9 de enero de 2026
por
Ricardo Palomo
[ ILUSTRACIÓN: IVAN SHERSTIUK / ISTOCK ]
Una de las curiosidades de nuestro tiempo es cómo se bautiza a generaciones enteras. Con variaciones en fechas exactas y centradas en el ámbito norteamericano y europeo, el pasado S. XX comenzó con la llamada generación perdida (1900-1914), seguida por la generación grandiosa (1915-1925), la generación silenciosa (1926-1945), la enorme generación baby boomers (1946-1964), la generación X (1965-1980), los millennials o generación Y (1981-1996), la Z (1997-2012) y la generación alfa (desde 2013 hasta la actualidad), con especificidades concretas como los mileniales o los coroniales.
Esta secuencia, que tendrá que reiniciarse creativamente tras la generación Z, refleja, en el fondo, la necesidad humana de ordenar el tiempo y etiquetar identidades colectivas conforme a un amplio grupo de características o un fenómeno temporal muy destacado (el boom de nacimientos o la pandemia, el cambio de siglo o milenio, o unas simples letras, cuando no parece haber consenso para un nombre adecuado).
Hoy podría abrirse paso un nuevo bautismo generacional para la generación criada en la nueva era de la inteligencia artificial. Y si hay que asignarle nombre no creo que “generación IA” suene bien, pues otorgaría el protagonismo a los algoritmos y no a las personas. Viendo que la IA generativa tiene especial valor como solucionadora de preguntas y tareas, quizá un nombre adecuado sea “generación prompt” pues esta va a fundamentar buena parte de su conocimiento en las respuestas a sus prompts.
Si en las décadas de uso de los buscadores de internet el mérito ha sido saber buscar y seleccionar y en la era de las redes sociales lo relevante es saber compartir información, en la era de la inteligencia artificial el verdadero valor va a radicar en saber preguntar a la máquina. Ahora, quien sabe diseñar prompts efectivos tiene poder en el ecosistema digital pues el lenguaje actúa como interfaz con la inteligencia artificial.
Un prompt no es más que una instrucción, una pregunta o un contexto para situar una cuestión. Sin embargo, se ha convertido en el eje de una nueva relación entre humanos y máquinas. Quien domina el arte del prompting obtiene respuestas más útiles, creativas o ajustadas a su necesidad de información. Pero el prompting no es neutro: los resultados dependen de cómo se pregunta y de las bases de datos sobre las que se entrenan los modelos.
Podría hablarse de una auténtica “alfabetización en el prompt”, tan decisiva como la alfabetización lectoescritora en siglos pasados. Entonces, quienes sabían leer y escribir tenían ventaja en el acceso al conocimiento. Hoy, quienes saben diseñar las preguntas adecuadas para interactuar con la inteligencia artificial adquieren una ventaja en la vida académica, profesional y social. Siempre y cuando, por supuesto, sigan sabiendo leer, escribir, discernir y contrastar la información que reciben.
El ser humano comenzó transmitiendo saberes de manera oral. Más tarde aprendió a conservarlos por escrito en papiros, piedra, arcilla y otros soportes físicos. La imprenta de Johannes Gutenberg (Alemania, 1440) supuso la primera gran revolución en la difusión masiva del conocimiento, aunque la alfabetización tardó siglos en generalizarse.
Inventos como la máquina de escribir (Latham Sholes, Samuel Soule y Glidden, en torno a 1868) y las telecomunicaciones favorecieron la expansión de conocimiento y la transmisión de información de modo global, con las destacadas contribuciones del telégrafo (Morse, 1837), la radio (Marconi y Tesla, entre 1896 y 1901) o la propia televisión (Paul Nipkow, 1884).
La segunda gran revolución en la difusión del conocimiento a escala global llegó en los años noventa del siglo XX con internet, que multiplicó exponencialmente el acceso a la información. Sobre ella se han construido redes sociales, plataformas de búsqueda y, desde 2023, el acceso público a la inteligencia artificial generativa.
El acceso generalizado a la inteligencia artificial generativa ha introducido una novedad radical: el conocimiento fluye de las máquina a las persona sin que estas deban seleccionar entre opciones resultantes de búsquedas en internet (aunque la máquina haya sido alimentada con lo que han creado las personas). La IA generativa busca, procesa y selecciona el resultado que ofrece, pero obliga a pensar bien lo que se quiere preguntar si queremos asegurar respuestas de mejor calidad.
La sociedad del prompt rescata una condición humana esencial: preguntar. Durante décadas, los sistemas educativos han tendido a premiar la memorización de respuestas más que la formulación de interrogantes. Ahora, paradójicamente, una máquina nos obliga a reaprender la importancia de preguntar bien.
