I
Intimidades metropolitanas


Por Francisco Cruces

La metrópolis tardomoderna no es mero skyline. Es proliferación de narrativas del yo: historias idiosincráticas y agonísticas sobre la agencia del sujeto para crearse un espacio propio que resulte coherente con su biografía, trayectoria y expectativas.

Las imágenes dominantes para expresar lo urbano proceden masivamente del espacio construido. Arquitecturas emblemáticas, skylines, rascacielos, densidad de edificación en altura, centros históricos, redes viales, infraestructuras innovadoras, monumentos conmemorativos y conjuntos habitacionales buscan condensar, por sinécdoque, la singularidad metropolitana de París, Nueva York, Shangai o Ciudad de México. La torre Eiffel, la Quinta Avenida, el Ángel de la Independencia, al evocar lo típico y lo tópico, establecen lugares comunes tanto en un sentido físico como discursivo.

Un paso más allá de dicha imaginería, encontramos que el repertorio conceptual disponible para pensar las ciudades y nuestra experiencia en ellas -aquello que Louis Wirth (1938) tipificara como ‘el urbanismo como modo de vida’- procede mayoritariamente de las metáforas del espacio público legadas por la sociedad industrial: el ágora helénica, mito de origen de la democracia moderna; la plaza barroca, con sus fastos teatrales y su sentido de espectáculo ofrecido al pueblo; la cadena de montaje, quintaesencia de economía de tiempos, coordinación de tareas y división funcional del trabajo; el galpón fabril, escenario de producción en masa y disciplinamiento de un ejército laboral; el laboratorio científico, con su ascesis racionalista y progresiva; la vía rápida, junto con su natural opuesto, el sempiterno embotellamiento de tráfico; el mercado, encarnación insondable de los procesos abstractos e implacables de la comodificación, la autorregulación por concurrencia de oferta y demanda y la mediación generalizada de las relaciones humanas por la forma mercancía en un mundo poblado de objetos; el parlamento, resultante de principios no menos abstractos de representación delegada y elaboración discursiva de la voluntad política(1).

Figuras de lo urbano

Durante las últimas décadas, la fisonomía de las grandes ciudades ha cambiado a resultas de un haz de procesos que, siguiendo una tradición ya larga en geografía humana, podemos denominar metropolización. Incluye la globalización económica y cultural del sistema de ciudades; su articulación política a nivel supranacional; la congestión en los centros principales de la red por acumulación de mercancías, personas y actividades; la atribución a dichos nodos de funciones de coordinación a escala planetaria; la multiplicación de megápolis y bidonvilles o global slums en países en desarrollo; la extensión de la marcha urbana y la formación de regiones metropolitanas según patrones conurbados, difusos, lineares, reticulares, policéntricos o discontinuos de crecimiento; la segregación, privatización, amurallamiento, guetización y gentrificación de espacios residenciales; las migraciones masivas; el impacto de la transnacionalidad, la multiculturalidad y las políticas de reconocimiento de las diferencias; la emergencia de modos variados de cosmopolitismo y mutualidad; la individuación extrema y su complementario, una creciente dependencia institucional de los sujetos sociales.

En el corazón de esta densificación de lo urbano, se halla la revolución tecnológica de la década de 1970, en particular el auge imparable de la telecomunicación y la informatización (Ascher, 2004). Pero conviene insistir, siguiendo el call for papers de este volumen, en el carácter multidimensional del proceso. Sus implicaciones se producen simultáneamente en los planos tecnológico, político, económico, espacial y comunicacional.

A resultas de ese paisaje cambiante, una segunda generación de imágenes se ha ido añadiendo a nuestro bagaje conceptual para pensar las ciudades. El nodo, la red, el flujo, la conexión, el proyecto, el hipertexto, el monitor, el robot, el software libre son algunos de los tenores de predicación invocados en la literatura para captar los aspectos tardomodernos, fluidos, cibernéticos, transnacionales, interactivos y emergentes de las actuales formas de vida urbana -que ya no cabían, o lo hacen solo a medias, en la concepción clásica-. La ciudad que aflora en la modernidad tardía ha recibido apellidos variados: informacional (Castells), global (Sassen), mundial (Hannerz), líquida (Bauman), metapólica (Ascher), posmoderna (Berman), creativa (Florida), poliédrica (Low)…

Consideremos, por ejemplo, las afirmaciones de Ascher (1995) al constatar, refiriéndose a la forma del Gran París de la década de 1990, que una ciudad conectada con la economía global tiende a trastocar su relación centro-periferia, para tornarse ‘metastática’ mediante una proliferación de nodos y espigas donde la distancia al centro ya no se concibe espacialmente, sino en términos temporales.

