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Espacio inmunitario en la metrópolis


Por Rossana Reguillo

A finales del mes de abril de 2009 fue decretada en México una a sanitaria por el virus de la Influenza H1N1. Durante la fase aguda de esta a, que duró aproximadamente dos semanas, se suspendieron clases, trabajos, reuniones en el espacio público; cerraron los cines, los museos y las calles de las principales ciudades del país se convirtieron en escenario posapocalítico, desiertas, silenciosas; unos pocos ciudadanos se veían en los mercados, en las farmacias, todos con cubrebocas.

La evidencia estaba ahí, las actividades normales se suspendían, el aislamiento como medida sanitaria se convertía en norma, mientras crecía la preocupación y el miedo esparcía sus esporas.

La televisión fue el dispositivo comunicativo por excelencia. Los medios impresos eran demasiado lentos y la radio no podía mostrar las evidencias necesarias. Surgieron sitios alternativos de información en Internet. Convertidos en protagonistas de cine apocalíptico, la ciudadanía debió enfrentar (disciplinadamente) una amenaza difusa y letal.

Entre otros muchos efectos, esta a sanitaria desveló simultáneamente la fragilidad de un orden urbano fundado en la copresencia y la interacción y, de otro lado, mostró que los tejidos comunicativos digitales organizan ciudades invisibles que no se dejan decir desde la oposición público-privado. En los nuevos espacios, circuitos, flujos y dispositivos comunicativos se juega de fondo una de las mayores transformaciones de la sociedad contemporánea: la relación entre subjetividad, espacio y política.

Communitas e immunitas

Quisiera aproximarme a esta relación desde las categorías communitas e immunitas desarrolladas por Roberto Sposito (2005), en tanto me parece una interesante y productiva forma de aproximación a las recomposiciones de la vida urbana sacudida por nuevos riesgos (pienso en concreto en el caso de la epidemia de Influenza H1N1 y la violencia brutal vinculada al narcotráfico en el caso de México), una vida metropolitana desafiada y rearticulada por las tecnologías, por los nuevos y viejos medios de comunicación y enfrentada a múltiples y complejas formas de interacción derivadas de la migración y la coexistencia intensa de lo diverso.

La communitas es lo común, que se construye por lo que Sposito llama munus, un don que implica un deber, un dar que compromete a los participantes en esta relación contractual. Pero a diferencia de las teorías clásicas sobre comunidad, Sposito considera que esta communitas basada en el munus no es una comunidad de propiedad (de lo común compartido, un territorio, una lengua, una ideología) sino, por el contrario, una comunidad de lo impropio, una ausencia de identidad, una especie de sacrificio que busca la compensación de una deuda, una ausencia, una falta. La vida metropolitana, bajo esta hipótesis, supondría el ejercicio constante por construir un espacio de negociación y gestión que compense lo que Sposito llamaría la ‘impropiedad radical’ (lo que no tenemos en común) a través de lo que el autor considera como otros rostros del munus: el onus y el officium, que aluden principalmente al deber en forma de obligación a través del cargo, puesto, empleo. Participamos de y en esta communitas urbana siempre a través de la deuda y la obligación.

Por ello, la immunitas, inmunización, para el pensador italiano es el dispositivo que reacciona contra el contagio, contra la intromisión de lo común(1); en otras palabras: el proyecto inmunitario de la modernidad busca exonerar al individuo de su deuda o relación con el otro. Así, entonces el dispositivo inmunitario opera, en contigüidad (es decir, no en oposición, sino como otro rostro del mismo proceso), como defensa, como antídoto para contrarrestar la deuda. Es el espacio de la intimidad, de la privacidad securitaria que se levanta frente a la tiranía y a los riesgos de lo comunitario.

La complejidad de la arquitectura filosófica de Sposito excede, con mucho, los límites y los objetivos de este breve ensayo; sin embargo, a los efectos de la discusión que aquí me interesa plantear, me parece que la noción de proyecto inmunitario y sus dispositivos permite pensar la escena urbana metropolitana en sus transformaciones.

