11 de noviembre de 2021

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Riesgos digitales para la sociedad del futuro

por Antonio Fernández Vicente

Planteamos una serie de riesgos inscritos en la emergencia de la tecnología digital, en un momento de rápida transformación socio-cultural provocada por la pandemia: el gobierno de los algoritmos, la atención dispersa, el auto-espectáculo y el ocaso de la conversación.

 

La actual crisis pandémica está propiciando una evolución, si cabe, aún más acelerada en la transición hacia sociedades digitalizadas. A medida que se restringe la presencialidad en distintos campos de la actividad humana, surgen soluciones digitales para paliar, cuando no sustituir, las rutinas de vida tal y como eran vividas hasta ahora.

¿Y si lo que vendría a atenuar los efectos de la pandemia fuese el origen de funestas consecuencias? Una serie distópica como Black Mirror, creada por Charlie Brooker, ha ilustrado los miedos de nuestra sociedad ante una tecnología cada vez más determinante de nuestras maneras de ser.

Es inevitable recordar los temores de Paul Virilio (2005), acerca del progresivo arrinconamiento de lo próximo en favor de lo distal, de los tiempos lentos en favor de la velocidad del mundo digital; o de Evgeny Morozov (2015) al avisar sobre la locura que implica dejarse llevar por la divisa “innovar o morir” en el terreno digital. Más allá de nostalgias de tinte tecnófobo, se intuye que aparecen nuevos problemas donde no los había.

El gobierno de los algoritmos

El primero de los riesgos es el más poderoso y, al mismo tiempo, más invisible. Una vez la emergencia de los big data renueva la antigua promesa de la estadística de controlar el mundo a través de su datificación, la capacidad de los algoritmos para extraer significado de los datos y manipular los comportamientos implica un poder fabuloso, que puede incluso desencadenar discriminaciones automatizadas (O’neil, 2018).

A medida que más interacciones tienen lugar a través de los dispositivos digitales, gobiernos y plataformas líderes de social media acumulan un mayor caudal de datos y, con ello, un poder invisible e impersonal (Fernández-Vicente, 2019). El algoritmo viene a filtrar el mundo para nosotros, a hacer de la vida práctica algo más sencillo porque delegamos nuestras decisiones en esa aplicación mágica que nos indica qué leer, dónde ir o qué persona será de nuestro agrado en función de nuestros perfiles digitales.

Las consecuencias adversas no sólo se dirimen en el terreno del enclaustramiento de los ciudadanos en lo que Eli Pariser llama El filtro burbuja (2017). Además de la pérdida de encuentro con lo diverso, los algoritmos pueden incluso reconducir persuasiones políticas, como la ejemplificada por el escándalo Cambridge Analytica.

Dispositivos como el smartphone fragmentan y dispersan nuestra atención

Mientras escribo estas líneas, ha habido dos notificaciones que han distraído mi atención. En su libro Superficiales (2020), Nicholas Carr relataba cómo para conseguir escribirlo tuvo que aislarse durante unos meses, en una desconexión voluntaria. Demasiados estímulos aturden nuestra capacidad de concentración. No es algo nuevo (Wu, 2020), sin duda, como ya remarcaba en 1903 Georg Simmel a propósito de la vida en las grandes ciudades, repletas de llamadas de atención (2005). El ciudadano termina hastiado por la saturación de estímulos y, al mismo tiempo, se aburre si no los hay.

La novedad consiste en que portamos con nosotros mismos, como una prótesis, toda esa explosión de reclamos que tratan de captar nuestra atención, en el dispositivo de distracción masiva que es el smartphone. Y se expande como otra epidemia el déficit de atención, hasta el punto de poder llamar a nuestra época La civilización de la memoria de pez (Patino, 2020). El ansia de novedades y la explotación de la atención por parte del capitalismo digital hace que nuestra capacidad de atención quede reducida a unos nueve segundos.

No sorprende que, por ejemplo, la lectura intensiva sea cada vez más una feliz excepción, sustituida por la Skim Reading como nueva normalidad en la forma de leer (Wolf, 2019). La lectura de un libro parece cada vez más el privilegio de quienes conserven su capacidad de concentración. Las implicaciones para los entornos educativos son también preocupantes, puesto que las prácticas pedagógicas cercanas a la gamificación trasladan al magisterio, incluso universitario, la lógica de novedades constantes y simplificación para atraer la atención de estudiantes habituados a un mundo hiperestimulado.

