24 de septiembre de 2026

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En defensa de las clases presenciales

por Antonio Fernández Vicente

Incluso más allá de la cuestión académica, el aula puede ser un paréntesis a la barbarie y ruido circundante, que podría ayudar a regenerar los vínculos sociales ante lo que Noreena Hertz ha llamado “el siglo de la soledad”.

 

[ FOTOGRAFÍA: DENBOMA / ISTOCK ]

 

Viene siendo habitual que las aulas universitarias estén medio vacías o medio llenas, según se mire“1”. Sin embargo, estar en el aula es valioso por sí mismo, aunque la clase sea un auténtico tostonazo o no sea obligatoria para superar la asignatura. Como es obvio, hablo del absentismo que no se debe a causas justificadas, sean laborales o médicas. Simplemente, se prefiere estar en otra parte, no imaginemos dónde.

¿Qué es lo que se pierde al no estar en clase?

Memoria compartida

El aula es un lugar, en el sentido de Marc Augé (1992): un espacio común donde se comparten experiencias que forjarán una memoria colectiva. Es una fábrica de recuerdos que vincula a quienes también hayan estado ahí. Por el mero hecho de estar juntos, se crean relaciones que van más allá del contenido de cada clase en particular.

El aula es un lugar de memoria compartida que crea sentido de pertenencia

Lo que importa no es sólo el conocimiento que se pueda transmitir, sino la relación que se construye por el mero hecho de compartir con frecuencia un lugar. El aula es una espacio de comunicación, que etimológicamente proviene del latín communis: comunidad. Es algo más que una arquitectura funcional: es el espacio que procura la creación de vínculos sociales y afectivos.

Espacio de diversidad

En una clase confluyen personas que no han elegido expresamente con quién o no estar, como puede suceder en las redes y en lo que se viene a llamar “burbuja del filtro”“2”. Estar en clase permite el encuentro con otras personas que, a buen seguro, viven y piensan de manera diferente a nosotros.

El aula es una reunión que sienta las bases, en el cara a cara, para un diálogo, para que el «tú» y el «yo» traten de conocerse, como explicaba Martin Buber. Porque es preciso sentirse sin la mediación de las pantallas y no esconderse tras mensajes de texto. Es el diálogo socrático, la conversación “3”para la que ha de preparar la universidad.

La proximidad cara a cara de una clase presencial nos enfrenta a la incertidumbre

Una clase presencial es la antítesis de esa vida espectral de la que habla Éric Sadin. Dejamos que la espontaneidad del lenguaje no verbal hable por sí sola. Esto es incómodo y preferimos un entorno seguro y previsible, donde no se nos contradiga en nuestras creencias más arraigadas. Al ir a clase, aprendemos a manejarnos en la incertidumbre.

El silencio

En el aula, resulta un placer que haya quien guarde silencio. Es una señal de respeto, además del tesoro de los humildes“4”. En esta época de egocentrismo, donde todo el mundo parece obligado a la sobreexposición de su yo y nadie escucha, no contribuir al ruido es una feliz excepción. Mantener la atención en lo que diga otra persona es la antítesis de esta era de la distracción“5”.

Las tan denostadas clases magistrales, así como las conferencias, cuando quien toma la palabra sabe de lo que habla y se expresa con cuidada retórica, exigen un silencio “6” que ya parece haber sido desterrado. Alguien que escucha: «¡todos mis respetos!», decía Antonio Machado por boca de su alterego Juan de Mairena.

¿Y si quien toma la palabra no domina la retórica o resulta no ser más que un ignorante ilustrado?, ¿y si el auditorio no siente la más mínima curiosidad? Véase el siguiente apartado…

Aburrirse

Seamos realistas: en clase hay miles de momentos de aburrimiento. No hay duda de que la monotonía forma parte de la universidad, pero también de la vida corriente ¿Cuál es el problema? Aprender a aburrirse“7” forma parte del proceso de maduración.

Transformar la clase en una atracción de feria no es desde luego una solución plausible. ¿Por qué tendrían que ser las clases una burda imitación de la moda más viral en la red del momento?

Y además, al aburrirnos en clase, nos vemos obligados a buscar por nosotros mismos vías de escape. A veces imaginamos mundos imposibles mientras se padece una clase tediosa, inventamos historias o hacemos memoria de la vida. Nos podemos entretener con el vuelo de una mosca, sentir curiosidad por cualquier mínimo detalle de lo que nos rodea mientras fingimos un gesto de interés para no despertar recelo. ¿No es esto un juego maravilloso?

