
Recientemente, en una entrevista concedida a El País, Florence Gaub, “futuróloga” de la OTAN (está al mando de la división de investigación, cuya misión es anticipar conflictos para intentar evitarlos), contestaba así a la pregunta sobre qué gran crisis de las recientes no supo adivinar: “Groenlandia, sin duda. Fue un punto ciego. Había señales, pero yo no estaba mirando ahí”. Una figura que no ha dejado de emitir señales es el italiano Marzio G. Mian (Fanna, 1961), “el periodista ártico por excelencia”, según la revista Esquire, quien lleva años relatando sobre el terreno la transformación histórica de la región polar, un escenario ignoto e inhóspito que, como consecuencia del deshielo provocado por el cambio climático, se ha convertido en territorio apetecido por todas las potencias mundiales por lo que promete: minerales raros, hidrocarburos, pesca y nuevas rutas estratégicas. El Congo boreal, como lo llama Mian, quien advierte de la tensión y el ambiente prebélico que se respira: “Ni hay guerra ni hay paz, todos tienen el dedo en el gatillo”. Ahora, condensa toda su experiencia en el libro Guerra blanca (Ned Ediciones, 2025), un apasionante megarreportaje periodístico que es crónica de viajes, tratado de antropología, novela de espías, thriller bélico y, por encima de todo, literatura de no ficción de primera categoría.
¿Qué tiene el Ártico tan atractivo como para ponernos al borde de un conflicto mundial?
Lo comparé con el descubrimiento de América, es el descubrimiento de un nuevo continente. El cambio climático inició la transformación increíble de una zona que hasta hace 15 años era otro planeta, algo más parecido a una idea que a un espacio geográfico, relacionado con la aventura, la literatura y las expediciones heroicas. En un mundo superpoblado, cada vez más desertificado y hambriento de los recursos que el capitalismo necesita para sobrevivir, de repente surge este nuevo espacio de extensa geografía —y la geografía es un recurso— y poca población. Hay cuatro millones de personas en todo el Ártico y es cada vez más habitable.
Y solo en Groenlandia se encuentran entre el 20 % y el 30 % de las tierras raras del planeta por descubrir. Y cuando hay una posibilidad, el ser humano se aprovecha. En esta era somos más hipócritas que nunca, usamos palabras muy suaves para encubrir nuestro comportamiento. Estamos viviendo una nueva colonización, una colonización imperial.
En la región ártica estamos
viviendo una nueva colonización, una colonización imperial
El cambio climático es el detonante, no el factor de tensión.
Hay un Ártico antes de la guerra de Ucrania y otro después. Antes era un lugar de colaboración. Como me dijo el explorador ruso Artur Chilingárov, nadie sobrevive en el Ártico sin colaboración, ya sean individuos o Estados. Con la guerra de Ucrania toda esa colaboración se detuvo. El Consejo Ártico, ese club de naciones árticas que discutía temas y cooperaba, se acabó. EE. UU. y Rusia cooperaban, tenían 400 proyectos. Eso se terminó. Con Finlandia y Suecia ahora en la OTAN, tienes a siete de las ocho naciones árticas en la Alianza Atlántica. La octava es Rusia, que posee el 52 % del Ártico. Para Rusia, el Ártico lo es todo, incluso por tradición histórica, desde que Pedro el Grande estableció la Flota del Norte. Eso si hablamos de poder. Y luego está la mística, aquello de que “el invierno es nuestra manta, nos mantiene calientes”. Putin dice que no hay Ártico sin Rusia ni Rusia sin Ártico, y es que para él es, como yo digo, su “cajero automático”, alberga el doble de petróleo que toda la OPEP junta, gas natural… Si la disuasión nuclear funcionó en la Guerra Fría, esa paz ya no es segura porque Rusia está dispuesta a todo si hay riesgo de colapso. El miedo a que Rusia se desmorone es lo que les hace estar preparados para todo, incluso para una guerra nuclear. Debemos tomarnos muy en serio la parte apocalíptica del carácter ruso. Al hablar del Ártico, el riesgo es realmente alto.
Otra consecuencia es el acercamiento Rusia-China
Es un nuevo actor y eso vuelve paranoico a EE. UU. desde antes de Trump. EE. UU. no es una superpotencia ártica. Es una potencia por Alaska, pero subestimaron lo que pasaba allí. Solo tienen dos rompehielos, mientras que los rusos tienen 50. Luego se dieron cuenta de que China estaba presente en el Ártico con barcos y expediciones científicas. Y luego, tras la relación surgida después de las sanciones mundiales, fue asombroso ver cómo los chinos suministraron tecnología y cómo estaban preparados para operar con los rusos. Invirtieron enormes cantidades en puertos como el de Sabetta [ciudad rusa de nuevo cuño construida junto a una explotación de gas al norte del círculo polar ártico] y en maniobras militares conjuntas.
¿Quién va ganando la carrera por el control del Ártico hoy?
Es difícil de decir. Rusia está más armada que nadie, tienen el equipo más sofisticado, incluso tienen una central nuclear flotante. El punto no es quién gana, sino dónde nos llevará el enfrentamiento. La cuestión de Groenlandia es seria, poseerla convertiría inmediatamente a EE. UU. en una superpotencia ártica. Y hay que tener en cuenta que, por ahí, pasan los misiles balísticos: es el camino más corto de Múrmansk [el mayor puerto ruso en el Ártico] a Washington. Es el atajo.