Para este autor, la tercera revolución urbana corresponde a una sociedad sobreindividualizada e hipermóvil, la ‘sociedad hipertexto’, donde la producción en masa cede paso al servicio bajo demanda, y las identidades sociales únicas a las múltiples (Ascher, 2004, pp. 55 y ss.). En parecida vena, la reflexión de Boltanski y Chiapello sobre el nuevo espíritu del capitalismo delinea una ‘ciudad por proyectos’ (2002), donde priman nuevas pautas de liderazgo organizativo y empresarial guiadas por valores de flexibilidad, relacionalidad, apertura y empleabilidad’, las cuales instalan una nueva economía política, crítica con los estándares de legitimidad precedentes.

Desde presupuestos un tanto distintos, en un agudo ensayo sobre la destrucción de las torres gemelas por Al Qaeda, el analista literario Ralph Cintron bucea en las razones que la motivaron, hallándolas en la propia ‘retórica hiperbólica’, típicamente heroica y moderna, que rodeó su edificación desde la década de 1980: una retórica del vencimiento de límites a toda costa, de la superación y el exceso, enunciada poéticamente, mejor que nadie, por Michel de Certeau desde lo alto de esas mismas torres (Cintron, 2009).

Otro ejemplo en dirección a una comprensión de los cambios radicales que experimenta nuestro régimen urbano lo constituye la sinuosa etnografía de Bruno Latour y E. Hermant de una París ‘invisible’, efectuada como cartografía de conexiones parciales (1998).

En su experimento de hipertexto literario y visual, el hilo narrativo salta de los constructos de un sistema experto a otro (de la ordenación del tráfico al mapa patrón, de la investigación neurológica a la previsión meteorológica, de la policía al café), en una cronotopía de espacialidad reticular y temporalidad hiperreal. Entre los dispositivos movilizados para esa descripción destaca el oligóptico: cualquier observatorio de la totalidad urbana que, a diferencia del paranoide panóptico de Bentham, permita reconstruir lo real por la vía de simplificarlo, es decir, reduciéndolo a pocos, pero legibles, parámetros de control.

¿Qué tienen en común estas nuevas figuras de lo urbano? Tal vez el hecho de que, por mediación suya, el proyecto civilizatorio decimonónico contenido en la idea de urbanidad (las promesas de convivencia en común y de saber vivir propias de toda vida urbana) es puesto al día bajo la guisa de un ‘nuevo espacio público’. En ocasiones el acento vendrá dado en los aspectos de ruptura respecto a rasgos clave de la primera modernidad (su optimismo, su artificialismo proyectista, su omnipotencia tecnológica). O, por el contrario, se contemplarán explícitamente como radicalización de algunos de sus principios básicos en una fase avanzada (Berman, 1988; Giddens, 1991; Ortiz, 2000). En último término, de lo que se trata es de actualizar las metáforas raíz que nos permitan pensar conjuntamente aquello que sigue siendo público, urbano y moderno.

Privado/doméstico/íntimo

El objeto de la investigación que aquí se presenta son las transformaciones del habitar en Madrid y su relación con los procesos de metropolización. Su suelo conceptual no deriva por tanto, de manera directa, de una representación de lo urbano a partir de la esfera pública. Propongo mirar la ciudad desde otro lugar: los espacios doméstico, privado e íntimo. Constituyen los términos (no explícitos, ni marcados) a los cuales reenvía implícitamente, por oposición, la definición de lo público. Sin ese contraste, carecería de sentido.

Una definición estricta excede nuestro propósito; nos limitaremos a indicar que, en términos empíricos, se produce una relativa superposición entre tales ámbitos. En cuanto tipos ideales, los conceptos de privado, doméstico e íntimo remiten a conceptualizaciones de diferente orden y profundidad temporal. El primero comporta una acotación de derechos política y jurídicamente diferenciados; una esfera, como ha mostrado Habermas, surgida lentamente desde la Ilustración en Occidente. La segunda hace referencia a las funciones de la reproducción biológica y social de los grupos, tan universal como lo pueda ser la posesión de alguna modalidad de hogar, parentesco o crianza.

