21 de mayo de 2020

A

Asia más allá del coronavirus

por Javier Parrondo

La crisis del coronavirus acelerará procesos ya en marcha en el ámbito de las relaciones internacionales, siendo la región Asia-Pacífico uno de sus ejes principales. El siglo XXI será, por tanto, cada vez más asiático, no solo en términos económicos sino en la definición de la agenda mundial y muy posiblemente en la gestión de nuevas pandemias.

 

Decía Wiston Churchill que “nunca hay que desperdiciar una buena crisis”. No sé con qué criterios cabe calificar una crisis de buena o mala, pero desde luego si la que estamos atravesando en estos momentos, como consecuencia del COVID-19 y su extensión mundial, nos permite establecer nuevas bases de desarrollo y hacer que este sea más sostenible y orientado a las personas, no será, como señalaba el primer ministro británico, una oportunidad de cambio desaprovechada.

Recordemos, sin embargo, algo que la historia nos muestra una y otra vez pero que ahora, sin perspectiva, en pleno confinamiento, tendemos a olvidar, y es que tras una crisis, las cosas no suelen ser muy distintas, y a lo sumo aceleran procesos ya en curso. En este caso, intuyo que no va a ser menos y que desafortunadamente repetiremos algunos de los comportamientos que han generado esta pandemia, así que como primer paso en toda reflexión sobre cómo será el mundo tras el coronavirus, seamos realistas. No se trata de reducir nuestro nivel de ambiciones sino simplemente de adecuarlas a las posibilidades reales de cambio.

En ese escenario que intentamos vislumbrar tras el coronavirus es evidente que Asia-Pacífico seguirá siendo la región en auge, y que algunas de las tendencias dominantes a partir de ahora vendrán de ese continente. Se acentuará, en primer lugar, un desplazamiento del eje de poder desde Occidente hacia Asia, algo que ya venía siendo evidente, y que hará que ésta tenga cada vez mayor peso en el reparto de poder mundial. Al igual que para muchos el siglo XIX fue el siglo europeo; y el XX, el americano; el siglo XXI está llamado a ser el asiático.

No lo será de forma categórica porque Estados Unidos y en menor medida Europa mantendrán su posición preeminente en muchos ámbitos, pero lo que es un hecho es que el mundo tendrá uno de sus ejes principales en Asia. Se producirá, en ese sentido, lo que algunos han llamado una “asianización” de las relaciones internacionales, con la consiguiente pérdida de influencia occidental. Un ejemplo evidente de cómo Asia, y en particular China, es cada vez más un actor global de envergadura es su capacidad para imponer ciertos relatos en la geopolítica mundial frente a la narrativa occidental. Así lo demuestra el macro proyecto de la Franja y la Ruta (One Belt One Road), lanzada en 2013 por el presidente chino Xi Jinping para construir una red comercial y de infraestructuras que conecte Asia con Europa y África a lo largo de las antiguas vías comerciales de la Ruta de la Seda, y que supone hoy una de las iniciativas geoestratégicas más ambiciosas a nivel mundial.

El extraordinario crecimiento económico de China en las últimas décadas cuestiona el vínculo entre democracia y capitalismo

Otro ejemplo es el extraordinario crecimiento económico de China en las últimas décadas, que cuestiona el vínculo entre democracia y capitalismo, y que ha permitido la emergencia de un “modelo chino”, y la reconquista del papel central que el país tuvo en la civilización y economía mundiales hasta el siglo XIX. Superado el denominado “siglo de la humillación”, que se inicia en 1839, con la primera guerra del opio, y finaliza en 1949, con la proclamación de la República Popular, China pretende cumplir su “sueño”, que tiene a medio plazo el objetivo de crear una sociedad “modestamente próspera” en 2020, y a largo plazo, consolidar su estatus de gran potencia.

En segundo lugar, puede que tras superar la epidemia haya un repliegue nacionalista, pero tras esa reacción inicial de autoprotección, por otra parte lógica, se intensificarán las iniciativas que apuestan por la cooperación internacional y los procesos de integración regional. Se producirá, eso sí, un replanteamiento de las cadenas de suministro global y habrá una reflexión sobre la necesidad de diversificar las fuentes de aprovisionamiento, pero la globalización y la apuesta por las instituciones regionales y multilaterales, sobre todo en el ámbito de la salud, serán imparables. Así ocurrió en 1945, finalizada la contienda, con la creación de las Naciones Unidas, porque, aunque sea una frase manida, los problemas son cada vez más globales y como tales requieren de soluciones que no pueden venir de un único Estado, y si estos no reaccionan en tal sentido la presión de la ciudadanía, más consciente que nunca de los riesgos a los que se enfrenta la humanidad, será insoportable. Por tanto, la globalización, de la que tanto se han beneficiado los países asiáticos, se resistirá al principio, pero se impondrá de forma natural, manteniendo el carácter interconectado de nuestro mundo.

