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Europa o las asociaciones del encanto


Por Francisco A. Marcos Marín

Al preparar el habitual informe anual sobre el español para la Association for Literary and Linguistic Computing se impone siempre una reflexión sobre lo que supone nuestra participación en la Unión Europea.

En términos de balance de caja, por un lado, pero también desde una perspectiva más amplia, relacionando esta actividad nuestra sobre la lengua con lo que ha encerrado el marco europeo durante un período. Tras varios años de ese ejercicio estamos incluso en condiciones de hacer una consideración que incluya la década de Telos, pues Fundesco ha realizado un esfuerzo enorme moviéndose en el sentido europeo.

La respuesta positiva a la pregunta de qué debe Europa a España, al menos en la época moderna, arranca de Menéndez Pelayo y tiene, para nosotros hoy, el interés de haber obligado a sus contemporáneos al estudio de una serie de contribuciones científicas de españoles y portugueses que el descuido había llevado al olvido, injustamente.

El que todavía es nuestro siglo vio un cambio en la perspectiva, la discusión ya no se centraba en términos de deuda, sino de oportunidad. Pertenecer a Europa a cualquier precio (tesis triunfante en nuestra adehesión a la CEE, que parece tan lejana), europeizar a España, o mantener una constante española en la interpretación de la vida, españolizar a Europa. Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Américo Castro, Ortega, Unamuno, presentan variantes definidas de estas posiciones, en general superadas hoy por la rapidez con la que se producen los acontecimientos. No podemos permitirnos, por pobres, el orgulloso gesto noruego de permanecer al margen. Sin embargo, cada vez son más las voces que, en sordina o de modo estentóreo, expresan discrepancias sobre el cariz tomado por la circunstancia española tras varios años de adhesión.

Es discutible la pertinencia de traer a estas páginas los contenciosos de nuestros ganaderos, viticultores o pescadores, quienes disponen ya de suficiente espacio en los medios de difusión. En cambio, es menos conocido el resultado del recuento de lo que suponen las aportaciones española y comunitaria en el terreno de la comunicación y la tecnología. Llama más la atención este silencio porque, si hubo un terreno en el que España se adelantó al ingreso fue precisamente el lingüístico, a través de los pasos previos a la participación en el proyecto EUROTRA, el ambicioso proyecto comunitario de traducción por ordenador entre las lenguas de la hoy Unión.

Si bien es innegable que EUROTRA supuso la llave para el desarrollo de los dos centros más potentes de lingüística computacional con los que todavía contamos, en la Universidad de Barcelona y en la Autónoma de Madrid, tanto en medios materiales, como en relaciones y en formación de investigadores, la falta de visión general (y de generosidad) impidió que los frutos fueran tan granados como hubiera sido posible y crearon un cierto sentimiento de frustración en otras universidades, a quienes desde la Autónoma de Madrid se hubiera invitado muy gustosamente a la tarea de construir un amplio y pluricéfalo instituto español de lingüística informática o computacional.

Al sumar parte de esa idea a las muchas obligaciones de una institución que no había sido creada para eso, se diluyó el impulso y se perdieron esfuerzos y dinero.
Otro gran proyecto general, el Area de Industrias de la Lengua de la Sociedad Estatal Quinto Centenario, cerró sus puertas en diciembre del 92, dejando una herencia de corpus (bases de datos textuales codificadas para el español peninsular oral y la lengua escrita de Argentina y de Chile) y ADMYTE, el Archivo Digital de Manuscritos y Textos Españoles, primero en su género en todo el mundo, herencia que tampoco supo ser aprovechada oficialmente.

El fracaso de los grandes proyectos (así hay que llamarlo) ha podido llevar a una situación desilusionada. Una reflexión más detenida, sin embargo, debe hacernos rectificar en parte, aunque no totalmente, ese resultado negativo.

La iniciativa privada, de investigadores y de empresas, ha sabido salir adelante, volver a uncirse al carro europeo y arrastrar proyectos y trabajos, logrando incluso algún que otro apoyo oficial, siempre muy de agradecer. Vueltos hacia Europa, en proyectos Esprit, LRE o ECI (European Corpus Initiative), se han ido arrancando fondos que han permitido mantener y aumentar los recursos lingüísticos informáticos producidos en los tres años anteriores al cada vez más olvidado 92. Mas ante la pregunta de si ese esfuerzo está consiguiendo los retornos a los que nuestros impuestos nos hacen acreedores, la respuesta sigue siendo negativa.

O bien no contamos con suficiente apoyo para nuestros proyectos por los representantes españoles, o bien la fuerza de éstos frente al colosal lobby empresarial de nuestros concurrentes es muy pequeña o, de modo no excluyente, la ausencia de una política lingüística nacional lleva implícita la de instrucciones concretas para saber qué apoyo debe darse a los proyectos que presentamos a Europa.

Mientras los daneses, por poner un ejemplo, tienen todo un servicio que se encarga de desarrollar y presentar los proyectos bosquejados por los investigadores, los nuestros suelen ir apremiados por el tiempo, la tardanza en la información y la limitación (que no ausencia) de posibilidades de consulta, no digamos nada de ayuda efectiva.

Las metas lejanas sólo se alcanzan con ilusión, hay que poner un poco de imaginación, de encanto, en ellas, para que absorban a quienes han de correr. Actualmente pagamos impuestos para que investiguen los que tienen más recursos en investigación. Seguimos sin crear las posibilidades de que los nuestros se especialicen en Tecnología Lingüística, lo que sería sencillo con un reconocimiento expreso de su interés en forma de becas de Formación del Personal Investigador (FPI), o liberación de trabas burocráticas a quienes por investigar no pueden, a veces, acceder a los puestos iniciáticos de la Universidad, como son los de ayudantes.

Devolver a los jóvenes el encanto del descubrimiento pasa por reconocer que esa labor de investigación debe ser estimulada también en lo concreto, en metálico.

Europa no es un sello, no es un marchamo de calidad, no es una pegatina, es una tarea común, es un nuevo marco de vida, más amplio, lo que entraña también más riesgos, como los nacionalistas saben.

Quien se encierra en su pegujal no sufre por lo que ocurre al otro lado de las tapias; pero tampoco está a salvo de las fuerzas externas. “Aquel es rey que no vee rey” decía el refrán que sirvió a Lope de arranque para su comedia. No es recomendable para un investigador de hoy aceptar el papel de villano en su rincón. La responsabilidad que los investigadores asumen, como la de los marineros, ganaderos o viticultores, exige también una preocupación por parte de los administradores del caudal de todos. Sólo así recuperaremos la ilusión necesaria.

Artículo extraído del nº 40 de la revista en papel Telos

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Francisco A. Marcos Marín

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