27 de agosto de 2026
por
Laura G. De Rivera
[ ILUSTRACIÓN: EVERYONE HATES ELON]*
Da igual que sea contra una aldea gala que resiste al invasor o contra un chavalín descalzo con una honda. Nos encanta que pierdan los poderosos, los abusones, los que tienen todas las de ganar, gigantes, imperios o lo que sean. Aunque solo sea porque alimenta nuestra esperanza en que la ley del más fuerte -o el más grande- no tiene por qué dominar nuestro destino. Por eso, nos gustaría pensar que las alternativas europeas a esas cinco compañías tecnológicas estadounidenses que son las más ricas del mundo -Google, Amazon, Meta, Microsoft, Apple- pueden plantarles cara o, al menos, ofrecer a los usuarios de internet unos productos más dignos, más respetuosos con nuestros derechos civiles y nuestras necesidades. La mala noticia es que, salvo honrosas excepciones -como Protonmail o Mastodon-, los colosos digitales siguen todos la misma lógica explotadora de la economía de la atención, sin distinguir entre fronteras ni ciudadanía de los explotados.
Un buen ejemplo para empezar es la mayor plataforma de streaming de música del mundo. Spotify cuenta con 751 millones de usuarios activos en 2026, un 26% de ellos en Europa, aunque con EE. UU. a la cabeza en el volumen de tráfico. Se creó en 2008 en Suecia y ofrece a los artistas una proporción de sus beneficios totales por el streaming de sus canciones. Un porcentaje que los artistas, en muchos casos, no consideran justo. Eso sin contar con que los creadores cuyas canciones se escuchan menos de 1000 veces no reciben compensación ninguna. De hecho, desde 2025 está en los tribunales, denunciado por pagar de menos los royalties a millones de artistas, por un valor total de 256 millones de dólares entre marzo de 2024 y junio de 2025.
Por si esto no fuera bastante para caerle mal a algunas personas, en enero de 2025, Spotify anunció la donación de 150 000 dólares al Comité de Inauguración Presidencial de Trump. Lo mismo hicieron sus compañeras Meta, Amazon, Google, Microsoft y Uber. En su «defensa», Spotify alegó en un comunicado a Bloomerg que «esta donación pretende continuar expandiendo nuestra presencia en Washington D. C., mientras apoyamos los objetivos de nuestra plataforma y nuestros creadores. Está en línea con el trabajo que hacemos en capitales de todo el mundo para impulsar nuestro negocio, sin importar quién esté en el poder».
Otros detalles que sus usuarios le han echado en cara a Spotify fue albergar, en 2025, una campaña masiva de reclutamiento del ICE (Oficina de Aduanas e Inmigración de EE. UU.), con anuncios para captar futuros cazadores de inmigrantes. O la inversión de 600 millones de euros en una compañía de defensa alemana, especializada en IA de guerra.
El mercado chino es grande de por sí, con 1414 millones de habitantes a principios de 2026 -el cuerno de la abundancia para el consumo digital, sobre todo, si lo comparamos con los 348-349 millones de habitantes en EE. UU. o los 740-745 millones en Europa-. Sus tecnológicas, por cuestiones de cultura, de historia, de política y de idioma, van por libre y se bastan y se sobran para cubrir su propio mercado nacional de internautas.
En el campo de las redes sociales, WeChat -la sexta app más usada en el mundo, con 1300 millones de usuarios mensuales activos- se lleva la palma, con una oferta de servicios integrados que van más allá del escaparate de vídeos y posts al estilo Instagram. También ofrece pagos móviles (WeChat Pay), reserva de taxis, compras de todo tipo, juegos y trámites gubernamentales.
El Goliat inmenso que está detrás es Tencent, que también es dueño de la plataforma de streaming QQ Music y es líder mundial en desarrollo y oferta de contenidos de videojuegos online. Además, tiene la manía de deglutir compañías ajenas, como ha hecho con Supercell, una empresa finlandesa desarrolladora de títulos tan populares como Clash of Clans, Clash Royale o Brawl Stars. En 2016, la china Tencent adquirió el 81,4% de las acciones de esta mina de videojuegos europea. Además, tiene participaciones en otros grandes desarrolladores de videojuegos, esta vez estadounidenses, como Riot Games o Epic Games.
Más aventurera, ByteDance, se ha afianzado con éxito en el mercado occidental, con TikTok y SnapChat, no sin algunos contratiempos. En 2026, al fin, tras seis años de tiras y aflojas, el gobierno estadounidense obligó a la compañía china a vender la mayoría de sus acciones, si quería seguir funcionando en su país. La acusaban de robar datos de sus usuarios y exportarlos a gobiernos enemigos. Ya a fines de 2019, el Comité de Inversiones Extranjeras en Estados Unidos había abierto una investigación por sospechar que podía suponer una amenaza para la seguridad nacional. Y es que sus 1990 millones de usuarios activos mensuales son una masa crítica nada despreciable. Desde enero de 2026, la mayoría de sus acciones pertenecen a empresas estadounidenses como Oracle, Silver Lake y MGX.
A pesar de lo mucho que se esfuerza el cofundador de Telegram Pavel Durov en marcar distancias con el resto del mundo, sigue teniendo alguna que otra cosa en común con los magnates digitales estadounidenses. Por ejemplo, esa forma de liderazgo tan autocrática, egocéntrica y particular, que encaja en el mismo patrón que Musk o Zuckerberg. Estos dos últimos tienen más del 50% de las acciones de Meta y de X.com, respectivamente, lo que les otorga el control absoluto de sus megacompañías. Por su parte, Durov va un paso más allá: Telegram es una empresa privada que no cotiza en bolsa y tiene un solo dueño, él mismo.