Puede decirse que la immunitas obedece a la voluntad moderna de contrarrestar el peso agobiante de la heteronomía para conquistar un espacio de autonomía y que, durante la fase industrial de la modernidad, sus mecanismos se centraron en tres elementos claves: la privacidad, el anonimato y la seguridad, un trilogía en tensa relación, cuya gestión operaría fundamentalmente a través de lo que Foucault llamaría las ‘tecnologías del yo’.

Hoy a esa gestión de lo inmunitario se suman las tecnologías digitales, que no anulan o hacen desaparece la relación entre privacidad, anonimato y seguridad, sino que la reformulan.

Los muros de las redes digitales

Podría desde luego argumentarse que el crecimiento exponencial de los usuarios de redes en Internet, la interconectividad creciente a través de dispositivos digitales, móviles, inalámbricos, contradicen o niegan la idea de las defensas inmunitarias frente al otro y frente a lo comunitario. Sin embargo, colocar el análisis en estos términos no solo resulta reduccionista sino también erróneo, porque implicaría asumir como sinónimos visibilidad y pérdida de privacidad o exposición y construcción de comunidad. Indudablemente, la vida contemporánea -aquella que demanda interacciones cara a cara, como la que se posibilita hoy mediante los dispositivos sociotecnológicos- implica para muchas personas una alta visibilidad y una exposición constante frente a los otros; pero ello no se traduce inmediatamente en un abandono de la zona inmunitaria ni en la pérdida total del anonimato.

Lo que quisiera argumentar es que pese a su vulnerabilidad o riesgos, los muros de Facebook, por ejemplo, operan con la misma lógica que los muros analógicos y simbólicos que levantamos cada día y mantenemos en la dinámica de nuestras interacciones. Salvo las llamadas fan pages, en los perfiles de Facebook es posible controlar quiénes pueden ver qué. Los muros tienen una zona pública y dos zonas privadas restringidas para los más cercanos o la gente con la que se comparten cosas que no son del dominio público, me refiero a los mensajes privados y al chat. Facebook viene provisto con sus propios dispositivos de inmunización, a los que se añaden otras múltiples herramientas que sirven para borrar, para contener, para suprimir aquello que amenaza el espacio inmunitario del sujeto, fomentando lo que quisiera llamar las intimidades selectivas.

En esta dimensión encuentro uno de los principales desafíos para la investigación y el pensamiento crítico. Es bien cierto que tanto las redes sociales en Internet, como otros espacios enunciativos y asociativos vinculados a la Red (pienso en los blogs), tienden a quebrar el sistema de legitimidades enunciativas que definieron el espacio de las hablas legítimas en la modernidad; y eso no es una transformación menor. Pero aun así, lejos de romper el espacio de la immunitas, las redes digitales proveen al sujeto no propietario de herramientas para contrarrestar el peso de la autoridad comunitaria a través de la construcción de pequeñas o medianas comunidades de sentido, intimidades selectivas a través de las cuales se fortalece la idea de un mundo como ‘mónada’, ‘mi mundo’ como medida del mundo, en la que el usuario-ciudadano tiende a ver una supuesta unidad amenazada por el disenso y la diversidad.

Al alcance de un clic el espacio inmunitario se expande; se selecciona a los ‘amigos’, se crean comunidades de pertenencia que no siempre exigen la copresencia o la comunicación cara a cara; se borra a los enemigos, se bloquean las opiniones contrarias, se elimina al adversario que agrede o que contradice la opinión.

Frente a las interacciones analógicas que demanda la communitas metropolitana, la immunitas digital amplía sus dominios en paradójica relación con la extrema visibilidad-visualidad que los territorios tecnológicos exigen; ahí se anuncia otro orden urbano por venir que mostró uno de sus rostros durante la fase aguda de la epidemia del virus de la influenza H1N1: el de la fantasía securitaria, que anula el cuerpo peligroso y analógico sin producir aislamiento.

Nota
(1) Sposito, R. (2005). Immunitas, protección y negación de la vida. Buenos Aires: Amorrortu, pp. 13 y 19.

Artículo extraído del nº 93 de la revista en papel Telos

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