Aburrirse forma parte del aprendizaje de vida

Esto es del todo diferente a que los remedios al aburrimiento provengan de las pantallas del teléfono móvil. ¡Qué saturación! Y a que todo se encuentre aburrido porque las plataformas corporativas de la red y sus algoritmos nos han acostumbrado a una sorpresa infinita, como observa Jonathan Crary.

Un paréntesis a la vulgaridad

El aula debería ser un espacio apartado del parloteo incesante, de los discursos de odio y las polarizaciones banales. Es, o al menos debería ser un mundo aparte “7”, y al cruzar ese umbral es de esperar que sea un lugar contrario a la barbarie y a la mediocridad.

El aula no es un lugar como otros: hay un dentro y un afuera, como lo hay cuando entramos a una sala de cine o al teatro. Quizás sea una idealización, pero me gusta pensar que en el aula desaparecen, como por arte de magia, las estupideces varias y las trivialidades soeces que tanto han degradado la conversación pública.

Dentro del aula encontramos un refugio al ruido cotidiano

En clase hay que cuidar las formas, no sólo lo que se dice: elegir las mejores palabras “8” y cómo se profieren. Es, o debería ser al menos, un lugar donde no entran las frivolidades y sandeces de lo que Vargas Llosa describió en Civilización del espectáculo.

Ser persona

Una universidad de clases casi vacías podrá expedir títulos e incluso transmitir conocimientos. Sin embargo, perderá una de sus funciones principales. La universidad no sólo forma profesionales, forma personas frente a la deshumanización y la despersonalización de nuestra época. Y sostenía María Zambrano que tenemos la obligación de convertirnos en personas si queremos vivir en una sociedad verdaderamente democrática: «Siendo la persona humana nuestra íntima, única verdad, podemos dejarla inerte, como yacente y dormida; se requiere la decisión de invocarla y una vez despierta, vivir desde ella».

Encontrarse cara a cara en un lugar común despierta el reconocimiento de los demás y la reciprocidad, que son el embrión de la persona humana. ¿Es una pérdida de tiempo ir a clase?

Notas

 1Muñoz Moreno et al., 2026.

 2Pariser, 2017.

 3Bakhurst & Fairfield, 2017.

 4Maeterlinck, 2021.

 5Hassan, 2017.

 6Corbin, 2019.

 7Ros Velasco, 2022.

 8Esquirol, 2024.

 9Gamper, 2019.

Bibliografía

Augé, M. (1992): Non-Lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité. París, Seuil.

Bakhurst, D. & Fairfield, P. (eds.) (2016): Education and Conversation: Exploring Oakeshott’s Legacy. Londres, Bloomsbury Academic.

Buber, M. (2017): Yo y tú. México, Herder.

Corbin, A. (2019): Historia del silencio. Barcelona, Acantilado.

Crary, J. (2022): Tierra quemada. Barcelona, Ariel.

Esquirol, J. M. (2024): La escuela del alma. Barcelona, Acantilado.

Hassan, R. (2017): The Age of Distraction. Nueva York, Routledge.

Maeterlinck, M. (2021): Le trésor des humbles. Montclair, Project Gutenberg. Disponible en: https://www.gutenberg.org/ebooks/64719

Muñoz Moreno, J. L. et al. (2026): L’absentisme a les aules universitàries de la UAB: per què val la pena anar a classe. Universitat Autònoma de Barcelona. Disponible en: https://ddd.uab.cat/record/327188

Pariser, E. (2017): El filtro burbuja. Cómo la Web decide lo que leemos y pensamos. Barcelona, Taurus.

Ros Velasco, J. (2022): La enfermedad del aburrimiento. Madrid, Alianza.

Sadin, É. (2023): La vie spectrale. París, Grasset.

Vargas Llosa, M. (2009): La civilización del espectáculo. Barcelona, Alfaguara.

Zambrano, M. (2019): Persona y democracia. Madrid, Alianza.

Autor

Profesor de teoría de la comunicación en la Universidad de Castilla-La Mancha. Autor de Ciudades de aire: la utopía nihilista de las redes (Catarata, 2016) y especialista en filosofía de la tecnología.

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