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Revista número 96 - Octubre 2013 - Enero 2014

Magazine number 96

Nombre magazine 96

Magazin nummer96

Numero pubblicazione 96

Autor/es:
Pierre Musso
Territorios digitales y ciberespacio
Enfrentarse al doble mundo contemporáneo
Digital Territories and Cyberspace
Dealing with a Double-sided Contemporary World
Territoires numériques et cyberspace
Resumen:

La noción de ‘territorio digital' ha tenido un gran éxito debido a sus polisemias y sus ambigüedades, pero esconde múltiples cambios políticos. Es necesario volver a pensar ese doble mundo dual al que nos enfrentamos y sus inéditos retos en materia de investigación y de desarrollo.

Palabras clave:Territorio digital, Tecnologización de la política, Brecha digital, RAPT, RET, RTE, Ciberespacio
Abstract:

While the notion of "digital territory" has become very popular, due to its polysemy and ambiguity, several political changes are hidden behind it. We must reconsider this double world we face and the brand new challenges it creates for research and development.

Keywords:Digital Territory, Technologizing Politics, Digital Divide, RAPT, RET, RTE, Cyberspace

La noción de 'territorio digital' marca la extensión al territorio de un adjetivo (digital) ya aplicado al hombre, calificado de digital por Nicholas Negroponte (Negroponte, 1995), a la ciudad por Bill Mitchell (Mitchell, 1996), al mundo, a los objetos, al medio ambiente, al desarrollo con la ‘brecha digital', a la identidad misma, etc. Si esta extensión del concepto genera dudas sobre su consistencia, conlleva por sí misma una tecnologización del objeto del que se apodera.

La fórmula 'territorio digital' significa, en primer lugar, que el territorio está siendo -y debería ser- tecnologizado, es decir, transformado en bits de informaciones; y por esta razón licuado, es decir, liquidado. Esta afirmación tecnicista es la que legitima la ficción de un espacio definido como una extensión o un espacio liberado de las exigencias físicas e institucionales de la territorialidad. En segundo término, la noción de ‘territorio digital' evoca la superposición de redes técnicas sobre el territorio, redes que lo anamorfosean.

En el primer caso, se trata de disolver el territorio gracias a la técnica, de ‘desterritorializarlo', en el sentido en que estaría deslocalizado en lo informacional y lo virtual; en el segundo término, se trata de enriquecer y de aumentar el territorio gracias o con ayuda de las redes técnicas y de los instrumentos ‘logiciales' (logicials). Disolver o enriquecer el territorio, sus instituciones y sus agentes: esta es en resumen la distinción para evitar las fugas hacia delante de la cibercultura y de la ciencia-ficción. De esta forma disponemos de dos visiones posibles de la extraña noción de ‘territorios digitales': la que sustituye a los territorios por las redes técnicas y la que hace coexistir territorios mezclados-físico/virtual.

Pero ninguna de estas dos lecturas es la que se hace normalmente en las políticas públicas que usan y abusan de tal terminología. La supresión del territorio es impensable, porque es el pedestal del poder, de la misma manera que la coexistencia, véase la concurrencia, entre dos territorios... por mucho que Second Life intrigó y obligó a que los actores públicos se interesaran por él e incluso a instalarse en él. Por el contrario, lo que se considera como esencial -constitutivo de un ‘territorio digital- son las redes, especialmente las de Banda Ancha, superpuestas al territorio físico, y los servicios asociados.

El territorio físico en principio se plantea en las políticas públicas como un territorio equipado por redes teleinformáticas, por analogía con las redes de transporte que unen el conjunto de un territorio. La idea de territorio digital está asociada a menudo a la de ‘brecha digital', porque el verdadero reto político sería el de la ‘cobertura' homogénea de un territorio por las redes técnicas. Estas son consideradas indispensables para modernizar un territorio y reforzar su atractivo, con la misma fuerza de las carreteras o los ferrocarriles al comienzo de la revolución industrial, porque tendrían ‘efectos estructurantes'.

Aplicar a los sistemas de información o al cloud computing tal visión de los territorios digitales corre el riesgo de hacerse demasiado simplista. Para deconstruir el concepto de territorio digital, es necesario comenzar por examinar su genealogía, de forma que ponga en evidencia su ambigüedad. Más adelante mostraremos que la ambigüedad de la noción enmascara la tecnologización de las políticas públicas, y que la ideología del ciberespacio impide pensar su complejidad, que se construye como un ‘segundo mundo' que aumenta y amplía el mundo físico.

Crítica de la noción de ‘territorio digital'

Este concepto apareció al final de la década de 1990, en el momento crucial del milenio, justo cuando se multiplicaban las tecnoutopías (por ejemplo, el bug del año 2000) y cuando triunfaban las promesas de la ‘nueva economía' bajo la influencia de tres factores mayores.

El primero fue la desreglamentación del sector de las telecomunicaciones que puso fin a los monopolios públicos nacionales en la mayor parte de los países en que existían, especialmente en Europa, y a las lógicas asociadas de igualdad de acceso de los consumidores a los servicios y a las redes, cualquiera que fuera su localización, transformando al mismo tiempo una dimensión del servicio público que incluía el desarrollo equilibrado del territorio. A partir de 1998, la liberalización de las telecomunicaciones en Europa trastorna las cartas de todos los actores, porque provoca un desenganche progresivo del Estado-nación que implica un proceso multiforme de auto-neutralización, es decir de transferencia de sus responsabilidades en tres direcciones: a autoridades de regulación independientes, al mercado por el apoyo a la competencia y a las autoridades comunitarias, es decir, cuando se trata de un Estado centralizado como ocurre en Francia, hacia las colectividades locales.

El segundo factor, la transferencia creciente de la regulación de Bruselas que interviene a través de ‘paquetes' legislativos, paralelamente al papel adecentado de las colectividades locales en el sector de la comunicación, o sea en las telecomunicaciones. En Francia, por ejemplo, hasta comienzos de la década de 1980, las colectividades territoriales habían intervenido poco en el sector de las telecomunicaciones, incluso cuando el Estado había intentado enrolarlas y solicitarlas financieramente para participar en el desarrollo de la red de telefonía fija, aunque siempre manteniendo a los cargos locales bajo tutela. El ascenso de los grandes cargos políticos ‘comunicadores' a escala local y la extensión de la desregulación a escala europea y mundial bloquean así en tenaza al Estado-nación.

El tercer factor explicativo del éxito de la noción de ‘territorio digital' es la transformación de las políticas de desarrollo del territorio que, en el espacio de una decena de años, pasan de una lógica de igualdad a una de equidad, después de atracción y, finalmente, de ‘competitividad' de los territorios. Desde 1999, el Esquema de Desarrollo del Espacio Comunitario (EDEC) adoptado en Postdam introduce una nueva definición del desarrollo del territorio, que busca combinarlo con la administración y la gestión de los territorios, multiplicando los objetivos de cohesión social, de competitividad económica y de desarrollo duradero. Desde entonces, las políticas nacionales de desarrollo siguen, cada vez más, lógicas económicas de la gestión territorial en el marco de una concurrencia internacional, con el fin de preservar o atraer empresas, competencias y empleos. El territorio es considerado casi como un factor de producción, porque constituye un ecosistema más o menos favorable al desarrollo de las empresas y de las canteras de empleo.

Desafíos contradictorios

Estas políticas públicas nacionales o europeas tienen una doble consecuencia. Primero, el desarrollo o arreglo de los territorios ha sido asociado a un ‘desafío digital', por glosar el título de una obra de la Asociación de las Regiones de Francia. El porvenir territorial sería digital o no sería en absoluto. Al referirse al equipamiento técnico de los territorios, se trata de renovar la acción pública a través de las tecnologías, como lo subraya el diputado socialista francés Christian Paul, cuando escribe: «El reto no se resume en poner más digital en las políticas, sino más bien en reinventar la acción pública [...] el desafío es en suma el de concebir de forma diferente nuestras políticas» (Paul, 2007, p. 8). Más que el territorio es la acción pública territorial la que es invitada a tecnologizarse para renovarse.

Además, del conjunto de estos dispositivos, resulta una acción pública esquizofrénica, que intenta conciliar o combinar dos aproximaciones diferentes al papel del poder público: por una parte, asegurar la igualdad y por tanto el aprovisionamiento de servicios de Banda Ancha para todos; y por otra parte, desarrollar la concurrencia entre los territorios. Así, la autoridad de regulación francesa ARCEP afirma que es preciso «conciliar el desarrollo de los territorios con la competencia».