El COVID-19 es un triste recordatorio de esa interconexión: no solo las personas, los bienes y los capitales se mueven libremente; también lo hacen los virus, y por tanto serán necesarias medidas más estrictas para evitar que pandemias como esta se repitan. Hasta ahora, se está poniendo el acento en cómo han gestionado los países la crisis, pero más adelante será inevitable preguntarse sobre sus causas y cómo contener otra de características similares en el futuro, porque ya no se trata de una cuestión de salud pública nacional, sino de una amenaza sanitaria mundial que ha provocado numerosas víctimas, ha afectado a un elevado número de personas, y con toda seguridad derivará en una crisis económica de dimensiones aún por calibrar.

Es previsible que países como China vean cuestionado su liderazgo por haber sido, según parece, el primer foco, y por la falta de transparencia

Todo ello legitima al conjunto de la comunidad internacional a exigir que se tomen determinadas medidas y se prohíban ciertas prácticas que están en el origen de la pandemia. En este sentido, es previsible que países como China vean cuestionado su liderazgo por haber sido, según parece, el primer foco, y por la falta de transparencia que en opinión de algunos expertos mostró en su gestión, al menos inicialmente. La extensión del virus es una responsabilidad colectiva y no se debería culpabilizar a nadie, pero sí es un hecho que en el continente asiático se han desencadenado otras crisis sanitarias en el pasado, como el SARS, la gripe aviar, y ahora el coronavirus. La implicación del continente a la hora de prevenir nuevas pandemias será fundamental, y no solo con gestos de carácter más o menos propagandísticos, sino con medidas de carácter fitosanitario y la creación de una red de alerta frente a virus que presenten un alto riesgo de contagio y puedan extenderse a terceros países.

Desde un punto de vista económico, el COVID-19 tendrá un profundo efecto en Asia, sobre todo en China, donde, según datos del Banco Mundial, se estima que el crecimiento de la economía no supere en 2020 el 2,3 por ciento y en el peor de los casos el 0,1 frente al 6,1  por ciento del año pasado.

Ante la desaceleración económica que se avecina, es probable que las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos, aunque continúen, se relajen, porque de lo contrario perjudicarán la tan necesaria recuperación. Entre ambos países suponen más del 40 por ciento del PIB mundial, de tal forma que cualquier nuevo enfrentamiento comercial tendrá un efecto severo sobre la economía global. No cabe esperar, sin embargo, que la tensión desaparezca porque va más allá de un mero conflicto comercial para convertirse en una rivalidad sistémica, pero sí es previsible apostar por un mayor relajación de la tensión sobre asuntos concretos como palanca para superar desde una óptica de colaboración las tasas de bajo crecimiento económico o incluso de crecimiento negativo que se avecinan.

Las medidas de control social que se aplican en países asiáticos puede que se extiendan por el mundo, con la consiguiente erosión de ciertas libertades individuales

Por último, las medidas de control social que se han puesto en marcha en muchos países asiáticos para controlar la expansión del virus puede que se extiendan a otras partes del mundo, con la consiguiente erosión de ciertas libertades individuales. Más allá de esta tendencia lo más peligroso es que algunas de las limitaciones impuestas por los gobiernos en momentos de excepcionalidad se mantengan en el tiempo, y que al igual que ocurrió tras los atentados del 11-S muchas de las medidas represivas adoptadas sigan limitando derechos básicos aun cuando se ha superado la pandemia.

El calificativo de asiático que se le ha puesto al siglo XXI no va desencaminado. Aunque con matices, el mundo girará cada vez más en torno a la región Asia-Pacífico, que dentro de su extraordinaria pluralidad, marcará la agenda internacional durante las próximas décadas.

Bibliografía

Khanna, P. (2020): Talks at GS. The future is Asian. Youtube. Disponible en: https://youtu.be/UFSM8tdp0L4

Rosales, O. (2020): El sueño chino. Cómo se ve China a sí misma y cómo nos equivocamos los occidentales al interpretarla. 1ª edición. Grupo editorial Siglo XXI. Buenos Aires, Argentina.

VV.AA. Foreign Policy. How the world will look after the Coronavirus Pandemic. 2020. Disponible en: https://foreignpolicy.com/2020/03/20/world-order-after-coroanvirus-pandemic/


Javier Parrondo

Javier Parrondo es diplomático y actualmente dirige Casa Asia, institución de diplomacia pública que promueve las relaciones entre la región Asia-Pacífico y España. Ha estado destinado en países como Afganistán, Vietnam, Tailandia o Jerusalén.


Comentarios