¿Cuáles son los principales focos de fricción?
Hay dos puntos rojos en los mapas de los generales. Uno es Svalbard, el archipiélago europeo. Hay un tratado anacrónico e híbrido hecho en una época donde esto era impensable. La soberanía es de Noruega, pero todos los firmantes tienen derecho a operar científica y económicamente, nunca militarmente. Hay una comunidad rusa allí, en Spitsbergen, con 400 o 500 rusos y una mina de carbón falsa que mantienen desde hace 100 años. Es como un caballo de Troya y las provocaciones crecen. Hacen desfiles patrióticos y ponen cruces enormes que simbolizan la “Santa Rusia”. Noruega también actúa de forma agresiva y no respeta el tratado. Muchos observadores se quejan. Para Noruega, que está a 800 km de Svalbard, es delicado porque no quieren un debate internacional sobre su soberanía. Y a 250 km al este hay una enorme base rusa en la Tierra de Francisco José. Es de la era Putin, y tiene aeródromos y aviones de todo tipo. Hace unos meses, hicieron un ejercicio con paracaidistas saltando desde 10 000 metros. Podría ser un ensayo general para ocupar Svalbard, algo similar a lo de Crimea: “hombrecillos verdes” sin distintivos. El otro punto es la confrontación entre EE. UU. y Canadá. Cuando Trump dice que Canadá debería ser el estado 51, no bromea. El plan es dominar el Ártico norteamericano, donde está el Paso del Noroeste. Está el Paso del Nordeste (el ruso/chino) y el del Noroeste, en el archipiélago canadiense. Este último es más complicado, pero conecta el Atlántico con el Pacífico. EE. UU. quiere ese paso. Hay una disputa vieja: para Canadá es una vía nacional interna, pero para EE. UU., China y Europa es internacional. El 40 % de Canadá es Ártico y está casi deshabitado. Y es muy rico en materias primas. No sé quién ganará, pero no es solo una lucha por los recursos; es una cuestión de dominancia.
Y el horror del deshielo es lo que menos importa.
Es increíble cómo funciona nuestra mente. En un par de años, el cambio climático ha pasado de moda. Greta Thunberg ahora está ocupada con Palestina. Ese alarmismo ha terminado, pero el problema sigue ahí. Es la hipocresía de nuestro tiempo: explotamos el Ártico en nombre de la “economía verde”. En Noruega, donde sacan pecho por su rechazo al petróleo y su adhesión al coche eléctrico, han aumentado un 20-25 % las licencias de perforación en el mar de Barents. Son un emirato.
En su libro retrata lo grotesco de los cruceros árticos. Piensa en lo que le pasó a Islandia. Hace 20 años me enamoré de esa isla, por su cultura, su literatura y música. Esa cultura venía de su aislamiento, que era oro puro. Pero esto se acabó. En 2019, con una población de 350 000 habitantes, recibieron a más de tres millones de visitantes. No había baños suficientes, la gente defecaba sobre el liquen y la tundra. Y pasará lo mismo en Groenlandia y será peor porque hay aún menos infraestructuras, no hay apenas carreteras. Pero ahora están abriendo conexiones entre Newark [costa este de EE. UU.] y Nuuk [la capital]. El turismo funciona así: si puedes ir a la Luna, la Luna estará abarrotada pronto.

LOS RELATORES DEL ÁRTICO
Marzio G. Mian fundó, junto a sus colegas Michael Oneal, Maurice Walsh y Patrick Egan, The Arctic Times Project, iniciativa periodística independiente cuyo objetivo es arrojar luz sobre los profundos cambios económicos, geopolíticos y culturales que se están produciendo en la región ártica como consecuencia del cambio climático.
Como periodista extranjero que trata cuestiones sensibles sobre Rusia, ¿ha sentido miedo por su seguridad personal?
Sí. He sido arrestado. Me han bloqueado en Chukotka y en Arkhangelsk. En mi último viaje fui sin visado de periodista y por eso mi libro [Volga blues, de próxima publicación] es importante, por el riesgo que corrí para contar lo que pasa en la Rusia profunda. Pero incluso si ahora pudiera conseguir el visado, no iría. No me sentiría seguro. Es una pena.
El autor, cuyo artículo sobre Rusia, Behind the New Iron Curtain, fue candidato al Premio Pulitzer en 2024, plasma en su obra, mediante la incorporación de numerosas voces protagonistas, un retrato poderosamente humano de la cuestión ártica.
Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense, ha sido redactor jefe y director de cabeceras como GQ, FHM y El País de las Tentaciones. Es socio fundador de The Tab Gang (expertos en desarrollo de contenidos para todo tipo de soportes, empresa que confecciona TELOS) y responsable de la creación y lanzamiento de la revista para dispositivos móviles DON. Actualmente se encuentra inmerso en la exploración y explotación de las posibilidades de las nuevas plataformas digitales y sus herramientas.
Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense, ha sido redactor jefe y director de cabeceras como GQ, FHM y El País de las Tentaciones. Es socio fundador de The Tab Gang (expertos en desarrollo de contenidos para todo tipo de soportes, empresa que confecciona TELOS) y responsable de la creación y lanzamiento de la revista para dispositivos móviles DON. Actualmente se encuentra inmerso en la exploración y explotación de las posibilidades de las nuevas plataformas digitales y sus herramientas.
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