De esta forma, el Estado se encuentra dividido entre las exigencias que él mismo ha fijado: de una parte, la liberalización completa del sector de las telecomunicaciones y de otra, su papel de accionista de referencia del operador histórico nacional; entre su papel de garante de la competencia de mercado y su apoyo a una política industrial y de Investigación y Desarrollo. Está, finalmente, fragmentado entre su falta de compromiso financiero y su intervención obligada para sostener las zonas abandonadas del territorio nacional.

La temática del ‘territorio digital' es pues mucho más amplia que la pregunta aparente del desarrollo de las redes de comunicaciones sobre un territorio. Se trata a la vez de cubrir la dimisión del Estado de un sector estratégico, de manejar una acción pública paradójica y de renovar las políticas territoriales.

Una noción que enmascara la tecnologización de la política

El empleo de la ambigua noción de ‘territorio digital' no se dirige solo a tecnologizar a un territorio, es decir a superponer nuevas redes técnicas sobre el territorio. Los caminos, la electricidad, los transportes, luego las comunicaciones, han constituido otras tantas ‘redes técnicas territoriales' que acompañaron a cada etapa de la industrialización. Por el contrario, en adelante se trata de una verdadera tecnologización de las políticas territoriales.

Con motivo de la digitalización, se desarrolla un discurso de poder productor de una ideología movilizadora, construida en nombre de la ‘eficacia' y a partir del paradigma técnico, sobre todo neo-cibernético. Como destaca Pierre Legendre, el Management, dogma universal de la efficiency, «es la versión tecnológica de lo Político» (Legendre y VillEurope, 1993, p. 40). Porque el reto es claramente definir el territorio digital como un territorio ‘competitivo' en el sentido empresaria del término: el territorio tecnologizado es sinónimo de innovación y de modernidad, que remite en suma al modelo de ‘empresa competitiva'. El futuro, la modernidad, el progreso, el desarrollo o la innovación son identificados y reducidos a lo ‘digital', instituido como un verdadero mito racional indiscutible impuesto a los políticos. El término ‘digital' está saturado de connotaciones positivas de orden tecnológico, económico, empresarial, social. El sustantivo ‘digital' deificado permite circular de un signo a otro y colmar las brechas de los políticos en cuanto a déficit político y de proyectos movilizadores.

El ‘territorio digital' se convierte en el nuevo emblema de las políticas públicas territoriales. Es convertido en imágenes, es decir, teatralizado y dramatizado bajo la forma de ‘fracturas digitales' para movilizar a los agentes con la finalidad de llenar los desfallecimientos del Estado y del mercado, en nombre de una exigencia tecno-industrial.

Dos tipos de redes técnicas territoriales: las RAPT y las RET

El concepto de territorio que emergió en el siglo XVII es rico en diversas capas superpuestas de representaciones sociales de los actores y de las instituciones. Los cuerpos de ingenieros civiles y militares han geometrizado, cartografiado y transformado el territorio de las redes. Desde los siglos XVII y XVIII, la racionalización del territorio por la ingeniería adopta dos formas principales: la de los ingenieros geógrafos concebida como un espacio que hay que arreglar con redes que mejoren la circulación (carreteras, canales) y la de los ingenieros militares como un espacio a defender, también en este caso por una ciencia de las redes, la poliorcética, de la que Vauban (1633-1707) constituye una gran figura simbólica. Con la Revolución Industrial, el territorio es reticulado y tramado por redes artificiales, entre ellas los ferrocarriles, la electricidad, el telégrafo o las redes de energía. Los industriales y los ingenieros violentan y arreglan el territorio al tecnificarlo cada vez más. Pero con la multiplicación de las redes de telecomunicaciones, de tele-informática y de Internet, resurge el problema.

Para poder medir todo su alcance, es preciso partir de una distinción establecida por Jacques Lévy y su equipo de VillEurope, entre las Réseaux à Agencement Partiellement Topographiques (RAPT) (Redes de Disposición Parcialmente Topográficas) y las Réseaux Exclusivement Topologiques (RET), (Redes Exclusivamente Topológicas') (Lévy, 2002). En las RAPT que polarizan y fluidifican los territorios, la distancia física sigue siendo esencial, aunque el tiempo y el coste sean importantes: como las redes aéreas, marítimas o de carreteras para las cuales las cuatro dimensiones de la distancia o del tiempo resultan esenciales. Con las RAPT, el espacio-tiempo se contrae y los territorios son rearticulados.

En cuanto a las RTE, es decir, a las redes de telecomunicaciones y teleinformáticas, la distancia es despreciable. Estas redes son abiertas, sin fronteras claras e incluyen potencialmente a todo el planeta. Aunque se superpongan a los territorios, no se confunden con ellos: por ejemplo, para establecer rápidamente un enlace entre dos puntos situados a centenares de kilómetros, por medio de satélites que pueden transmitir una comunicación haciéndola recorrer 72.000 kilómetros. Lo único que cuenta en ese caso es la aglomeración, es decir, la saturación de la Red y la existencia de lazos entre los nudos de la conmutación.

Las RET suscitan nuevos interrogantes, porque no solo son redes técnicas que hacen circular la información a gran distancia y a gran velocidad. Las RET, como las RAPT, no suplantan al territorio en absoluto, sino que se enlazan con él para ‘aumentarlo' -en el sentido de que se habla de ‘realidad aumentada'- para enriquecerlo y amplificar las acciones y los encuentros entre agentes. En este sentido, el RET forma un ‘hiperterritorio', un doble del territorio que permite aumentar todas las capacidades de acción y de intercambios. Con el ciberespacio entendido en sentido amplio como el conjunto de los sistemas de información planetarios, entre ellos Internet y el espacio público, se forma un segundo mundo paralelo articulado con el territorio y muy diferente de él, porque obedece a una lógica distinta. En el espacio, el encuentro de los dos mundos no se opera más que de forma puntual en ciertos puntos de conmutación, cuando el site y el lugar se superponen; por ejemplo, en la representación de una ciudad y de su sitio web. Pero el site no da más que una imagen parcial del lugar y una herramienta de acceso a ciertos servicios que se encuentran localizados allí. Por el contrario, en el tiempo, vamos y venimos cada día y durante intervalos cada vez más largos, entre nuestro mundo cotidiano y el ciberespacio.

Las representaciones colectivas de los espacios que forman territorios se ven cada vez más embrolladas e incluso desestabilizadas por el ciberespacio, que puede actuar como sobreimpresión de los mismos referentes. Habitamos (y habitaremos cada vez más) en dos mundos (llamados real/virtual) de los que el segundo es muy mal conocido y aún está débilmente representado, por ejemplo, con Second Life. Las RET empujan a un cambio de paradigma, tanto más por cuanto son ordenadores o ‘pequeñas pantallas' (las de los teléfonos móviles) las que comunican entre ellos, pero que pronto se operarán múltiples intercambios informacionales entre todo tipo de objetos con el ‘Internet de los objetos'. Anticipar esta evolución no significa en absoluto sumergirse en la ciencia-ficción, aunque esta última haya sabido imaginar y poner en escena el ciberespacio.

Este ciberespacio del que Internet no es más que una dimensión, su territorio público, está formado por múltiples sistemas de información a escala mundial: las redes teleinformáticas de las empresas, las redes especializadas e incluso las redes de telecomunicaciones internacionales forman parte de la vida cotidiana en el trabajo, en el comercio y en las organizaciones. Y el hecho de que habitemos, intercambiemos y trabajemos cada vez más en dos mundos obliga a pensar y a representar el ciberespacio. Es posible y necesario caracterizarlo, definir sus atributos, cartografiarlo, averiguar su lógica, incluso definir su gramática.

La ideología en el ciberespacio: ¿Un espacio líquido?