La esfera de la intimidad, por su parte, alude al desarrollo y reconocimiento de una subjetividad singular, única; un fenómeno mucho más reciente, fuertemente moderno, estrechamente vinculado a la utopía iluminista de realización individual a través de las relaciones personales y amorosas. En la investigación concreta encontramos, empero, la imposibilidad factual de desimbricar la maraña de relaciones que se traman entre esos tres ámbitos, entre otras razones porque son practicados por los mismos actores y en los mismos espacios(2).

Siguiendo a autores como Giddens (1991), propongo la centralidad de esas esferas de cara a comprender las formas contemporáneas de urbanidad. Sus cambios de hondo calado se manifiestan de múltiples maneras en el terreno de la subjetividad, las relaciones personales y los proyectos de vida, especialmente entre los sujetos más jóvenes. Sin embargo, por su carácter relativamente silencioso, pueden pasar inadvertidos.

En el discurso, planificación y gestión urbanas tales esferas son pensadas como subordinadas: lugar del consumo, la reproducción de la fuerza de trabajo o el repliegue en lo personal. Mas es plausible que esa misma infrarrepresentación contribuya a la subordinación (a fin de cuentas, no se trata de las ‘cosas importantes’: la producción, el trabajo, la polución, la venta de suelo, el tráfico, la delincuencia, la política). A propósito de esto, en una compilación relativamente reciente sobre espacios domésticos, tras constatar la escasez de estudios sobre el tema y defender su pertinencia, la geógrafa Beatrice Collignon y el historiador Jean-François Staszak observan: «En un sistema masculino que valora el espacio público, el espacio doméstico constituye, en las representaciones comunes pero quizás también en las científicas, un espacio secundario, menor. Se puede establecer la hipótesis de que el primero constituye un objeto científico más noble, que se apropian y reservan los investigadores, mientras que el segundo es abandonado a las investigadoras, lo cual explicaría que hayan estado sobrerrepresentadas en este coloquio. Una hipótesis paralela: ese desequilibrio debe interpretarse como una subrrepresentación masculina, habiéndose anticipado las investigadoras a tomar conciencia del interés científico que alberga el espacio doméstico, el cual ellas conocen y practican de antemano» (Collignon y Staszak, 2003, p. 6, traducción propia).

Coincido con estos autores en que el estudio no se limita al ámbito de la privacidad estrechamente entendida -reducida etnocéntricamente a un interior inanalizable, caja negra sin consecuencias, al arbitrio de un sujeto aislado-. Por el contrario, entre las mutaciones más llamativas de la urbe contemporánea se hallan ensayos, experiencias y rupturas que se despliegan relacionalmente en tales ámbitos, permeando al conjunto de la vida social. Mencionemos algunas: la problematización reflexiva de las relaciones familiares y de pareja; la entrada en representación de todo tipo de diferencias de género, clase, raza y etnicidad; la liberalización de la expresión sexual; la implosión de los modos convencionales de presentación del yo en la vida cotidiana; la ebullición constante de formas de subjetividad, sociabilidad y corporalidad; la mediación de las mismas por nuevos dispositivos, lenguajes y tecnologías; la universalización de la noción de ‘proyecto vital'(3).

En el centro de estos procesos se halla la producción de sentido: las poéticas cotidianas mediante las cuales se firman como propios los objetos, tiempos y espacios; se despliega la identidad personal y grupal; se registra y guarda la memoria compartida; se imagina y coloniza el futuro; se enfrenta resilientemente el dolor; se cuida y embellece el cuerpo; se elaboran los conflictos y los duelos. Más allá de una mirada estetizante al life style de las clases culturales cosmopolitas -quienes, a la manera de las vanguardias artísticas, buscan de forma programática hacer de su vida un arte (Grois, 2010)-, la intimidad de todo habitante de la urbe es el locus de una inusitada productividad que merece ser descrita e interpretada etnográficamente.

Algunos de estos fenómenos conciernen justamente a los límites entre lo que damos en considerar público o privado. Las fronteras entre trabajo y ocio, producción y consumo, profesional y personal, propio y ajeno, se han tornado crecientemente móviles para muchos sujetos. Ese sería el caso, por ejemplo, de creadores jóvenes que producen nuevas tendencias culturales trabajando por proyecto, moviendo sus intereses a través de la Red y circulando con fluidez entre los saberes formales y los informales, las relaciones on y off line, el trabajo y la sociabilidad festiva (García, Cruces y Urteaga, 2012).

