tecnologías y la configuración del mundo digital los mileniales se encuentran con una identidad dividida. Esa fractura no afecta solo al plano social o individual, sino que sienten la necesidad de elaborar otra representación más de sí mismos en un formato digitalizado. Esta última tendencia irá cobrando mayor importancia a medida que vayan en aumento los individuos que no hayan conocido otro mundo que no sea el digital y, en paralelo, falleciendo los que nacieron en la generación analógica.

Sin embargo, la presencia de dos identidades que no tienen por qué ser correlativas, pero que inevitablemente se desarrollan en una sociedad digitalizada, “ofrece la posibilidad a los sujetos humanos de acceder a la de/re construcción de sus identidades y estereotipos, haciendo una alabanza a la performatividad del propio sujeto y su resignificación social” (García, 2006: 47), pero con la dificultad de que “la realidad hoy en día es difícilmente previsible debido a que cambia a velocidad de vértigo como lo hacen el progreso, la cultura, el desarrollo de la tecnociencia y en consecuencia la evolución del mismo ser humano” (Mestres y Vives-Rego, 2012: 225). Por ello, es preciso preguntarse si las nuevas tecnologías fomentarán el lado humano de los individuos o si, por el contrario, los deshumanizarán cada vez más hasta el punto de que la identidad digital acabe sustituyendo por completo a la identidad real en todos los ámbitos, creando seres humanos que solo sean cuerpos que vivirán a través de su identidad digital.

Puede parecer el argumento de una película de ficción, pero lo cierto es que los mileniales con características de cíborgs cuentan con cada vez más herramientas para nutrir su identidad virtual y desarrollar acciones sociales efectivas solo a través de ella. Es “la expresión hiperexistencial del hombre cíborg manifestada en su avatar que actúa en el ciberespacio” (Rivera y Minelli de Oliveira, 2017: 1). Hemos llegado a un punto en el que las dos identidades colisionan y entran en conflicto, por lo que podrían derivarse dos consecuencias distintas: (1) la primera consiste en la supremacía de una sobre la otra, es decir, que la identidad virtual fagocite a la real. Puede ocurrir que los mileniales decidan que en un entorno tan digitalizado no merece la pena desarrollar una identidad que no sea la online y, por tanto, se conviertan en más cíborgs que ahora. O bien, (2) que ante la continua necesidad de configurar una identidad virtual en un mundo en el que las tecnologías son cada vez más relevantes, los mileniales sepan detener la espiral destructiva de su identidad real y contemplen la identidad virtual como una forma de explorar su propio yo y de conectarse con otras personas para enriquecerse como seres humanos. Es decir, mientras que la primera es una alternativa de sustitución, en la segunda hablamos de complementación, no de erradicación. Desde esta perspectiva “no es una vida enfrentada a la real, es una continuación o una posibilidad de hacer paralela la vida del sujeto social, dejando claro que la calidad de las relaciones, emociones, actos y situaciones acaecidas en la esfera social de lo virtual se mantienen o dan a modo de continuación de lo real” (García, 2006: 47).

“Se ha de avanzar en la concepción de un ser hipermoderno o cibernícola que sabe usar las TIC sacándoles el máximo partido a sus opciones, ventajas y virtudes”

En cualquier caso, la digitalización no debe ser percibida como una amenaza, a pesar de que algunos autores, como recoge Sanabria (2013: 5), la plantean como “la vía para la destrucción de la realidad real social por un mundo virtual y ficticio”, ya que acaba por convertirse en un nuevo espacio que encuentra el ser para desenvolverse y desarrollarse. Se ha de avanzar, pues, en la concepción de un ser hipermoderno o cibernícola que sabe usar las TIC sacándoles el máximo partido a sus opciones, ventajas y virtudes (De la Gándara, 2016), pero teniendo en cuenta que el milenial cíborg no solo sabe emplear la tecnología en su beneficio, sino que esta ya constituye una fracción de su naturaleza: la integra, la transforma en una parte de sí mismo –en algunos casos en sentido literal– y le hace crecer como un humano tecnológico evolucionado.

Bibliografía

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José Sixto

Director del Instituto de Medios Sociales y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela. Doctor en Comunicación, MBA en Dirección y Gestión de Empresas, y Máster en Formación de Profesorado. Miembro del grupo de investigación Novos Medios. Autor de libros como "Gestión Profesional de Redes Sociales" o "Fundamentos de Marketing Digital".



Melissa Payo Vaz

Community manager en el Instituto de Medios Sociales de Santiago de Compostela. Graduada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca y especializada en comunicación digital por la UNED a través del Máster en Comunicación y Educación en la Red.


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