El ciberespacio ofrece la imagen de una red universal que conecta a todos los cerebros individuales articulados a escala planetaria y que constituye, según sus ideólogos, una especie de ‘cerebro planetario', como lo denomina Joel de Rosnay, inventor de una ‘inteligencia colectiva' según la fórmula de Pierre Lévy. En su origen, se trata de una tecno-utopía construida por Joseph Licklider, psicosociólogo que trabajaba con los ingenieros del MIT, en un artículo de 1960, La simbiosis del hombre y de la máquina. Licklider continúa de forma diferente el trabajo de la cibernética y de John von Neumann, pero soñaba menos con una máquina que duplicara el cerebro que con interconectar cerebro y máquina informática: «Nuestra esperanza es que dentro de un cierto número de años, el cerebro y el ordenador sea acoplados estrechamente». Por ello contempla la creación de una red informática para el intercambio entre hombres y ordenadores.

Una tecno-utopía que hizo del ciberespacio el espacio en que cerebros y ordenadores se articulan entre sí. Tal encadenamiento de metáforas provoca una doble identificación: el cerebro es un ordenador y dispone como este de una estructura reticular soporte de la actividad intelectual. El silogismo fundador de la tecno-utopía ciberespacial, por tanto, afirma:
1) El cerebro funciona como un ordenador y, recíprocamente, el ordenador funciona (y ‘piensa') como un cerebro.
2) Con Internet, se desarrolla un cerebro de red mundial por conexión de ordenadores que son sus componentes.
3) En consecuencia, es posible conectar los cerebros humanos y los ordenadores entre sí, gracias a hiper-redes vinculadas a escala planetaria. Así se podrían conseguir una hibridación hombre-máquina y una ‘inteligencia colectiva' en y por el ciberespacio.

Una vez fijadas estas premisas, el ciberespacio produce todos los efectos bienhechores que sus turiferarios no cesan de prometer. La principal virtud del ciberespacio consistiría en disolver todo lo que molesta comenzando por el territorio físico, pero también por las instituciones, especialmente el Estado, y el cuerpo físico, a favor de una ascesis cuasi-religiosa en los mundos virtuales. La instauración del ciberespacio como espacio ilimitado de las redes informacionales permite circular fuera de toda limitación, en un espacio puro, etéreo y virtual. Por un ejercicio de exorcismo, todo se hace posible en este espacio conceptual-ideal, una vez olvidado el territorio.

De esta forma, Jeremy Rifkin puede afirmar que «el paso del territorio al ciberespacio constituye una de las grandes conmociones de la organización humana», para llegar a evocar incluso «la migración de los territorios del ciberespacio» (2000, pp. 27-43). Porque en el ciberespacio, las fronteras se borran y el territorio físico desaparece... El cuerpo físico también se hace aquí superfluo, porque solo haría falta el cerebro para la aventura ciberespacial. En la ficción que William Gibson creó en su novela fundadora Neuromancien (Gibson, 1988), el término de ‘ciberespacio' es una cuestión de ‘neuroconexión'. El héroe Case, pirata en fuga, se conecta con el ciberespacio por una interfaz neurológica, empalmando su sistema nervioso con la ‘matriz', una realidad virtual global en la que las informaciones son almacenadas bajo forma de ilusiones tangibles. Case ha vivido ‘para la exultación desencarnada del ciberespacio', articulado sobre una platina del ciberespacio hogar, que proyectaba su conciencia desencarnada en el seno de la alucinación consensual que constituía la matriz'. Dicho de otra forma, Case ha vivido la experiencia de la desencarnación -'el cuerpo era carne'- y ha podido abandonar su cuerpo para atravesar el más allá ciberespacial, guiado por el fantasma de un pirata informático fallecido, sintetizado por ordenador. En Gibson, el cerebro y el sistema nervioso de Case están conectados a la red electrónica, al ciberespacio.

En el inter-mundo ciberespacial se confunden en una sola palabra comodín y en seres híbridos que aparentan ficciones técnicas, los cuerpos tecnificados y las técnicas naturalizadas. ¿Qué es lo que hace esa unidad del ciberespacio si no es la idea de ‘interconexión' referida a las redes de comunicación, como indica la definición de Joël de Rosnay, «el ciberespacio es un espacio-tiempo electrónico creado por las redes de comunicación y las interconexiones entre ordenadores multimedia?» (1995, p. 334). Espacio de redes de máquinas y orgánicas interrelacionadas hasta el infinito, sin fronteras: ese es el ciberespacio.

En el ciberespacio, el territorio rugoso y resistente desaparece; no subsiste más que un espacio liso, fluido, hecho para la circulación, un espacio de redes informacionales y de lazos, sin memoria, ni lugares. Este espacio de redes en extensión es híbrido, mitad humano, mitad máquina. Enlaza indistintamente hombres y máquinas y, al mismo tiempo, confunde lo técnico y biológico. El ciberespacio es un ser híbrido, pero ‘vivo'. De esta forma, el filósofo posmoderno Manuel de Landa escribe: «Pasado un cierto umbral de conectividad, la membrana de la que las redes informáticas cubren el planeta comienza a ‘cobrar vida'» (citado en Dery, 1997, p. 55). Por su parte, Pierre Lévy declara que «Ocurre con el ciberespacio como con los sistemas ecológicos [...] es un ordenador cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna, un ordenador hipertextual, disperso, vivo, pululante, inacabado: el ciberespacio mismo» (1997, pp. 131 y 52).

Derrick de Kerckhove celebra asimismo «la inteligencia de las redes [y ve en la] ‘webitud' o lazo mental entre la gente [...] la esencia de toda red [porque Internet] da acceso a un entorno vivo, cuasi orgánico de millones de inteligencias humanas» (2000, p. 18). Una visión biotecnológica que confunde redes técnicas y biológicas, es explícitamente reivindicada por De Kerckhove, «La continuidad entre estos dos dominios, lo tecnológico y lo biológico, es establecida por el hecho de que hay electricidad tanto en el interior como en el exterior del cuerpo». El autor ofrece una clave de descodificación cuando escribe: «Uno de los principales efectos de la digitalización es hacer ‘líquido' todo lo que es sólido» (Ibídem, p. 196). En efecto, la digitalización en bits de información permite atomizar lo real y transformarlo en un fluido que circula por las redes. La última etapa de esta fluidificación es, según De Kerckhove, la transmutación de estos bits en pensamiento: «Esta flexibilidad hace que la materia, en otro tiempo percibida como constituida por sustancias mutuamente heterogéneas e impenetrables, parece tan fluida hoy como el pensamiento mismo [...] Los espíritus de la Red se conectan y se comportan como cristal líquido en formaciones estables pero fluidas» (Ib., p. 205). Más allá del ‘hombre digital', lo que se opera es la ‘digitalización de los cuerpos', es decir, como subrayó Yves Stourdzé, ‘la exterminación corporal' (1999, p. 142). La ciberlicuefacción conduce a la liquidación corporal pura y simple.

El ciberespacio es así un potente disolvente simbólico, porque elimina todo lo que resiste: el territorio, el cuerpo, pero también la política y el Estado. Gracias a las redes, la democracia será electrónica y ‘la política desaparecerá', como pudo anunciar Jacques Attali. La fluidificación generalizada operada por el ciberespacio permite evacuar la política y su forma de Estado-nación. Por su parte, Manuel Castells declara que «las redes destruyen el control estatal sobre la sociedad y sobre la economía. Lo que se ha terminado en la etapa actual es el Estado soberano y nacional» (1998, Diálogo con Jacques Attali en el suplemento de Liberation del 12 de Junio).

Ya François Lyotard había anunciado en 1979 que «el Estado comenzará a aparecer como un factor de opacidad y de ‘ruido' para una ideología de la ‘transparencia comunicacional'» (1979, pp. 15-16). Esta visión anti-estatal, liberal-libertaria, constitutiva de la ideología de Internet, afirma que la Red sería ‘por esencia' anti-jerárquica, sinónimo de auto-organización y de igualdad. Es por ello que el internauta está supuestamente obligado a llevar a cabo un combate por la libertad contra todos los organismos de regulación, contra los operadores dominantes (Microsoft o el FBI por ejemplo), por la igualdad, contra todas las jerarquías piramidales, comenzando por las de los Estados, y por la fraternidad mundial de las ‘comunidades virtuales'.

La utopía reticular

Libertad, igualdad y fraternidad: la utopía social de los años 89 (1789/1989) se realizaría al fin, gracias a la utopía técnica reticular. «El ciberespacio puede aparecer como una especie de materialización técnica de los ideales modernos», escribe Pierre Lévy (1997, p. 302). Ciertos evangelistas del New Age encontraron en la red las mismas virtudes: para Marilyn Ferguson, la red es «el antídoto de la alienación. Engendra suficiente poder como para rehacer la sociedad» (1981, p. 163). Los cibermilitantes Julian Assange o Edward Snowden aparecen así como los nuevos tecno-héroes de este combate llevado a cabo en el ciberespacio.