Así, a partir de prácticas cotidianas desplegadas fuera de la luz dura del espacio público, las divisorias que mantenían separadas esas regiones de experiencia son desdibujadas y puestas en cuestión. Con ello se tensiona un sentido común urbano que creíamos sólido. Sin dejar de vertebrar la experiencia contemporánea, se ve pluralizado y contestado. Parodiando a Marx y Berman: ¿será que todo lo público se desvanece en el aire?

Excursus: el habitar urbano como relato autobiográfico

«La casa es el lugar del ensueño», sentenció Bachelard. En Poética del espacio, un ensayo fenomenológico de madurez, el filósofo colocó por delante de cualquier reducción funcionalista o pragmática del espacio doméstico a protección o mero refugio, las elevadas funciones humanas del imaginar y el recordar (2010). Al hablar de la casa estaríamos involuntariamente hablando, antes que del lugar en que vivimos, de la casa ensoñada de la infancia. Habitar es revivir esa casa primera.

Sin embargo, al abordar los modos de habitar en Madrid, no se me viene a la mente el hogar familiar del barrio de Salamanca donde me crié. Antes evoco otros espacios donde, al descubrir maneras nuevas o diferentes de vivir, me descubrí también a mí mismo como proyecto posible. Recuerdo, por ejemplo, el pequeño apartamento de Eduardo Payró, un querido arquitecto y pintor argentino a cuya memoria quiero dedicar este artículo y que, en cierto verano de comienzos de la década de 1980 había dejado a su hija las llaves del estudio en que pintaba e intermitentemente residía, en el barrio de Moratalaz. Yo tenía veinte años, era agosto. Mis padres, veraneando en la playa, me habían dado carta de libertad para volver solo a Madrid. Varios amigos, entre ellos la hija del pintor, compartíamos esa recién estrenada independencia.

Aquel estudio se parecía poco a cualquier interior que yo hubiera visitado. El salón estaba literalmente invadido por lienzos de enorme tamaño y fáustico colorido, la mayoría sin colgar ni enmarcar. En los dormitorios se entremezclaban piezas de arte, utensilios de trabajo, enseres de uso diario y objetos fabricados por él. Las camas y los cuadros respondían a idéntica impronta bricoleur. Las posibilidades de uso eran flexibles: podías dormir sobre la moqueta del salón o contemplar cuadritos en el baño.

A diferencia de los cuartos de estar típicos de las familias de mi barrio, arreglados para las visitas y sobrecargados de corrección y convencionalidad, nada había allí que se pudiera llamar con propiedad ‘decorativo’, ‘bonito’ o ‘colocado’. Se respiraba libertad. Y sin embargo, en su casual disposición, cada objeto destilaba un efímero cuidado por la belleza. Un enorme casillero de tubos de óleo me parecía, con todo su contenido, un cuadro en sí mismo. Un tronco de árbol, traído de no se sabe qué parque, asumía funciones de columna. Todo desplazado, inconcluso, abierto, cual una instantánea de la actividad del dueño.

Contagiados por ese espacio -como los niños abandonados entre libros de El siglo de las luces– pasamos tres o cuatro días en creativo desorden: viviendo de noche, sin horarios ni planes, vagando de la ciudad al apartamento, de la conversación a la música, del cine al sueño. Nada en las calles de Moratalaz, discreto barrio de construcción en ladrillo, permitía adivinar mi ingreso imaginario en el mundo de la bohemia. A ese Madrid de los primeros ochenta, rememorado como época de libertad y recuperación urbana, debo mi reválida en las artes de vivir cosmopolitas.

Una experiencia de talleres en Madrid

Esa relación estrecha entre esfera íntima, espacio doméstico y autorrelato del yo constituye el principal hallazgo del estudio sobre la intimidad metropolitana de jóvenes-y-no-tan-jóvenes, en los ‘talleres de autoexploración colectiva’ que venimos llevando a cabo en varios centros de creación cultural de la ciudad. Si he querido recrearla en carne propia es porque representa la conexión entre el discurso de los participantes y mi propia experiencia personal.

