11 de diciembre de 2019

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Humanidades y cultura en un mundo digital

por Enrique Villalba

La razón utilitaria dominante y una suerte de totalitarismo economicista producen argumentos que llevan a relegar los estudios humanísticos: su inutilidad en términos de competitividad en el mercado laboral o la escasa rentabilidad de sus estudios e investigaciones en una Universidad cada vez más gerencial y mercantilizada.

 

[ILUSTRACIÓN: ANA GALVAÑ ]

 

Saber leer es saber leer la realidad y encontrarse en disposición de estar o no de acuerdo con ella. Saber leer es saber leerse, construirse, cocinarse a uno mismo.
Juan José Millás

 

Tener que explicar el valor de la formación humanística en nuestro mundo y en nuestras enseñanzas —universitarias o no— es ya indicador del punto al que hemos llegado.

La razón utilitaria dominante y una suerte de totalitarismo economicista producen argumentos que llevan a relegar los estudios humanísticos: su inutilidad en términos de competitividad en el mercado laboral o la escasa rentabilidad de sus estudios e investigaciones en una universidad cada vez más gerencial y mercantilizada. La comparación con las disciplinas STEM1 se lleva fundamentalmente a esos terrenos. Ante el descenso de la financiación pública, la Universidad pugna por atraer estudiantes y generar más proyectos de investigación, no solo buscando la pregonada excelencia sino incrementar sus ingresos. En ese escenario, las Humanidades están en clara desventaja: la proporción del alumnado de estos estudios es menor y hay una enorme diferencia entre las aportaciones medias a los proyectos de investigación de estos campos con respecto a los de muchas disciplinas científicas.

Por otra parte, esa deriva hacia un modelo considerado productivo, se ve acentuada con los vigentes criterios de valoración, baremos, calificaciones…, omnipresentes en todo el ámbito académico, que privilegian valores de rentabilidad y producción científica e indicadores casi siempre ajenos a los modos propios de las disciplinas culturales y humanísticas.
El diagnóstico es claro y ampliamente compartido. Así lo expresaba Antoine Compagnon ya hace una década: “La Universidad atraviesa un momento de incertidumbre sobre las virtudes de la educación general, acusada de conducir al paro y en competencia con la formación profesional, que, se considera, prepara mejor para la vida laboral, de manera que la iniciación al estudio de la literatura y la cultura humanística, menos rentable a corto plazo, parece peligrar en la escuela y la sociedad del futuro” (Compagnon, 2008: p. 25).

Nuccio Ordine, autor de la que quizá ha sido la obra reciente de más impacto en defensa de la formación humanística –a la que él mismo llama Manifiesto–, se muestra también así de tajante: “En los próximos años habrá que esforzarse para salvar de esta deriva utilitarista no solo la ciencia, la escuela y la Universidad, sino también todo lo que llamamos cultura. Habrá que resistir a la disolución programada de la enseñanza, de la investigación científica, de los clásicos y de los bienes culturales. Porque sabotear la cultura y la enseñanza significa sabotear el futuro de la humanidad” (Ordine, 2013: p. 111).

No nos encontramos, entonces, ante un episodio más de la tradicional —e indeseable— contraposición entre letras y ciencias, sino ante un cambio de modelo y de valores, que afecta al propio fin de la Universidad. Ni la formación integral de las personas, ni la función social parecen ser ya sus objetivos prioritarios, sino que la utilidad medida en rentabilidad, en empleabilidad… es el argumento definitivo para apostar, de modo dominante, por unas formaciones profesionales.

Sabotear la cultura y la enseñanza significa sabotear el futuro de la humanidad

Así, cualquier reflexión en torno a los estudios humanísticos debe serlo también acerca de la finalidad y el modelo de enseñanza que necesitamos. Una Universidad que no solo se aleja de su misión y visión originales sino que reacciona dudosamente ante las necesidades y oportunidades del mundo digital. Ese modelo de Universidad tiene su mayor amenaza en haber hecho suyos los intereses de un mercado al que puede estar empezando a resultar más práctico prescindir de ella, al menos de la exclusividad de la que gozaba hasta hace poco.

Desde su origen medieval, era el monopolio de la expedición de títulos académicos lo que, en último término, constituía una Universidad: la capacidad de otorgar grados, a diferencia de otras instituciones formativas. Ahora empezamos a comprobar cómo, por una parte, la certificación de estudios puede ser razón insuficiente para mantener la exclusiva universitaria y, por otra, otros centros –por ejemplo, creados por empresas– comienzan a ofrecer formación y títulos socialmente reconocidos en un mercado en el que las universidades aceptaron colocar su mercancía y en el que, en consecuencia, ahora han de competir.

Naturalmente, no se trata de enrocarse en esa idea monopolística sino de resaltar lo que puede ser diferencial en las enseñanzas universitarias, en un mundo digital, en constante cambio, que precisa una formación continua no solo para el empleo sino para una vida activa que se prolonga mucho más allá de la meramente profesional.