Si Internet fluidifica lo social, el territorio y los cuerpos, por digitalización generalizada en el ciberespacio, recompone también los lazos en una sociedad estallada que pone ‘en red' según Manuel Castells. La tecno-devoción toma así formas más racionales, pero siempre adosadas al fetichismo de Internet, anunciador de una revolución social. Digitalización y estallido son las condiciones previas para la intervención de la prótesis reticular que vuelve a tejer lazos ‘espirituales' en el ciberespacio y ‘materiales' en la ‘sociedad en red'.

En Castells se trata menos de fluidificar la sociedad y el territorio que de incidir en la cibercultura, que sigue siendo sin embargo una referencia en su demostración; se trata de pensar el cambio social, de anunciar la transición entre una sociedad en crisis, el ‘capitalismo financiero', y una nueva sociedad, el ‘capitalismo informacional' en red. La cibercultura es por otra parte reivindicada por Castells como la cultura adecuada a la organización de la empresa en red, pivote de este nuevo capitalismo: «Existe un código cultural común a las diversas operaciones de la empresa en red [...] Es una cultura virtual de múltiples facetas, a imagen de las experiencias visuales que crean los ordenadores en el cibermundo al reacomodar la realidad [...] No es una ilusión, es una fuerza material» (1998, p. 237).

Pensar la complejidad del ciberespacio que aumenta el 'territorio físico'

Los internautas se familiarizan con la coexistencia de los dos mundos, es decir, de los dos territorios: el territorio físico donde la movilidad y la velocidad de los desplazamientos no cesan de crecer (con la velocidad muy fuerte) y el ciberespacio en el que reina la cuasi inmediatez de los intercambios de información. Esa movilidad se efectúa sobre y entre los diversos territorios. Al esfumarse las fronteras, se puede hablar como lo hace Martin Varnier de ‘interterritorialidades' multiformes para caracterizar esta circulación cotidiana en el milhojas de los territorios al que el ciberespacio añade una dimensión suplementaria (Varnier, 2008). El desarrollo de las actividades sobre Internet suscita nuevas actividades y oportunidades sobre el territorio.

El cibermundo se instala bajo diversas formas. Una de las más mediatizadas fue Second Life, universo virtual creado en 2003; después, el sistema de geolocalización de Google (Google Map y Google Earth, Google Street View), aparecido en 2005, no ha cesado de desarrollarse en aplicaciones sobre smartphones.

Los paseos virtuales por las ciudades del mundo se convierten en un reto estratégico, porque se vinculan a su desarrollo turístico y comercial. Así, las representaciones de las ciudades y los territorios se duplican. Territorios físicos y virtuales cohabitan en un mundo contemporáneo dual. Aparece un cambio de paradigma que es necesario analizar y comprender para habitar en este doble mundo. ¿Cuáles son las transferencias o las creaciones de actividad que se están operando en el ciberespacio? Recíprocamente, ¿qué aporta el ciberespacio a los territorios físicos? ¿Es posible producir representaciones, es decir, cartografías del ciberespacio? ¿Cuáles son los lugares o los territorios valorizados en el ciberespacio?

La doxa tecnicista ofrece inmediatamente respuestas simplistas a cuestiones complejas. El déficit de análisis es satisfecho por discursos recurrentes sobre las promesas tecnológicas y algunas ensoñaciones sobre la desmaterialización de los territorios, la sustitución del territorio por el ciberterritorio, es decir, por la desaparición del territorio físico en beneficio del territorio virtual, como anunció Rifkin. Pero, en contra de estos discursos, se observa un reforzamiento de las polarizaciones y de los flujos ligados a la multiplicación de las redes técnicas: ¿Son idénticos estos fenómenos sobre el territorio y en el ciberespacio?

Para evitar los simplismos de la sustitución o la supresión del territorio, hay que avanzar la hipótesis de un territorio desdoblado, de un doble mundo, es decir de dos territorios articulados y diferentes: uno, en el que la distancia física es determinante; otro, en el que las distancias son simbólicas y culturales. El desafío consiste entonces en pensar la articulación de estos territorios de diferente métrica.

Actuar simultáneamente en dos mundos

Las redes de telecomunicación permiten una contracción del espacio-tiempo, modificando la percepción de las distancias y relaciones cuasi instantáneas entre agentes, mientras que los encuentros físicos siguen estando constreñidos por el tiempo de los desplazamientos. El ciberespacio ofrece una desincronización espacio-temporal que conduce a la coexistencia entre dos territorios yuxtapuestos. Las redes de información tienen dos propiedades particulares: el carácter ‘inmaterial' de lo que transmiten y la indiferencia ante la distancia. Existen pues dos dificultades para aprehender el ciberespacio y por tanto deben ser pensadas dos oposiciones: una entre lo informacional y lo físico, otra entre lo que está situado ‘en cualquier lugar' y en ‘cualquier tiempo' ('anywere-anytime', según el eslogan publicitario de los operadores de telecomunicaciones). Por tanto, los flujos de información tienen como característica fundamental el estar repartidos y ser ubicuos. Se puede afirmar que existe una ubicuidad absoluta en el ciberespacio.

Esto implica que manejamos simultáneamente dos lógicas: la del territorio hecha de ‘mallas y de enrejados', según la fórmula del geógrafo Roger Brunet, y la del ciberespacio de ubicuidad lógica absoluta. Para aprehender este fenómeno, conviene al mismo tiempo descifrar las ‘tecnologías del espíritu' en marcha y las lógicas de las ‘comunidades inmateriales', según apelación de Jacques Lévy, que se forman en ellas y llegan a ser agentes mayores del segundo mundo, espacialmente con la Web 2.0, las redes sociales o las wikis. Lo común al territorio y al ciberespacio es la construcción conjunta de representaciones sociales. Pero en un caso, se inscriben en un lugar de proyección dominante y, en el otro, se constituyen en un espacio mundial abstracto, fluido, inestable y no localizado.

Un universo de confrontación de las representaciones

El ciberespacio no es solamente un espacio de información, sino que se ha convertido en un espacio multiforme de acciones y de encuentros. En el ciberespacio, se intercambian representaciones sociales, se confrontan ‘planos mentales' de los agentes, se instituyen jerarquías y conflictos de imágenes y de representaciones. En este segundo mundo se ordenan los puntos de vista de los agentes sociales, proyectos de acción, concepciones del mundo, imaginarios y valores; ahí se encuentran, colaboran o se enfrentan. Es un espacio rico en acciones, en simulaciones y en reparto de representaciones entre ‘comunidades' de intereses o de afinidades a su vez plurales y desterritorializadas, es decir, planetarias.

El ciberespacio es un espacio de tele-acciones, y de tele-encuentros, desterritorializado en el sentido de que solo se mantienen las representaciones y los imaginarios de los actores. El ciberespacio obedece así a una socio-lógica en el sentido fuerte del término, con jerarquías establecidas sobre la reputación y la imagen, como en el mundo financiero. El indicador de autoridad es la credibilidad y la verosimilitud, mientras que en el territorio físico es la autoridad político-administrativa la que se supone que afirma la verdad y el derecho.

Pensar el ciberterritorio obliga a pasar de la topografía a la topología de las representaciones sociales de los agentes. Es necesaria una perspectiva socio-cognitiva para analizar distancias que en el ciberespacio no son ya físicas, sino sociales, simbólicas y mentales: es lo que da el valor de un blog o de un sitio web.

Si el ciberespacio obedece a una lógica diferente que la del territorio, ¿no es preciso construir una hipermétrica de cinco dimensiones para caracterizarla? A las cuatro dimensiones del espacio y del tiempo modificadas, ¿no haría falta añadir una quinta dimensión, es decir la del punto de vista de los agentes? De hecho, el lugar de polarización en el ciberespacio corresponde a un actor y a su representación (tanto a su avatar como a su plano mental). En el ciberespacio, la cuestión esencial es saber cuáles son los ‘referenciales', cuáles son los ‘seres representados', cuáles son los criterios de elección de los objetos y de los seres, cómo se definen los atributos en función de sus proyectos y de sus actividades, y cómo son identificados.