La vida urbana se vuelve metropolitana por las posibilidades que ofrece, tanto reales como imaginarias, para ‘hacerse uno mismo’: a través de la acción y de las obras, pero también mediante la construcción de un hábitat idiosincrático y una narrativa de la identidad personal. Se trata de tres dimensiones indisociables. En términos del sociólogo Anthony Giddens, las ‘narrativas del yo’ permiten a las personas pensarse como proyecto abierto, permanentemente tensionado hacia una ‘colonización del futuro’ (1991). Desde un prisma algo diferente, la intimidad consiste en un ‘disfrute de sí’ (Coudreuse y Simonet-Tenant, 2009; Lejeune, 2009).

Como veremos, esa libertad de autodescubrimiento y de goce es bastante relativa, en el sentido de que incluye un fuerte componente agonístico. Implica encontrarse, por así decirlo, ‘obligado a elegir’, sisíficamente forzado por las circunstancias a autoconstruirse, interminablemente. En la forma de historias, anécdotas, confesiones y reflexiones, pero también de fotografías, recetas y textos, nuestros datos documentan las múltiples (e inevitables) posibilidades de imbricación entre esos tres niveles que hoy ofrece el entorno madrileño.

Dada la modesta extensión de este artículo no me detendré a presentar esos materiales en detalle; una primera síntesis se halla actualmente en prensa (Grupo Cultura Urbana, 2012). Aquí me limito a delinear el método seguido y sus principales conclusiones.

Los talleres fueron pensados como una modalidad de investigación etnográfica de carácter experimental. La propusimos como actividad programable simultáneamente al Medialab-Prado del Ayuntamiento de Madrid y al centro social autogestionado La Tabacalera de Lavapiés(4). Nuestra intención fue aprovechar la centralidad de sus locales, así como el rico entorno de colaboradores que los frecuentan. También nos complace estar contribuyendo modestamente a dos esfuerzos notables por generar reflexión cultural desde y sobre la ciudad.

En el caso del laboratorio, hace explícita su vocación abierta; las actividades se difunden en streaming bajo licencia Creative Commons y existe un compromiso explícito con el desarrollo del procomún. El rango de la participación no está en ningún caso limitado en virtud de criterios como la edad, si bien en la práctica los usuarios son jóvenes con elevados niveles de formación, tanto reglada como informal; con inquietudes en relación con la interfaz entre artes, tecnología, cultura y ciudad; con capitales escolares diversos, pero fundamentalmente orientados a la interdisciplina y el do it yourself.

En cuanto a La Tabacalera de Lavapiés, se trata de un experimento único. Por acuerdo con el Ministerio de Cultura, un colectivo amplio de asociaciones y grupos autogestionarios ocupa un edificio histórico, antigua Real Fábrica de Tabacos, en el corazón del casco antiguo. Los participantes en nuestros talleres procedían del entorno del Medialab, si bien varias sesiones tuvieron lugar en los locales de la Tabacalera, la empresa Designit y el centro de arte Off Limits.

Diseño de los talleres

Los talleres se definieron como una exploración colectiva de carácter autoetnográfico. Se trata de sesiones de dos a tres horas de duración, coordinadas por un miembro del equipo(5), en las que proponemos alguna tarea que facilite el intercambio de experiencias y miradas, registrando el audio para su análisis y acordando otra actividad para la siguiente sesión.

Las actividades realizadas comprendieron, entre otras: aportar textos propios o ajenos, realizar y mostrar fotografías, bailar, escuchar música, hacer un recorrido por el espacio, contar historias, pintar, cocinar, hacer un plano de equipamientos domésticos… En una ocasión invitamos a los participantes a penetrar en un interior imaginario, trazado en el suelo (Madrid-Ville), donde previamente habíamos llevado a cabo, travestidos, una pequeña performance paródica sobre las relaciones de pareja. En otra, organizamos una merienda en torno a platos cocinados por los asistentes, para a continuación reconstruir la trazabilidad y memoria de los ingredientes.

Estas acciones se acompañan de la conversación y la reflexión colectivas y, en ocasiones, de dinámicas de grupo más específicas. La actividad conjunta divierte y moviliza, pero sobre todo conduce al grupo a asumir la tarea como propia, focalizando el discurso en lo concreto. En materia de intimidades, la cháchara abstracta es de nulo valor. Al inicio de cada sesión renovábamos el compromiso común de respetar la confidencialidad de datos, sentimientos y personas(6).