Conocimientos y cultura

Es en ese sentido, donde hoy la formación humanística y la cultura tienen mucho que aportar; precisamente, yendo más allá. Las Humanidades no buscan formar operarios para el sistema económico sino personas; y tampoco consideran el conocimiento como algo finalista. Como nos recuerda Antonio Rodríguez de las Heras: “si el conocimiento es ver el mundo –pues el mundo no es evidente–, la cultura es mirar lo que el conocimiento nos hace ver. El conocimiento desvela, dilata el horizonte y le da profundidad” y la cultura, con la posibilidad de sus múltiples miradas, “enriquece sin fin el conocimiento” porque cada una de esas miradas ordena el mundo, es creadora. (Rodríguez de las Heras, 2017: p. 238). Un conocimiento exclusivamente científico y tecnológico puede producir confusión –y más en un momento de transformación como el presente– porque le falta el orden que le otorgan las miradas culturales2.

Así como la lectura sin interpretación es superficial, plana, lo es el conocimiento sin cultura; ver el mundo sin mirarlo. La cultura proyecta miradas que interpretan nuestro mundo –por tanto, lo proyectan, creativamente, hacia el futuro– pero también, como señala Piglia con relación a la lectura, hace memoria: “la lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos” (Ricardo Piglia, 2014).

 

 

 

Siguiendo con el ejemplo de la lectura, la cultura nos permite ir más allá, despegarnos de la página y encontrar nuestra propia orilla –es decir, una mirada más–, como escribe Saramago: “Tendrás, entonces, que leer de otra manera, Cómo, No sirve la misma para todos, cada uno inventa la suya, la que le sea propia, hay quien lleva la vida entera leyendo sin haber conseguido nunca ir más allá de la lectura, quedan pegados a la página, no perciben que las palabras son solo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra orilla, la otra orilla es la que importa, A no ser, A no ser, qué, A no ser que esos ríos no tengan dos orillas, sino muchas, que cada persona que lee sea, ella misma, su propia orilla, y que sea suya, y solo suya, la orilla a la que tendrá que llegar” (Saramago, 2000: pp. 98 y 99).

La mirada humanística y la cultura aportan, pues, la fuerza de la experiencia personal.

Crisis cultural

Nos encontramos inmersos en una transformación de gran calado y velocidad que nos lleva a un mundo digital. Parecería natural una modificación de las enseñanzas a favor de las tecnológicas propias de ese mundo. Pero este nuevo mundo digital, lejos de arrumbar la formación humanística requiere de ella necesariamente. El alcance de la transformación digital supone una verdadera crisis cultural de la que ha de salir –más configurada– una cultura digital. Y en ella, son imprescindibles las miradas humanistas para resituarnos en el mundo.

Los humanistas del Renacimiento –otro momento de gran densidad de cambios históricos radicales y acelerados como el actual– se proponían, ante todo, entender el mundo en el que vivían, un mundo nuevo que estaban descubriendo a través de la ciencia, la técnica, las exploraciones, el pensamiento, el arte… y entender el lugar que el hombre ocupaba en él, es decir, la cultura.
Ya desde el mundo clásico, pero de manera muy clara en el Renacimiento, ese humanismo tenía una traducción eminentemente formativa: los studia humanitatis no eran entendidos como una doctrina sino como un programa educativo (Fumarolli, 2013: p. 25).

Como ellos, necesitamos entender ahora nuestro papel en un mundo cambiante; precisamos unos estudios humanísticos digitales, claro. Si, como decía Croce, toda historia es contemporánea, todo estudio sobre la cultura también lo es. De ahí que el término Humanidades digitales, que en los últimos años ha gozado de aceptación, es en realidad redundante: todo estudio humanístico es necesariamente digital en la medida en que ha de tener la mirada puesta en entender nuestro mundo, debe plantear nuestras preguntas al pasado e incorporarlas a la memoria que estamos haciendo.

Pero digital no significa, como a veces ocurre, que se sirva de la cacharrería o de determinado software –es decir, entendido de un modo puramente instrumental–, sino que se ocupa de la comprensión de una cultura digital que cambia el mundo, el modo de estar en él y sus valores. La reclamación humanística no puede hacerse desde la nostalgia de lo que fue, una vuelta a los orígenes de una erudición sin contexto en el presente. Sino de unas humanidades esencialmente transdisciplinares y, en consecuencia, idóneas para la comprensión de la cultura. Como escribió Montaigne, “habría que preguntar quién sabe mejor, no quién sabe más”, ya que “nos esforzamos solo en llenar la memoria, y dejamos el entendimiento y la conciencia vacíos” (Montaigne 2009: p. 170).