El hecho de manejar imágenes es una señal de que nos faltan aun las herramientas conceptuales y las palabras incluso para pensar el ciberespacio. Conviene ‘desterritorializar' mentalmente el ciberespacio, para aprehender la lógica a-territorial de este extraño espacio en el que las relaciones entre agentes son estructurantes. Una pista podría venir de interpretar el ciberespacio con los instrumentos proporcionados por Leibniz en su Monadología. Allí definió un universo abstracto que obedece a una lógica multinacional y a un orden multilineal en red, universo en el que cada mónada expresa un punto de vista sobre el mundo y en donde no existen más que dos tipos de relaciones entre las mónadas elementales, de comparatio o de conexio (comparación y conexión).

Otra cuestión es saber cómo orientarse en el ciberespacio. ¿Cuáles son ‘los enchufes' en este mundo hecho solo de representaciones sociales, de proyectos, de imaginarios, de valores? Si el segundo mundo obedece a una lógica viral de diseminación y de proliferación, de conexión y de comparación entre puntos de vista de los actores, ¿dónde están las señales, dónde las referencias? ¿Cómo orientarse, con qué criterios y con qué planos? Ciertamente, los motores de búsqueda y los ‘agentes inteligentes' constituyen otras tantas balizas lógicas para ayudar a esta orientación. Pero ¿dónde están las fronteras del ciberespacio? Existen, ciertamente; son los valores culturales que hacen de fronteras, pero son vaporosas porque son simbólicas. Dicho de otra forma, lo que orienta en el ciberterritorio es el sentido (la significación y los signos). ¿Pero más allá de las polarizaciones y de los flujos que se pueden ‘cartografiar'? ¿Cómo manejar y representar ‘planos estratégicos' y arquitecturas conceptuales? Otras tantas cuestiones que subrayan cómo el verdadero reto de los territorios digitales debe ser reformulado.

Conclusiones

El ciberespacio ‘aumenta' y amplía todas las actividades y los encuentros. No los suplanta en absoluto, sino que crea oportunidades: el smartphone y las redes sociales ofrecen permanentemente conmutación social, cultural o económica, creadora de acontecimientos o de encuentros.

Tratar los ‘territorios digitales' según la lógica reticular de los transportes y de las RAPT supone condenarse a reducir las redes de comunicación a tubos o a asimilarlos a los transportes (las famosas ‘autopistas de la información', según el ex vicepresidente Al Gore). De hecho, sería saludable desplazar las preguntas: no concebir ya los territorios digitales considerados como espacios dotados de redes cada vez más high-tech y de mucho ancho de banda, sino comprender y desarrollar la gramática y las lógicas del único territorio realmente ‘digital', el ciberespacio del que Internet es el componente más visible y los sistemas de información son el elemento más estratégico.

El desafío es la disposición de un ‘doble mundo contemporáneo' que entrelace y articule territorios físicos localizados y diferenciados con un ciberespacio multiforme y planetario. Esta aproximación permitiría eliminar la ambigüedad intrínseca del ‘territorio digital', distinguiendo lo que es constitutivo de un nuevo territorio, a saber la producción de tecnologías del espíritu y de planos mentales, de la simple extensión del discurso neo-managerial al territorio tecnologizado.

(Traducción: Laura de Miguel)

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La notion de « territoire numérique » marque l'extension au territoire d'un adjectif (numérique ou digital) déjà appliqué à l'homme qualifié de « numérique » par Nicholas Negroponte, à la ville par Bill Mitchell[1], au monde, aux objets, aux environnements, à l'aménagement avec la « fracture numérique », à l'identité même, etc. Si cette extension de la notion fait douter de sa consistance, elle porte en elle une technologisation de l'objet dont elle s'empare. La formule « territoire numérique » signifie en premier lieu, que le territoire est en train d'être - et devrait être - technologisé, voire transformé en bits d'informations, et de ce fait, « dématérialisé », liquéfié, voire liquidé. C'est cette affirmation techniciste qui légitime la fiction d'un cyberspace défini comme une étendue ou un espace débarrassé des contraintes physiques et institutionnelles de la territorialité.

En second lieu, la notion de « territoire numérique » évoque la superposition de réseaux techniques sur le territoire, réseaux qui l'anamorphosent. Dans le premier cas, le territoire disparaîtrait au profit du cyberspace destiné à le remplacer ; dans le second, deux mondes - l'un physique et l'autre numérique - coexisteraient et s'articuleraient. Evoquer le « territoire numérique », c'est bien souvent entretenir la confusion des deux interprétations : l'une simpliste mais séduisante, à savoir que le territoire « numérique » serait digitalisé, l'autre, plus complexe et plus problématique, à savoir que se développe un second monde artificiel noué au territoire existant.

Dans le premier cas, il s'agit de dissoudre le territoire grâce à la technique, de le « déterritorialiser » au sens où il serait délocalisé dans l'informationnel et le « virtuel » ; dans le second, il s'agit d'enrichir et d'augmenter le territoire à l'aide de réseaux techniques et d'outils logiciels. Dissoudre ou enrichir le territoire, ses institutions et ses acteurs, tel est en résumé la distinction à opérer pour éviter les fuites en avant de la cyberculture et de la science-fiction. Ainsi nous disposons de deux visions possibles de l'étrange notion de « territoires numériques » : celle qui substitue des réseaux techniques aux territoires et celle qui fait coexister deux territoires mêlés - physique/virtuel.

Mais aucune de ces deux interprétations n'est en général retenue dans les politiques publiques qui usent et abusent de cette terminologie. La suppression du territoire est impensable, car celui-ci est le socle de l'exercice de tout pouvoir, de même que la coexistence voire la concurrence, de deux territoires ... quoique Second Life intrigua et obligea les acteurs publics à s'y intéresser, et même à s'y installer. En revanche, ce qui est considéré comme essentiel - constitutif d'un « territoire numérique » - ce sont les réseaux, notamment à très haut débit, superposés au territoire physique et les services associés. Le territoire numérique est d'abord pensé dans les politiques publiques, comme un territoire équipé de réseaux téléinformatiques, par analogie aux réseaux de transport desservant l'ensemble d'un territoire.

L'idée de territoire numérique est souvent associée à celle de « fracture numérique », car le véritable enjeu politique serait celui de la « couverture » homogène d'un territoire en réseaux techniques. Ceux-ci sont jugés indispensables pour moderniser un territoire et renforcer son attractivité, au même titre que les routes ou les chemins de fer au moment de la révolution industrielle, car ils auraient des « effets structurants ». Appliquer aux systèmes d'information ou au cloud computing, une telle vision des territoires numériques risque de devenir fort simpliste. Pour déconstruire la notion de « territoire numérique », il faut donc commencer par examiner sa généalogie de manière à mettre en évidence son ambiguïté (1). Ensuite, nous montrerons que le flou de la notion masque la technologisation des politiques publiques (2), et que l'idéologie du cyberspace (3) empêche de penser sa complexité qui se construit comme un « second monde » augmentant et élargissant le monde « physique » (4).

1. Critique de la notion de « territoire numérique »
Cette notion est apparue à la fin de la décennie 1990, au tournant du millénaire au moment où se multipliaient les techno-utopies (par exemple, « le bug de l'an 2000 ») et où triomphaient les promesses de la « nouvelle économie », sous l'influence de trois facteurs majeurs.

Le premier est la dérégulation du secteur des télécommunications qui mit fin au monopoles publics nationaux dans la plupart des pays où ils existaient, notamment en Europe, et aux logiques associées d'égalité d'accès des consommateurs aux services et aux réseaux, quelle que soit leur localisation, transformant du même coup une dimension de service public incluant l'aménagement équilibré du territoire. A partir de 1998, la libéralisation des télécommunications en Europe bouleverse la donne pour tous les acteurs, car elle provoque un désengagement progressif de l'Etat-nation qui engage un processus multiforme d'autoneutralisation, c'est-à-dire de transfert de ses responsabilités dans trois directions : à des autorités de régulation indépendantes, au marché par le soutien à la concurrence et aux autorités communautaires, voire, quand il s'agit d'un Etat centralisé comme en France, aux collectivités locales.