Pese a sus innegables flaquezas metodológicas, pienso que esta manera de trabajar proporciona algunos valores añadidos a una etnografía convencional:

a) Por una parte, algunas personas se convierten en colaboradores efectivos del proceso de investigación, aportando no solo datos brutos, sino también reflexión elaborada. El procedimiento es dialógico y -hasta cierto punto- abierto a coautoría. O, al menos, a cocreación. En el taller participan tanto personas interesadas en compartir experiencias como artistas e investigadores con proyectos en marcha, susceptibles de articularse colaborativamente con el nuestro de variadas maneras.

b) La construcción mediática de la intimidad como espectáculo destruye aquello que pretendía registrar, sometiéndola a la lógica deformante del reality. ¿Cómo constituirse en observador de la intimidad de los otros, sin arriesgar la propia? Al adoptar un formato explícitamente autoetnográfico decidimos contar con los sujetos solamente en calidad de investigadores de sí mismos. Y a partir exclusivamente de aquello que desean compartir. Eso supone más ganancias que pérdidas. Ciertamente, se renuncia a ser observador -a estar ‘en el lugar de la acción’; Goffman dixit-, limitándose a un plano meramente discursivo con los sesgos que comporta. A cambio, se proporciona un saludable freno a la tentación de usar la vida de los otros como material bruto para una cruda puesta en texto. También proporciona un procedimiento genuinamente reflexivo. El investigador se arriesga a participar desde su experiencia como sujeto posicionado en su propia intimidad, no como un observador neutro; o lo que es peor, como una especie de doble agente(7).

Desarrollo de los talleres

Documentamos íntegramente en vídeo los talleres del año 2010, produciendo un material muy rico. Tras consultar a los participantes, decidimos finalmente no editarlo, para respetar de manera estricta el compromiso de confidencialidad. En los talleres de 2011 renunciamos directamente a la grabación de vídeo, limitando el uso del streaming a la presentación inicial y la sesión final, donde el consentimiento informado se hacía muy explícito.

Los participantes en los talleres eran mayoritariamente jóvenes de entre veinticinco y treinta años (aunque no solo). Fueron también mayoritariamente mujeres. Un significativo número no era español (contamos por ejemplo con participantes italianos, brasileños, daneses, mexicanos y colombianos). Sus formaciones incluían la ingeniería, el marketing, la publicidad, la sociología, la comunicación, las artes, la música, la biblioteconomía, el periodismo, la literatura, la arquitectura y un largo etcétera.

Los talleres de 2010 se propusieron bajo el título genérico Prosumidores. Lógicas de producción/consumo en las culturas de la Red. Nos pareció que, para una primera experiencia, la figura del ‘prosumidor’, cortocircuitando la distinción al uso entre las esferas separadas de la producción y el consumo, facilitaba centrar las sesiones en producciones o reflexiones que los participantes estuvieran deseosos de mostrar, sin necesariamente forzar de forma directa la cuestión, más sensible y exigente, de las intimidades de nadie.

Realizamos así ocho talleres que asumió el grupo de investigación en su conjunto, en torno a los temas del consumo (‘Consumir produciendo’), el texto (‘Editar y publicar el mundo’), las autofotos (‘Imaginear’), la música (‘Musicar’), el espacio doméstico (‘Hacer la casa’), el desplazamiento (‘Itinerarios’), la alimentación (‘Comistrerías’) y la expresión artística (‘Urbane@rte’). A partir de un centenar de personas inscritas, contamos con grupos de entre diez y veinte personas por sesión, algunas de ellas asiduas. Para cerrar el ciclo celebramos, semanas más tarde, una sesión devolutiva donde el grupo de investigación confrontó sus análisis con la visión de los participantes.

Dada la excelente experiencia, repetimos la propuesta el curso siguiente, esta vez bajo el título Intimidades metropolitanas. Las sesiones abordaron explícitamente la cuestión de la intimidad, centrándose en su difícil acotación (‘Nombrar lo cotidiano’), sus límites y desplazamientos (‘Sentirse en casa’), los equipamientos (‘Hi-Fi Home‘), la corporalidad (‘Cuerpos con historia’) y las relaciones personales (‘Sangre, agua y vino’).

Bibliografía

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Notas

(1) Para una genealogía conceptual de la mayoría de estas ideas, véase Williams (2000); para una revisión ingeniosa de las narrativas implícitas en la teoría urbana, véase Finnegan (1998).

(2) Para una historia literaria del concepto de intimidad, véase Coudreuse y Simonet-Tenant (2009); para un análisis crítico de las trampas y confusiones entre privado y doméstico, véase Murillo (2006).

