11 de junio de 2026
por
María Solano Altaba
Ignacio Blanco Alfonso
[ ILUSTRACIÓN: DEAGREEZ/ ISTOCK ]
Hace más de una década que se publicó el Manifiesto Onlife. Ser humano en una era hiperconectada. El documento, promovido por la Comisión Europea, analiza la penetración social de las tecnologías de la información y comunicación y su impacto en la vida de las personas.
La tecnología ha dejado de ser una herramienta externa… y se ha integrado en nuestras vidas como un elemento más de nuestra naturaleza humana
Con la premisa de que la tecnología ha dejado de ser una herramienta externa que utilizamos en determinados momentos para ciertos fines, y se ha integrado en nuestras vidas como un elemento más de nuestra naturaleza humana (de ahí que hablemos de “onlife” una vida que transcurre entre lo offline y lo online simultáneamente), el manifiesto constata la transformación de los marcos de referencia tradicionales en estos cuatro aspectos:
Esta transformación se ha producido en tan poco tiempo y a tanta velocidad que las personas carecemos de conceptos claros que nos permitan definir el nuevo mundo hiperconectado en el que vivimos. Ha desaparecido el mundo de las cosas, de las realidades sólidas, de los consensos. Extensas parcelas de nuestras vidas han escapado de nuestro control. Nuestros datos y muchas de nuestras pertenencias han dejado de estar aquí para ser codificadas y almacenadas en un búnker de algún desierto.
José Ortega y Gasset anticipó este “nuevo y gigantesco problema” en Meditación de la técnica, publicado por primera vez en 1933, al afirmar que “desde hace mucho tiempo, la técnica se ha insertado entre las condiciones ineludibles de la vida humana de suerte tal que el hombre actual no podría, aunque quisiera, vivir sin ella”. Ortega define la técnica como una “sobrenaturaleza” que el hombre ha creado y en la cual vive, sea consciente o no de ello.
Obviamente, el filósofo español no conoció la tecnología digital, pero sí la transformación vertiginosa de su tiempo provocada por los avances científicos de la segunda revolución industrial. Cuando, a causa de una revolución (industrial o digital) los marcos referenciales del mundo conocido se desvanecen, es comprensible que el ser humano se sienta perdido y desconfíe de un provenir que es incapaz de concretar.
En Platón contra las máquinas. La tecnología y sus enemigos desde la escritura hasta la inteligencia artificial, Marcos Alonso, profesor de bioética en la Universidad Complutense e investigador en filosofía de la tecnología, busca la genealogía de una tecnofobia inherente al ser humano. Se pregunta el autor por qué el concepto de artificial o artificioso tiene una connotación negativa, si tantas creaciones (artificiales) han mejorado sustancial y objetivamente la vida de las personas. Su propósito es “desenterrar el prejuicio contra lo artificial”, prejuicio del que —para ser honestos— tampoco se libra este artículo.
Entre las realidades artificiosas que componen nuestra vida onlife sobresalen los dispositivos digitales. Los datos no dejan lugar para la discusión: solo hay un 0,6% de hogares en España sin teléfono móvil. Poco menos de 100.000 en algo más de 17 millones. El 97,4% de las viviendas dispone de acceso a internet. 78 de cada cien casas tienen un ordenador portátil o de sobremesa. Y en el 56,5%, hay una tablet. Esta tecnología ha irrumpido de tal manera en nuestras vidas, que ya son menos de la mitad de los domicilios los que tienen teléfono fijo en su casa. Con internet es más que suficiente. Ya no hay prácticamente brechas por nivel de ingresos ni por lugar de población y la brecha de edad se estrecha cada año. Así que la tecnología llegó y se quedó sin que nos diéramos cuenta de cuáles eran los efectos no deseados que nos esperaban a la vuelta de la esquina.
Estas cifras nos pueden asustar en un entorno en el que por fin hemos tomado conciencia de que hay un grave problema de salud mental no solo en los jóvenes, sino en toda la sociedad, vinculado con el uso de las tecnologías. Los riesgos son enormes y, como sociedad, nos enfrentamos al reto de no dejar a toda una generación “huérfana” de alfabetización digital, que naufraga, más que navega, por el descontrolado tsunami de contenido cargado de dopamina que tiene al alcance de un clic.
Tenemos el reto de no dejar a toda una
generación naufragar, más que navegar, por el descontrolado tsunami de contenido cargado de dopamina que tiene al alcance de un clic
Pero ¿son todas las tecnologías iguales? ¿Da igual usar una pantalla que otra? ¿Todos los dispositivos generan el mismo uso abusivo? ¿Es un problema exclusivo de niños, adolescentes y jóvenes? ¿Los adultos también sucumbimos a los riesgos de las nuevas tecnologías? Vamos dispositivo a dispositivo para comprender los riesgos y así ponerles límite.