Le deuxième facteur, c'est le transfert croissant de la régulation à Bruxelles qui intervient à travers des « paquets » législatifs, parallèlement au rôle accru des collectivités locales dans le secteur de la communication, voire des télécommunications. En France, par exemple, jusqu'au début des années 1980, les collectivités territoriales étaient peu intervenues dans le secteur des télécoms, même lorsque l'Etat avait cherché à les enrôler et à les solliciter financièrement pour participer au développement du réseau de téléphonie fixe, tout en maintenant les élus locaux sous tutelle. La montée des grands élus « communiquants » à l'échelle locale et l'extension de la dérégulation à l'échelle européenne et mondiale, prennent ainsi en tenailles l'Etat nation.

Le troisième facteur explicatif du succès de la notion de « territoire numérique » est la transformation des politiques d'aménagement du territoire qui, en l'espace d'une dizaine d'années, passent d'une logique d'égalité à une logique d'équité, puis d'attractivité et enfin, de « compétitivité » des territoires. Dès 1999, le Schéma de Développement de l'Espace Communautaire (SDEC) adopté à Postdam, introduisit une nouvelle définition de l'aménagement du territoire, visant à le combiner avec le ménagement et le management des territoires, en multipliant les objectifs de cohésion sociale, de compétitivité économique et de développement durable. Depuis, les politiques nationales d'aménagement suivent de plus en plus des logiques économiques de management territorial dans le cadre d'une concurrence internationale, afin de préserver ou d'attirer des entreprises, des compétences et des emplois. Le territoire est considéré comme un quasi-facteur de production, car il constitue un écosystème plus ou moins favorable au développement des entreprises et des bassins d'emplois.

Ces politiques publiques nationales et européennes ont une double portée. Tout d'abord, le développement ou l'aménagement des territoires a été associé à « un défi numérique », pour reprendre le titre d'un ouvrage de l'Association des Régions de France. L'avenir territorial serait numérique ou ne serait pas. En traitant de l'équipement technique des territoires, il s'agit de renouveler l'action publique via les technologies, comme le souligne un député socialiste français Christian Paul, quand il écrit « L'enjeu ne se résume pas à mettre plus de numérique dans les politiques, mais bien à réinventer l'action publique... l'enjeu est bel et bien de concevoir différemment nos politiques » [2]. C'est moins le territoire que l'action publique territoriale qui est ainsi invitée à se technologiser pour se renouveler.

Ensuite, il résulte de l'ensemble de ces dispositifs une action publique schizophrénique qui cherche à concilier ou à combiner deux approches différentes du rôle de la puissance publique : d'un côté, assurer l'égalité et donc la fourniture de services à haut débit pour tous, et de l'autre, développer la concurrence sur les territoires. Ainsi l'autorité de régulation française l'ARCEP, affirme qu'il faut « concilier aménagement numérique du territoire et concurrence ».

L'État se trouve ainsi partagé entre les exigences qu'il a lui-même fixées : d'un côté, la libéralisation complète du secteur des télécommunications et de l'autre, son rôle d'actionnaire de référence de l'opérateur historique national. L'Etat est aussi tiraillé entre son rôle de garant de la concurrence du marché des télécommunications libéralisé et son appui à une politique industrielle et de Recherche et Développement. Il est enfin partagé entre son désengagement financier et son intervention obligée pour soutenir les zones délaissées du territoire national.

La thématique du « territoire numérique » est donc beaucoup plus large que la question apparente du développement et des réseaux de communication sur un territoire. Il s'agit tout à la fois de couvrir le désengagement de l'Etat d'un secteur stratégique, de manier une action publique paradoxale et de renouveler les politiques territoriales.

2. Une notion qui masque la technologisation du politique
L'emploi de la notion ambiguë de « territoire numérique » ne vise pas seulement à technologiser un territoire, c'est-à-dire à superposer de nouveaux réseaux techniques sur le territoire. Les chemins, l'électricité, les transports, puis les communications ont constitué autant de « réseaux techniques territoriaux » accompagnant chaque étape de l'industrialisation. Désormais, il est question d'une véritable technologisation des politiques territoriales.

A l'occasion de la numérisation, se développe un discours de pouvoir producteur d'une idéologie mobilisatrice construite au nom de « l'efficacité » à partir du paradigme technique, notamment néo-cybernétique. Comme le souligne Pierre Legendre, le Management, dogme universel de l'efficiency, « est la version technologique du Politique » [3]. Car l'enjeu est bien de définir le territoire numérique comme un territoire « compétitif » au sens managérial du terme : le territoire technologisé est synonyme d'innovation et de modernité, renvoyant in fine au modèle de « l'entreprise compétitive ». Le futur, la modernité, le progrès, le développement ou l'innovation sont identifiés et réduits au « numérique » institué en un véritable mythe rationnel indiscutable imposé aux politiques. Le terme « numérique » est saturé de connotations positives d'ordre technologique, économique, managérial, social. Le substantif « numérique » réifié permet de circuler d'un signe à un autre et de colmater les brèches des politiques en manque de symbolique et de projets mobilisateurs.

Le « territoire numérique » devient le nouvel emblème des politiques publiques territoriales. Il est mis en images, c'est-à-dire théâtralisé et dramatisé sous la forme des « fractures numériques » pour identifier les territoires délaissés, sortes de nouveaux déserts de l'aménagement du territoire. Ainsi « le territoire numérique » prend valeur d'emblème visant à mobiliser les acteurs aux fins de combler les défaillances de l'Etat et du marché, au nom d'une exigence techno-industrielle.

Deux types de réseaux techniques territoriaux : les RAPT et les RET

La notion de territoire qui émergea au XVIIe siècle, est riche de diverses couches superposées de représentations sociales des acteurs et des institutions. Les corps d'ingénieurs civils et militaires ont géométrisé, cartographié et transformé le territoire par des réseaux. Dès les XVIIe et XVIIIe siècles, la rationalisation du territoire par l'ingénierie prend deux formes principales : celle des ingénieurs-géographes conçue comme un espace à aménager par des réseaux améliorant la circulation (routes, canaux) et celle des ingénieurs militaires comme un espace à défendre, là encore par une science des réseaux, la poliorcétique dont Vauban (1633-1707) est une grande figure symbolique. Avec la révolution industrielle, le territoire est réticulé et maillé par des réseaux artificiels dont les chemins de fer, l'électricité, le télégraphe ou les réseaux énergétiques. Les industriels et les ingénieurs violentent et aménagent le territoire en le technicisant toujours plus. Mais, avec la multiplication des réseaux de télécommunications, de télé-informatique et de l'Internet, la problématique est renouvelée.

Pour en mesurer toute la portée, il faut partir d'une distinction établie par Jacques Lévy et son équipe de VillEurope, entre les « Réseaux à Agencement Partiellement Topographiques » (RAPT) et les « Réseaux Exclusivement Topologiques » (RET)[4]. Avec les RAPT qui polarisent et fluidifient les territoires, la distance physique demeure essentielle, même si le temps et le coût deviennent importants : ainsi des réseaux aériens, maritimes ou routiers pour lesquels les quatre dimensions de la distance et du temps demeurent essentielles. Avec les RAPT, l'espace-temps est contracté et les territoires sont réaménagés.

Pour les RET, c'est-à-dire les réseaux de télécommunications et téléinformatiques, la distance est négligeable. Ces réseaux sont ouverts, sans frontières claires, incluant potentiellement la planète. S'ils sont superposés aux territoires, ils ne coïncident pas avec eux : par exemple, pour établir rapidement une liaison entre deux points situés à quelques centaines de kms, des satellites peuvent transmettre une communication en lui faisant parcourir 72 000 km. Seuls compte alors l'encombrement, voire la saturation, du réseau et l'existence de liens entre les nœuds de commutation.

Les RET soulèvent des questionnements nouveaux, car ce ne sont pas seulement des réseaux techniques qui font circuler de l'information à grande distance et à grande vitesse. Les RET comme les RAPT, ne se substituent nullement au territoire, ils se nouent avec lui pour « l'augmenter » - comme on parle de « réalité augmentée - pour l'enrichir et amplifier les actions et les rencontres entre acteurs. En ce sens, le RET forme un « hyperterritoire », double du territoire qui permet d'accroître toutes les capacités d'actions et d'échanges. Avec le cyberespace entendu de façon large comme l'ensemble des systèmes d'information planétaires dont l'internet est l'espace public, se forme un deuxième monde parallèle articulé au territoire et très différent de lui, car il obéit à une toute autre logique. Dans l'espace, la rencontre des deux mondes ne s'opère que ponctuellement en certains lieux de commutation, quand le site et le lieu se superposent, par exemple dans la représentation d'une ville et de son site web. Mais le site ne donne alors qu'une image partielle du lieu et un outil d'accès à certains services qui s'y trouvent localisés. Dans le temps, en revanche, nous allons et venons tous les jours et pour des durées de plus en plus longues, entre notre monde quotidien et le cyberespace.