(3) Se encontrará una exposición general del potencial transformador de esta última en Giddens (1991) y una buena revisión del impacto social de la legislación sobre la sexualidad en Mossuz-Laveau (2002). Un ejemplo brillante de las implicaciones de nuevas prácticas on line para la subjetividad a propósito de la generalización de la autofotografía digital es el de Lasén (2012).

(4) El Medialab es un laboratorio de medios dependiente del área de las Artes del Ayuntamiento. Puso generosamente a disposición su local junto al Paseo del Prado, así como los medios para difundir parte de las actividades por streaming y una página web muy actualizada donde los participantes pudieron inscribirse). Queremos hacer expreso nuestro agradecimiento a todo el personal, en particular a Marcos, Patricia, Mónica, Jara, Raúl y Nerea. Estamos igualmente en deuda con el CSA La Tabacalera de Lavapiés, Designit y Off Limits por su respaldo a esta iniciativa.

(5) La coordinación de las sesiones de 2010 estuvo a cargo de Francisco Cruces, Fernando González de Requena, Amparo Lasén, Héctor Fouce, Fernando Monge, Karina Boggio, Montserrat Cañedo, Gloria Durán y Sara Sama. Cultura Urbana lo integran además Luis Reygadas, Ángel Díaz de Rada, Honorio Velasco y Sandra Fernández García. El presente texto se ha beneficiado de diversas fuentes de apoyo: el proyecto “Prácticas culturales emergentes en el Nuevo Madrid” (CSO2009-10780, Ministerio de Ciencia e Innovación); una estancia en el Institut Français d’Urbanisme coordinada por Jerôme Monnet. “Procesos de metropolización y esfera íntima. Una aproximación comparativa”, PR2009-0160, Ministerio de Educación); así como la investigación “Jóvenes, culturas urbanas y redes digitales. Prácticas emergentes en las artes, las editoriales y la música”, coordinada en México por Néstor García Canclini (UAM-I) y financiada por Fundación Telefónica (http://www.fundacion.telefonica.com/es/que_hacemos/noticias/detalle/26_06_2012_esp_2205).

(6) La convocatoria de los distintos talleres puede consultarse en las páginas de Medialab-Prado http://medialab-prado.es/article/prosumidores2 y http://medialab-prado.es/article/intimidades_metropolitanas. En http://practicemad.net/talleres están disponibles las relatorías de cada sesión y materiales subidos por los participantes.

(7) A propósito de los desafíos para la etnografía en este tipo de contextos, véase Cruces (2003).

(8) Para otros trabajos relevantes en los entornos norte europeo y anglosajón, véase Cieraad (1999) y Gullestad (1989).

Agonías del yo o la gran promesa moderna de intimidad para todos

Monique Eleb y Anne Debarre, una psicóloga social y una arquitecta, han escudriñado lo que denominan ‘la invención del habitar moderno’. Mediante el análisis de planos de los edificios parisinos de distintos periodos, pero también de las revistas de arquitectura y los manuales de urbanidad (entendidos como guías de savoir-vivre), muestran hasta qué punto las convenciones constructivas de nuestros interiores poseen una historia. La noción de confort; la división funcional entre estancias; la jerarquía entre los espacios de representación, intimidad y servicio; la incorporación progresiva de tecnologías como el agua, la luz, el gas, el ascensor y el teléfono, responden a un sistema de convenciones que instituyeron, en gran medida, las formas de habitar de las que somos herederos (Eleb y Debarre, 1995).

Lo que vuelve relevante este tipo de trabajo es el proceso subyacente de naturalización. Las operaciones prácticas y discursivas de los sujetos de nuestros talleres no cobran pleno sentido más que sobre el fondo -hoy dado por supuesto- de dicho sistema de distribuciones y tecnologías del interior(8).

Este hecho resultó especialmente elocuente en la sesión dedicada a equipamientos domésticos. Los smartphones y el ordenador portátil ocupan, en calidad de extensiones del yo, una posición central en la jerarquía de las tecnologías -pueden constituir fácilmente el lugar donde hoy día se deposita una identidad-. Uno de nuestros informantes, por ejemplo, tras autopresentarse con salero como ‘ciberpijo’, explicó que tiene su sala de estar dispuesta en torno a tres grandes pantallas, conectadas a diversos dispositivos digitales.