Para ello hacen falta dos ingredientes:
El estudiante que no se hace preguntas a sí mismo y que no tiene conocimientos previos sobre una materia difícilmente desarrollará el pensamiento crítico. En este sentido, la IA puede actuar como estímulo para despertar la curiosidad, siempre que se gestione con cautela y con criterio. La curiosidad debería ser inherente a toda persona con inquietud por saber, más aún de un estudiante. La inquietud intelectual, el gusto por el conocimiento, el debate o la reflexión sobre múltiples materias podría verse favorecido con el apoyo de la IA generativa.
Esta tecnología, además de ofrecer respuestas –no siempre certeras o libres de sesgos, o a veces simplemente alucinaciones computacionales– ayuda a descargar en la algoritmia tareas rutinarias y tediosas. Así, uno de los ámbitos donde la IA comienza a desplegar su enorme potencial es la burocracia. Desde cumplimentar formularios hasta verificar documentos o redactarlos, las máquinas prometen acelerar procesos que consumen una parte significativa del tiempo de ciudadanos y empresas.
Esta promesa de aceleración burocrática lleva a una reflexión incómoda: ¿por qué los humanos hemos generado una burocracia tan densa que ahora necesitamos de las máquinas para sobrellevarla? Tal vez la verdadera oportunidad no sea digitalizar los trámites existentes, sino replantearlos. La inteligencia artificial puede contribuir a rediseñar los sistemas de verificación de identidad, control o suministro de información para, mediante el uso de nuevas tecnologías basadas en la criptografía, hacerlos más ágiles, transparentes y seguros.
Más allá de la mera digitalización de los procesos burocráticos, la IA generativa ofrece la oportunidad de replantearlos para hacerlos más ágiles, transparentes y seguros
A medida que transferimos a la máquina el trabajo que no queremos hacer, vamos probando tareas más complejas. Simultáneamente, las máquinas también mejoran en su rendimiento y precisión.
Estos primeros años de uso de la IA hemos aprendido a refinar las preguntas que lanzamos. Es decir, a pedir, precisar y contextualizar los prompts. Sin embargo, el entusiasmo por la IA no debe ocultar sus riesgos:
La sociedad del prompt puede caer en la comodidad de la respuesta inmediata y olvidar el placer de descubrir, de contrastar y de investigar por medios propios. Por ello, la generación prompt corre el riesgo de acomodarse y delegar el esfuerzo de búsqueda de información a la máquina. Hojear libros o bucear entre viejos archivadores con anotaciones manuales forma parte de la pasión y de la magia de la curiosidad y la investigación.
La generación prompt no es una cohorte de edad sino una condición cultural. Serán parte de ella quienes aprendan a convivir con sistemas inteligentes y formulen preguntas con criterio. Para que prospere esta generación hace falta una educación que fomente la inquietud intelectual y el juicio crítico.
Las universidades no pueden limitarse a prohibir o denostar la IA. El reto será integrarla como herramienta pedagógica. Enseñar a los estudiantes a distinguir respuestas plausibles de respuestas válidas, a contrastar fuentes, a usar la máquina para profundizar y no para evadir el esfuerzo.
Puede parecer pretencioso, pero no es descabellado pensar que parte de la educación y del trabajo de la sociedad del futuro será, en buena medida, el correspondiente a la sociedad del prompt. No basta con tener acceso a la IA: lo decisivo es saber preguntar con creatividad, criterio y ética.
Como en toda alfabetización, el riesgo de exclusión existe: no todos tienen el mismo acceso, ni la misma formación, ni la misma curiosidad. Por ello, urge promover programas educativos que desarrollen competencias críticas y fomenten la inquietud intelectual desde edades tempranas.
La pregunta clave es si estamos preparados para educar a la generación prompt, o si dejamos que crezca sin guía en un mundo donde preguntar bien puede marcar la diferencia entre la emancipación y la dependencia.
Probablemente, la sociedad del futuro no será sólo la sociedad de la información, ni de la red, ni del conocimiento: también será la sociedad del prompt.
Cain, W. “Prompting change: Exploring prompt engineering in large language model AI and its potential to transform education” en TechTrends (2024, vol. 68, núm. 1, pp. 47-57).
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Floridi, L. (2022): The Ethics of Artificial Intelligence. Oxford, Oxford University Press.
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Es decano y catedrático de Economía Financiera en la Universidad CEU San Pablo y director de la Cátedra CEU Moeve-Digital. Participa como coordinador en proyecto cAIre en OdiseIA y centra su labor investigadora en el impacto de la tecnología en la economía y la sociedad.
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Es decano y catedrático de Economía Financiera en la Universidad CEU San Pablo y director de la Cátedra CEU Moeve-Digital. Participa como coordinador en proyecto cAIre en OdiseIA y centra su labor investigadora en el impacto de la tecnología en la economía y la sociedad.
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