Cualquier reflexión sobre los estudios humanísticos debe serlo también acerca de la finalidad y el modelo de enseñanza que necesitamos

Necesitamos, pues, poner la cultura en primer término de la educación: con estudios propios y, también, de modo transversal en la formación académica. La cultura aporta memoria, creación, posibilidad de disenso, espíritu crítico… imprescindibles para enfrentarnos a un mundo mercantilizado y en continua transformación. Su lugar no es el mercado, cerrado, privado, espacio de transacciones comerciales, sino la plaza pública, abierta, común, espacio de encuentro. Esa plaza que adquiere nueva dimensión en el mundo digital y sus modos de hacer comunidad.

No obstante, pese a lo dicho, la dedicación cultural, humanística, por su componente vocacional y hasta apasionado, creativo, es muchas veces vista como un privilegio, como un lujo superfluo, que paradójicamente condena a muchos de quienes se dedican a ella a una situación de precariedad cada vez más intolerable y que el sistema propicia3.

La cultura trae memoria, genera experiencia, es siempre creadora. Sus valores y su espíritu crítico son creativos, liberadores, permiten generar espacios de resistencia y dar voz a los discordantes, contribuir al bien común y a hacernos distintos. Pero también –y no podemos olvidarlo– los estudios humanísticos nos ayudan a comprendernos a nosotros mismos, nos hacen mejores –el humanista Leonardo Bruni ya decía que las letras tienden en realidad a “formar al hombre bueno” –. Como nos recuerda Compagnon, “el poeta y el novelista nos hacen conocer aquello que está en nosotros pero que ignorábamos porque nos faltaban las palabras”.

Que seamos ya cíborgs no quiere decir que no necesitemos entender nuestro lugar en el mundo, es decir, nuestra cultura: más bien al revés, el mundo está cambiando pero nosotros –humanos– lo hacemos con él. El posthumanismo refuerza precisamente esa necesidad de reflexión cultural y aporta miradas distintas para fortalecer las estructuras comunitarias y promover la sostenibilidad (Braidotti, 2015). Frente a nuevas formas de mercantilismo utilitarista, nuevas formas de humanismo. Frente a un panorama uniformizador que puede llevar a la automatización del empleo, unas humanidades que aportan diferencia, el valor único de cada uno, de su mirada.

Compartimos la reflexión de Rodari sobre la virtud liberadora de la palabra, cuando reclama “todos los usos de la palabra para todos”: la palabra –la cultura– sirve “no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo (Rodari, 2018, p. 13).
Podemos terminar este alegato con las palabras de T.S. Eliot: “la cultura puede ser descrita simplemente como aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida”4.

Notas

 1STEM de science, technology, engineering y mathematics, tiene como equivalente español la sigla CTIM, correspondiente a ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

 2Esa percepción de la cultura como algo que nos lleva más allá del conocimiento podemos rastrearla desde el mundo clásico. Así, Lucrecio, desde su epicureísmo, después de una explicación material del mundo, describe los avances del hombre y concluye: “Así, el tiempo, poco a poco, va trayendo ante nosotros cada descubrimiento, y la razón lo hace entrar en el recinto de la luz. Pues los hombres vieron cómo en su espíritu se iluminaba una cosa tras otras, hasta que con sus artes llegaron a la última cima”, Lucrecio (2012), De rerum natura. Barcelona, Acantilado, p. 513.

 3No hay mejor referencia al respecto que el trabajo de Remedios Zafra (2018), El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Barcelona, Anagrama. Particularmente, en su capítulo VIII, “Cultura y precariedad”.

 4En Compagnon, 2008, p. 59.

Bibliografía

Braidotti, R. (2015): Lo posthumano. Barcelona, Gedisa.
Compagnon, A. (2008): ¿Para qué sirve la literatura? Barcelona, Acantilado.
Deneault, A. (2019): Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder. Madrid, Turner.
Fumarolli, M. (2013): La República de las Letras. Barcelona, Acantilado.
Lucrecio (2012), De rerum natura. Barcelona, Acantilado.
Montaigne, M. de (2009): Los Ensayos. Barcelona, Acantilado.
Ordine, N. (2013): La utilidad de lo inútil. Manifiesto. Barcelona, Acantilado.
Piglia, R. (2014): Formas breves. Buenos Aires, Debolsillo, Ebook.
Rodari, G. (2018): Gramática de la fantasía. Introducción al arte de contar historias. Barcelona, Planeta.
Rodríguez de las Heras, A. (2017): La red es un bosque. Madrid, ALT autores.
Saramago, J. (2000): La caverna. Madrid, Alfaguara.
Zafra, R. (2018): El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Barcelona, Anagrama.

Artículo publicado en la revista Telos 112


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Enrique Villalba

Director del Instituto de Cultura y Tecnología y del Máster en Gestión Cultural de la Universidad Carlos III. Co-director del seminario Litterae sobre Cultura Escrita.


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