Esta observación solo cobra sentido por contraste: sabemos que es realmente la televisión la que permanece en el centro de la mayoría de los hogares españoles, regulando la convivencia familiar desde su ineluctable mueble-mural. Pero -al menos para el discurso socialmente deseable de este segmento poblacional- es un objeto marcado negativamente por los signos de la alienación y la obsolescencia, herencia de una época que se deja atrás. Entre las tecnologías glamurosas, por el contrario -las que abren la vida al futuro- destacó el robot de cocina (la alemana Thermomix), que alguien calificó hiperbólicamente como «una fantasía de cocinero mágico». Dos chicas contaron, a propósito de este nuevo electrodoméstico, una historia prácticamente idéntica: recién llegada a Madrid, tras terminar sus estudios para empezar a trabajar, los padres se empeñan en hacer un regalo a la hija ausente. Cuando esta recibe y abre el paquete, esperando expectante la Thermomix, lo que encuentra con íntima decepción es… un pequeño televisor.

Como en esta pesadilla del robot soñado versus la tele impuesta, la trama de buena parte de nuestras historias tiende a seguir cierto esquema de corte agonístico. El yo singular despliega su protagonismo en un nudo de acción que podríamos hegelianamente llamar ‘la lucha por el espacio’. El sujeto individual pugna por deshacerse de un orden ajeno para edificar el propio (a veces, para encontrarlo o mantenerlo). Antagonistas preferentes son los padres y, más genéricamente, la familia de procedencia; guardianes de normas restrictivas y convenciones sin sentido. Aunque también la pareja puede jugar cabalmente ese rol; así era, por ejemplo, en la historia hilarante que alguien contó sobre cómo sus padres iban en verano cuarto en cuarto peleando por quedarse con el colchón más fresco de la casa para echar la siesta. O como en aquella de quien confesó las discusiones habidas tras la separación con su pareja para ver quién se quedaba… ¡con la Thermomix!

En otra modalidad narrativa -que podríamos bautizar como síndrome de Ulises-, la familia aparece como el origen del cual parte el yo viajero, para reconocerse a sí mismo en otro lugar y acabar, al retorno, sintiéndose ‘extraño en su propia casa’. Uno de nuestros informantes relató con reflexividad certera esta experiencia: su sensación de orfandad al volver al país natal tras de años de ausencia y escuchar el acento de su propia lengua como si ya no le perteneciera.

Actuantes abstractos pueden jugar, igualmente, ese papel antagonista: el anónimo orden urbano, la soledad, el casero, la carencia de recursos; a veces, el género a la vez amado y odiado del otr@, vivido como un escollo incomprensible. La pareja, los amigos, los vecinos, los hermanos, parientes y compañeros de piso ejercen, alternativamente, roles facilitadores u obstaculizadores, comparsas en un drama en el cual todo el mundo alcanza a reconocerse.

Ese es, finalmente, el principal hallazgo de los talleres sobre la intimidad: nada tan relevante como el placer de escucha que esos relatos movilizan. Nos reímos con las historias de disputas por el baño y de pelos en el lavabo. Nos compadecimos con las de la soledad indisimulable o las rupturas parejiles. Nos vimos retratados en el afán por la limpieza así como en su contrario, la reivindicación de un desorden respirable.

¿Qué tienen estas historias, tan vulgares, para que las contemos como algo singular? ¿Qué tienen para que, siendo las historias de alguien singular, las escuchemos atentamente como historias de todos? Esta es, sin duda, la paradoja última, donde reside el poder y el misterio contenido en semejante narrativa. En las historias del yo singular, todos, en definitiva, podemos sentirnos identificados. Cualquiera es el otro. Como sucede con los géneros orales de la queja ante la enfermedad, la anécdota picante o el relato de viajes, la fuerza de este género específico -pero vertebral- de la vida moderna reside precisamente en eso: aúna las condiciones de singularidad y absoluta universalidad. Demuestra, a su manera, el dictum poético de Rimbaud de que je est un autre.

Termino, por ello, invocando la necesidad de colocar, junto con los enfoques socioespacial y sociocomunicacional reclamados en el artículo central de este volumen, un enfoque, por así decir, socioafectivo (¿sociosentimental?), donde encuentren también su lugar estas historias agonísticas del sujeto metropolitano en busca de un sitio en la urbe inabarcable. Ellas también hacen ciudad, construyen la cosmópolis en que vivimos.

Artículo extraído del nº 93 de la revista en papel Telos

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