Así, en apariencia solo, se ha enfrentado a diversos intentos de acceder al contenido privado de los usuarios de sus plataformas.
Hoy, Telegram se ha asentado con fuerza en el mercado de la mensajería instantánea, como la principal alternativa a Whatsapp y Messenger (ambas de Meta), con el valor diferencial de una mayor protección de la privacidad. Aparte de los entresijos técnicos, Durov es conocido por su negativa a ceder datos de usuarios a los gobiernos y proteger su anonimato. Primero, le sucedió en Rusia, de donde es originario, con la red social VKontakte, también creada con él. Para no tener que ceder al Gobierno datos personales de los usuarios, se exilió y abandonó VKontakte. Entonces, con su hermano Nikolai, creó Telegram, que al poco tiempo de nacer, en 2013, estableció su sede en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, un paraíso para empresas tecnológicas que pueden actuar sin ninguna cortapisa legal.
Volvió a tener problemas con Rusia, cuando entre 2018 y 2020 el gobierno de Putin bloqueó el acceso a Telegram, cuando su propietario se negó a darle las claves de encriptación. Y le sucedió algo parecido en España en 2024, cuando Mediaset, Atresmedia, Movistar Plus y Egeda denunciaron que algunos canales de Telegram distribuían contenido audiovisual con derechos de autor. El juez Santiago Pedraz ordenó su bloqueo, que nunca se llevó a cabo, supuestamente, por el perjuicio que podría haber causado a los 8 millones de usuarios que el servicio tiene en la península ibérica.
Ya lo advirtió Edward Snowden en 2013, pero mucha gente todavía no se ha enterado. Las agencias gubernamentales de Estados Unidos y de otros países pueden pedir a las plataformas digitales -redes sociales, servidores de email, etc- información sobre usuarios concretos -mensajes, actividad, datos- y estas están obligadas a dárselos. Para proteger el secreto de las comunicaciones, surgió Protonmail, un servicio de correo electrónico cifrado creado por tres ingenieros que trabajaban en el CERN, Jason Stockman, Andy Yen y Wei Sun. Funciona como una prueba de conocimiento cero, que encripta los mensajes antes de que sean enviados a sus propios servidores.
A su arquitectura técnica que vela por la privacidad se une una capa geopolítica: como la empresa -Proton AG- y sus servidores están en Ginebra, Suiza, no deben someterse a la jurisdicción de la Unión Europea, y menos aún a la de EE. UU. Solo está obligada a revelar datos de sus usuarios si es a través de una orden judicial del Tribunal Supremo suizo.
A principios de 2026, Protonmail contaba con 100 millones de cuentas registradas en todo el mundo, de personas que quieren asegurarse de que los mensajes que intercambian no serán leídos por terceros. Es gratuito solo para una pequeña capacidad de almacenamiento -500MB- y se vuelve de pago si queremos ampliar o contratar funciones adicionales como su red privada virtual (VPN).
Ya puestos, podemos plantearnos si es posible usar redes sociales de forma que aprovechemos sus ventajas de comunicación, pero sin tener que renunciar a nuestras libertades y derechos civiles. La iniciativa de Mastodon, una plataforma de microblogueo creada por un programador alemán y lanzada a internet en 2016, es una prueba de que, al menos, merece la pena intentarlo. La idea rompe con el modelo de negocio de las redes sociales comerciales, porque ya no se basa en ganar dinero a costa de los datos de los usuarios. Como no es una empresa, tampoco necesita estar centralizada ni dominada por nadie: es una plataforma descentralizada, que conecta con distintos nodos o servidores. Ni hace falta que su programación sea un secreto: utiliza software libre, bajo la licencia pública general GNU, de código abierto. Es decir, cualquiera puede conocer, modificar y mejorar sus entresijos técnicos. En enero de 2026, tenía 15 millones de cuentas registradas, una cifra respetable, aunque modesta si se compara con los mil millones que alega tener X.
Y así están las cosas por el momento en este rompecabezas donde las piezas que no encajan existen, pero son pocas y no tienen el respaldo masivo de la población, a diferencia de los cinco oligopolios de siempre que se lucran capturando nuestra atención y nuestros datos.
* Everyone Hates Elon es el nombre de un colectivo activista británico que se ha vuelto viral por realizar campañas de marketing de guerrilla satíricas y de alto perfil contra milmillonarios y grandes corporaciones de tecnología. Aunque el grupo nació originalmente en el Reino Unido para criticar públicamente a Elon Musk y el impacto de sus empresas, sus intervenciones se han expandido globalmente para señalar los abusos de poder de otras figuras y corporaciones.
De Rivera, L. G. (2025): Esclavos del algoritmo: manual de resistencia en la era de la inteligencia artificial. Barcelona, Debate.
White, A. “Why musicians are leaving Spotify – and what it means for the music you love” en The Conversation (2025). Disponible en: https://theconversation.com/why-musicians-are-leaving-spotify-and-what-it-means-for-the-music-you-love-269231
Autora de Esclavos del algoritmo (Debate, 2025). Premio Boehringer-Ingelheim 2022, Fotón-CSIC 2022, Premio Prismas Casa de las Ciencias 2020, Premio Accenture 2020, CASE Platinum Awards Latinoamérica 2019, Premio ESET 2018. Periodista científica en Agencia SINC, Público, Muy Interesante. Editora en The Conversation.
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Autora de Esclavos del algoritmo (Debate, 2025). Premio Boehringer-Ingelheim 2022, Fotón-CSIC 2022, Premio Prismas Casa de las Ciencias 2020, Premio Accenture 2020, CASE Platinum Awards Latinoamérica 2019, Premio ESET 2018. Periodista científica en Agencia SINC, Público, Muy Interesante. Editora en The Conversation.
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