Les représentations collectives des espaces qui forment territoires sont donc brouillées et même déstabilisées, par le cyberespace qui peut agir en surimpression sur les mêmes référents. Nous habitons (et habiterons de plus en plus) dans deux mondes (dits « réel/virtuel ») dont le second est fort mal connu et encore faiblement représenté, par exemple avec Second Life. Les RET entraînent un changement de paradigme, d'autant que ce sont des ordinateurs ou des « petits écrans » (ceux des téléphones mobiles) qui communiquent entre eux, mais bientôt de multiples échanges informationnels s'opéreront entre tous types d'objets avec « l'Internet des objets ». Anticiper cette évolution ne signifie nullement plonger dans la science-fiction, même si cette dernière a su imaginer et mettre en scène le cyberspace.

Le cyberespace dont l'Internet n'est qu'une des dimensions, son territoire public, est formé de multiples systèmes d'information à l'échelle mondiale : les réseaux téléinformatiques des entreprises, les réseaux spécialisés ou encore les réseaux de télécommunication internationaux. Ils font partie de la vie quotidienne au travail, dans le commerce et dans les organisations. Le fait que nous habitions, échangions et travaillions de plus en plus dans deux mondes oblige à penser et à représenter le cyberspace. Il est possible et nécessaire de le caractériser, de définir ses attributs, de le cartographier, d'en cerner la logique, voire d'en définir la grammaire.

3. L'idéologie du cyberspace : un espace liquide ?
Le cyberspace offre l'image d'un réseau universel connectant tous les cerveaux individuels branchés à l'échelle planétaire et constituant, selon ses idéologues, une sorte de « cerveau planétaire » comme le nomme Joël de Rosnay, producteur d'une « intelligence collective », selon la formule de Pierre Lévy. A l'origine, il s'agit d'une techno-utopie construite par Joseph Licklider, psycho-sociologue travaillant avec les ingénieurs du MIT, dans un article de 1960, « La symbiose de l'homme et la machine ». Licklider poursuivit de façon différente, le travail de la cybernétique et de John von Neumann, mais il rêvait moins d'une machine qui soit le double du cerveau que d'interconnecter cerveau et machine informatique : « Notre espoir est que dans un certain nombre d'années le cerveau et l'ordinateur soient couplés étroitement ». C'est pourquoi il envisagea la création d'un réseau informatique pour l'échange entre hommes et ordinateurs. Cette techno-utopie fit du cyberspace, l'espace où cerveaux et ordinateurs sont branchés entre eux. Cet enchaînement de métaphores provoque une double identification : le cerveau est un ordinateur et le cerveau dispose comme lui, d'une structure neuronale réticulaire support de l'activité intellectuelle. Le syllogisme fondateur de la techno-utopie cyberspatiale se réduit à affirmer que :

1°) le cerveau fonctionne comme un ordinateur et réciproquement, l'ordinateur fonctionne (et « pense ») comme un cerveau ;

2°) avec Internet, se développe un réseau de réseaux mondial par connexion des ordinateurs qui en sont les composants ;

3°) par conséquent, il est possible de connecter les cerveaux humains et les ordinateurs entre eux, grâce à des hyper-réseaux reliés à l'échelle planétaire. Ainsi, pourraient être obtenues une hybridation homme-machine et une « intelligence collective » dans et par le cyberspace.

Une fois fixés ces préalables, le cyberspace produit tous les effets bienfaisants que ses thuriféraires ne cessent de promettre. La principale vertu du cyberspace serait de dissoudre tout ce qui gêne à commencer par le territoire physique, mais aussi les institutions, notamment l'Etat, et le corps physique, au profit d'une ascèse quasi-religieuse dans les mondes « virtuels ». L'instauration du cyberspace comme espace illimité des réseaux informationnels permet de circuler hors contraintes, dans un espace pur, sans friction, éthéré et virtuel. Par un exercice d'exorcisme, tout devient possible dans cet espace idéel-idéal, une fois le territoire oublié.

Ainsi Jeremy Rifkin peut-il affirmer que « le passage du territoire au cyberspace constitue un des grands bouleversements de l'organisation humaine » et évoque même « la migration du territoire au cyberspace » [5], car dans le cyberspace, les frontières s'effacent et le territoire physique disparaît.... Le corps physique aussi y devient superflu, car seul le cerveau serait sollicité dans l'aventure cyberspatiale. Dans la fiction de William Gibson qui créa en 1983, le terme de « cyberspace » dans son roman fondateur Neuromancien , tout est affaire de « neuroconnexion ». Le héros Case, pirate en fuite, se connecte avec le cyberspace par une interface neurologique, en branchant son système nerveux sur « la matrice », une réalité virtuelle globale où les informations sont stockées sous forme d'illusions tangibles. Case a vécu « pour l'exultation désincarnée du cyberspace », « branché sur une platine du cyberspace maison qui projetait sa conscience désincarnée au sein de l'hallucination consensuelle qu'était la matrice ». Autrement dit, Case a vécu l'expérience de la désincarnation - « le corps c'était de la viande» - et il a pu quitter son corps pour traverser l'au-delà cyberspatial, guidé par le fantôme d'un pirate informatique mort, synthétisé par ordinateur. Chez Gibson, le cerveau et le système nerveux de Case sont connectés au réseau électronique, au cyberspace.

Dans l'intermonde cyberspatial, sont confondus en un seul mot-valise et dans des êtres hybrides rassemblant les fictions techniques, les corps technicisés et les techniques naturalisées. Qu'est-ce qui fait l'unité du cyberspace, si ce n'est l'idée « d'interconnexion » référée aux réseaux de communication, comme l'indique la définition qu'en donne Joël de Rosnay, « le cyberspace est un espace-temps électronique créé par les réseaux de communication et les interconnexions entre ordinateurs multimédias »? Espace de réseaux machiniques et organiques inter-reliés à l'infini, sans frontière, tel est le cyberspace.

Dans le cyberspace, le territoire rugueux et résistant est effacé ; ne subsiste qu'un espace lisse, fluide, fait pour la circulation, un espace de réseaux informationnels et de liens, sans mémoire, ni lieux. Cet espace de réseaux en extension, est hybride, mi-humain mi-machinique. Il relie indistinctement hommes et machines et du coup, confond technique et biologique. Le cyberspace est un être hybride, mais « vivant ». Ainsi le philosophe postmoderne, Manuel de Landa écrit, « passé un certain seuil de connectivité, la membrane dont les réseaux informatiques recouvrent la planète commence à « prendre vie » . De son côté, Pierre Lévy déclare, « Il en est du cyberspace comme de certains systèmes écologiques » ; « c'est un ordinateur dont le centre est partout et la circonférence nulle part, un ordinateur hypertextuel, dispersé, vivant, pullulant, inachevé : le cyberspace lui-même » .

Derrick de Kerckhove célèbre aussi « l'intelligence des réseaux » et voit dans la webitude ou « lien mental entre les gens », « l'essence de tout réseau » , car l'internet « donne accès à un environnement vivant, quasi-organique de millions d'intelligences humaines ». Une vision biotechnologique confondant réseaux techniques et biologiques, est explicitement revendiquée par de Kerckhove, « La continuité entre les deux domaines, le technologique et le biologique, est établie par le fait qu'il y a de l'électricité tant à l'intérieur qu'à l'extérieur du corps » . L'auteur offre une clef de décryptage, lorsqu'il écrit « L'un des principaux effets de la numérisation est de rendre « liquide » tout ce qui est solide » . En effet, la numérisation en bits d'informations permet d'atomiser le réel et de le transformer en un fluide circulant dans les réseaux. L'ultime étape de cette fluidification étant selon de Kerckhove, la transmutation de ces bits en pensée : « Cette flexibilité fait que la matière, jadis perçue comme constituée de substances mutuellement hétérogènes et impénétrables, semble aussi fluide aujourd'hui que la pensée elle-même. (...) Les esprits sur le Net sont connectés et se comportent comme du cristal liquide en formations stables mais fluides » . Au-delà de « l'homme numérique », c'est « la digitalisation des corps » qui s'opère, c'est-à-dire comme l'a souligné le sociologue Yves Stourdzé, « l'extermination corporelle » . La cyber-liquéfaction conduit à la liquidation corporelle pure et simple.