Auto-espectáculo

La proliferación de una nueva cultura amateur en los social media, a través de plataformas como Youtube, Facebook, Instagram, TikTok o Twitch, ha dado visibilidad al fenómeno de los streamers. Qué duda cabe de que supone una espléndida oportunidad democratizadora. No obstante, la lógica de la adquisición de audiencia, que era uno de los factores determinantes para que los grandes medios tradicionales, como la televisión, se plegasen a las exigencias del sensacionalismo, también se adueña de los consumer generated media.

El gurú de la realidad virtual, Jaron Lanier, instaba a borrar nuestras redes sociales (2020). Precisamente, junto a la pérdida de privacidad era la deriva embrutecedora uno de los factores principales para denostar las redes. Como en los grandes medios, lo que más atrae la atención son los instintos más bajos del ser humano, desde lo inculto a lo frívolo, en la línea de lo que Mario Vargas Llosa denunciaba como signo de una Civilización del espectáculo. ¿Se empobrece el nivel cultural? La novedad es que hoy, son los propios ciudadanos anónimos los que se ven, en cierto modo, impelidos por esta lógica de convertirse, de manera activa, en auto-espectáculos emitidos en directo, para beneficio de las grandes plataformas online y algunos streamers privilegiados.

Los streamers han de acomodarse a los gustos de la audiencia para atraerla

¿Es posible que la tecnología de la comunicación nos lleve paradójicamente a una sociedad en la que la comunicación verdadera escasea? A través de fenómenos como el llamado phubbing, que consiste en ignorar a quien tenemos delante para prestar atención a los requerimientos del smartphone, se ilustran prácticas que se hacen cotidianas. Es lo que Sherry Turkle (2019) ha señalado en un reciente alegato en defensa de la conversación. Creemos estar juntos a través de los dispositivos digitales, pero en realidad queda un poso de melancolía, soledad y tristeza (Twenge, 2018) al no compartir un espacio de copresencia.

Un entorno digital se puede controlar, podemos elegir una u otra palabra, qué vídeo emitir, qué fotografía retocar y enviar: lo que se pierde es la espontaneidad de las conversaciones cara a cara. Como ocurre con un libro, o con este texto, nada puede sustituir la copresencia sin una pérdida elemental de la riqueza del acto comunicativo. El giro al mundo online adolece de la frescura que proporciona el encuentro presencial, en el que siempre decimos mucho más de lo que verbalizamos.

Conclusiones

Ante las veloces transformaciones que se presentan como oportunidades y desafíos para una nueva sociedad, urge valorar en su justa medida qué es lo que habría que preservar y qué lo que se debería cambiar. El tránsito hacia una futura sociedad digitalizada no ha de emprenderse a costa de las prácticas sociales que ennoblecen y hacen digna la vida humana, tales como una simple conversación o las relaciones de proximidad con el entorno local.

Lo ingentes beneficios de las corporaciones GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) no deberían hacernos olvidar que el lucro no debe, bajo ningún concepto, regir el cambio tecnológico con independencia de sus efectos nocivos. Los riesgos aquí consignados son la encarnación de valores ya presentes en la sociedad, que tienen su traducción en los dispositivos digitales.

Construir una sociedad mejor pasa por cuestionar tales valores y traducirlos en otras formas de vivir la tecnología, más humanas y, por tanto, más dignas.

Bibliografía

Carr, N. (2020): Superficiales. Madrid, Taurus.

Fernández-Vicente, A. “Hacia una teoría crítica de la razón algorítmica” en Palabra Clave, (2020, 23(2). https://doi.org/10.5294/pacla.2020.23.2.2

Lanier, J. (2020): Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Barcelona, Debate.

Morozov, E. (2015): La locura del solucionismo tecnológico. Madrid, Katz.

O’neil, C. (2018): Armas de destrucción matemática. Madrid, Capitán Swing.

Pariser, E. (2017): El filtro burbuja. Madrid, Taurus.

Patino, B. (2020): La civilización de la memoria de pez. Madrid, Alianza.

Simmel, G. “La metrópolis y la vida mental”. Chile, revista Bifurcaciones. Url: https://biblat.unam.mx/es/revista/bifurcaciones-santiago/articulo/la-metropolis-y-la-vida-mental-articulo-original-comentado

Turkle, S. (2019): En defensa de la conversación. Barcelona, Ático de los libros.

Twenge, J. (2018): iGen. New York, Atria Books.

Virilio, P. (2005): Lo que viene. Madrid, Arena Libros.

Wolf, M. (2019): The Reading Brain in a Digital World. New York, Harper Collins.

Wu, T. (2020): Comerciantes de atención. Madrid, Capitán Swing.


Antonio Fernández Vicente

Profesor de teoría de la comunicación en la Universidad de Castilla-La Mancha. Autor de Ciudades de aire: la utopía nihilista de las redes (Catarata, 2016) y especialista en filosofía de la tecnología.


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