Fue nuestra primera aproximación a la tecnología. Los que llegamos del mundo analógico, los tenemos por completo asociados al trabajo porque fue la solución a las opciones no digitales, como la máquina de escribir y el cuaderno.
Sin embargo, las generaciones más jóvenes ya lo utilizaron mucho para los videojuegos y, en los primeros compases, antes de la aparición de los móviles, para navegar y acceder a las redes sociales. Aunque hay ligeras variaciones entre los llamados ordenadores de sobremesa y los portátiles (laptops), los riesgos que entrañan son muy similares.
La acumulación de pequeños cortes en el flujo de concentración perjudica a nuestra capacidad de terminar tareas, ya sea en el ordenador, en la
tablet o en el móvil
Riesgos:
Las tablets preocupan especialmente por la introducción de su uso a edades muy tempranas para el entretenimiento de los niños con vídeos, música y algunos juegos infantiles y la adopción de sistemas digitales en entornos escolares en los que se utilizan como herramienta de trabajo.
Las
tablets preocupan especialmente por la introducción de su uso a edades muy tempranas para el entretenimiento de los niños y como herramienta de trabajo en entornos escolares
El mayor problema que plantean estos dispositivos respecto a los ordenadores es que su uso está muy equilibrado entre el entretenimiento y la productividad, ya sea en entornos escolares o laborales. El gran desarrollo tecnológico de las tablets ha permitido que lleven a cabo funciones muy similares a un ordenador, pero aportan la facilidad para llevarlos, el poco peso y la comodidad de manejarlos en cualquier circunstancia.
Riesgos:
Llegamos al dispositivo que más controversias ha generado. Si bien en un origen, como se utilizaba para llamar o escribir mensajes, tenía una funcionalidad eminentemente productiva o relacional, la aparición de los smartphones transformó por completo su naturaleza.
Demonizar un aparato que tiene una inserción cercana al 100% de la población, tanto adulta como adolescente, sería prescindir de los muchos aspectos en los que las aplicaciones disponibles hacen más sencillo nuestro día a día. Desde conocer el pronóstico del tiempo y leer el periódico hasta contestar un correo electrónico y hacer la compra online.
Pero tampoco es adecuado obviar el hecho de que otra parte de las aplicaciones tiene su estrategia económica en el tiempo que pasamos en ellas, bien porque nos ofrecen publicidad, bien porque recaban datos de nosotros que les permiten obtener perfiles más completos de los consumidores y usuarios. Basta pensar en las redes sociales con sus vídeos cortos muy adictivos o en los juegos de pantalla infinita. De aquí que no podamos obviar la facilidad de caer en un uso problemático.
De hecho, las cifras muestran que el móvil es principalmente usado para ver vídeos por un 91,1% de los usuarios; para redes sociales, un 88,1%; para consumo “televisivo” (series, películas, programas…), un 85,5%. Solo la lectura de la prensa, con un 81,2% se cuela entre las actividades que no son de entretenimiento.
El fenómeno de las redes sociales es el que más problemas está generando dentro de los usos abusivos, no sólo por el número de horas sino también por las consecuencias para la salud mental de los contenidos
Riesgos:
Cualquier dispositivo digital es una puerta abierta a herramientas que ayudan a gestionar el día a día, en el entorno laboral, académico o de entretenimiento. Pero por esa misma puerta se cuelan algunos riesgos que nos pueden ocasionar no pocos problemas si no estamos alerta y aprendemos a gestionar adecuadamente nuestro tiempo.
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Decana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Pablo CEU. Es profesora de Teoría de la Información, Ética y Opinión pública. Sus líneas de investigación versan sobre el problema de la desinformación, las consecuencias para la sociedad y la necesidad de fomentar la alfabetización.
Decana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Pablo CEU. Es profesora de Teoría de la Información, Ética y Opinión pública. Sus líneas de investigación versan sobre el problema de la desinformación, las consecuencias para la sociedad y la necesidad de fomentar la alfabetización.
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Es doctor en Periodismo, catedrático de Periodismo en la Facultad de Humanidades y CC. de la Comunicación, donde ha sido vicedecano, entre otros cargos de gestión. Investigador principal del proyecto Ortega Global de difusión y transferencia del legado de José Ortega y Gasset. Es también director del Centro de Estudios Orteguianos.
Es doctor en Periodismo, catedrático de Periodismo en la Facultad de Humanidades y CC. de la Comunicación, donde ha sido vicedecano, entre otros cargos de gestión. Investigador principal del proyecto Ortega Global de difusión y transferencia del legado de José Ortega y Gasset. Es también director del Centro de Estudios Orteguianos.
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