Le cyberspace est un puissant dissolvant symbolique, car il élimine tout ce qui résiste : le territoire, le corps, mais aussi le politique et l'Etat. Grâce au réseau, la démocratie sera électronique et « le politique disparaîtra », put annoncer Jacques Attali . La fluidification généralisée opérée par le cyberspace permet d'évacuer le politique et sa forme étatico-nationale. De son côté, Manuel Castells déclare que « les réseaux détruisent le contrôle étatique sur la société et sur l'économie. Ce qui est fini, dans l'étape actuelle, c'est l'Etat souverain, national » . Déjà Jean-François Lyotard avait annoncé dès 1979, que « L'Etat commencera à apparaître comme un facteur d'opacité et de « bruit » pour une idéologie de la « transparence » communicationnelle » . Cette vision anti-étatique libéralo-libertaire, constitutive de l'idéologie de l'Internet, affirme que le réseau serait « par essence » anti-hiérarchique, synonyme d'auto-organisation et d'égalité. C'est pourquoi l'internaute est censé mener un combat pour la liberté contre tous les organes de régulation, contre les opérateurs dominants (Microsoft ou le FBI, par exemple), pour l'égalité, contre toutes les hiérarchies pyramidales, à commencer par celles des Etats, et pour la fraternité mondiale des « communautés virtuelles ». Liberté, égalité et fraternité : l'utopie sociale de 89 (1789/1989) se réaliserait enfin, grâce à l'utopie technique réticulaire. « Le cyberspace peut apparaître comme une sorte de matérialisation technique des idéaux modernes », écrit Pierre Lévy . Certains évangélistes du « New Age » trouvèrent dans le réseau les mêmes vertus : pour Marilyn Ferguson, le réseau est « l'antidote de l'aliénation. Il engendre suffisamment de pouvoir pour refaire la société» . Les cybermilitants Julien Assange ou Edward Snowden apparaissent ainsi comme les nouveaux techno-héros de ce combat mené dans le cyberspace.

Si l'internet fluidifie le social, le territoire et les corps, par digitalisation généralisée dans le cyberspace, il recompose aussi des liens dans une société éclatée qu'il met « en réseaux », selon Manuel Castells. La techno-dévotion prend ainsi des formes plus rationnelles, mais toujours adossées au fétichisme d'Internet, annonciateur d'une révolution sociale. Digitalisation et éclatement sont les préalables à l'intervention de la prothèse réticulaire qui retisse des liens « spirituels » dans le cyberspace et « matériels », dans la « société en réseaux ». Il s'agit moins chez Castells, de fluidifier la société et le territoire comme dans la cyberculture qui demeure toutefois une référence dans sa démonstration, que de penser le changement social, d'annoncer la transition entre une société en crise, le « capitalisme financier », et une nouvelle société, le « capitalisme informationnel » en réseaux. La cyberculture est d'ailleurs revendiquée par Castells, comme la culture adéquate à l'organisation de l'entreprise en réseau, pivot de ce nouveau capitalisme : « Il existe un code culturel commun dans les diverses opérations de l'entreprise en réseaux. ...C'est une culture virtuelle à multiples facettes, à l'image des expériences visuelles que créent les ordinateurs dans le cybermonde en réarrangeant la réalité... Ce n'est pas une illusion, c'est une force matérielle » .

Bien loin de ces discours fictionnels ou idéologisants, il convient d'affronter la complexité et la nouveauté du cyberspace.

4. Penser la complexité du cyberespace qui augmente le « territoire physique »
Les internautes se familiarisent avec la coexistence de deux mondes, voire de deux territoires : le territoire physique où les mobilités et la vitesse des déplacements ne cessent de croître (avec la très grande vitesse) et le cyberespace où règne la quasi-immédiateté des échanges d'information. Ces mobilités s'effectuent sur et entre les divers territoires. Les frontières s'estompant, on peut parler avec Martin Vanier , « d'inter-territorialités » multiformes pour caractériser cette circulation quotidienne dans le millefeuille des territoires auquel le cyberespace ajoute une dimension supplémentaire. Le développement des activités sur l'internet suscite de nouvelles activités et opportunités sur le territoire.

Le cybermonde s'installe sous diverses formes. Une des plus médiatisées fut Second Life, univers virtuel créé en 2003 ; puis le système de géolocalisation de Google (Google Map et Google Earth, Google Street View), apparu en 2005, n'a cessé de se développer les applications, sur smartphones.

Les promenades virtuelles dans les villes du monde deviennent un enjeu stratégique, car elles sont liées à leur développement touristique et commercial. Ainsi les représentations des villes et des territoires se dédoublent. Territoires physiques et virtuels cohabitent dans un monde contemporain duel. Un changement de paradigme est à l'œuvre qu'il faut analyser et comprendre pour habiter ce double monde. Quels sont les transferts ou les créations d'activités en train de s'opérer dans le cyberespace ? Réciproquement qu'apporte le cyberespace aux territoires physiques ? Est-il possible de produire des représentations, voire des cartographies du cyberespace ? Quels sont les lieux ou les territoires valorisés dans le cyberspace ? La doxa techniciste délivre immédiatement des réponses simplistes à ces questions complexes. Le déficit d'analyse est comblé par des discours récurrents sur les promesses technologiques et quelques rêveries sur la dématérialisation des territoires, la substitution du cyberterritoire au territoire, voire la disparition du territoire physique au profit du territoire virtuel, comme annoncée par Rifkin. A l'opposé de ces discours, on observe un renforcement des polarisations et des flux liés à la multiplication des réseaux techniques : mais ces phénomènes sont-ils identiques sur le territoire et dans le cyberespace ?

Pour éviter les simplismes de la substitution ou de la suppression du territoire, il faut faire l'hypothèse d'un territoire dédoublé, d'un double monde, voire de deux territoires articulés et différents : l'un dans lequel la distance physique est déterminante et l'autre dans lequel les distances sont d'abord symboliques et culturelles. Le défi est alors de penser l'articulation de ces territoires à métrique différente.

Agir simultanément dans deux mondes

Les réseaux de télécommunication permettent une contraction de l'espace-temps, modifiant la perception des distances et des relations quasi-instantanées entre acteurs, alors que les rencontres physiques restent contraintes par le temps des déplacements. Le cyberspace offre une désynchronisation spatio-temporelle conduisant à la coexistence de deux territoires juxtaposés. Les réseaux d'informations ont deux propriétés particulières : le caractère « immatériel » de ce qu'ils transmettent et l'indifférence à la distance. Il y a donc deux difficultés pour appréhender le cyberespace, car deux oppositions doivent être pensées : l'une entre l'informationnel et le physique, et l'autre entre ce qui est situé et le « n'importe où » et « le n'importe quand » (« anywere-anytime », selon le slogan publicitaire des opérateurs de télécommunications). Or, les flux d'informations ont pour caractéristique fondamentale d'être répartis et ubiquitaires. On peut affirmer qu'il existe une ubiquité logique absolue dans le cyberespace.

Cela signifie que nous manions simultanément deux logiques : celle du territoire faite de « maillage et de treillage » selon la formule du géographe Roger Brunet, et celle du cyberespace à ubiquité logique absolue. Pour appréhender ce phénomène, il convient à la fois de décrypter les « technologies de l'esprit » à l'œuvre et les logiques des « communautés immatérielles » selon le mot de Jacques Lévy, qui s'y forment et deviennent des acteurs majeurs du deuxième monde, notamment avec le web 2.0, les « réseaux sociaux » ou les « wiki ». Ce qui est commun au territoire et au cyberespace, c'est la co-construction de représentations sociales. Mais dans un cas, elles sont inscrites en un lieu de projection identitaire, et dans un autre, elles se constituent dans un espace mondial abstrait, fluide, instable et non localisé.

Un univers de confrontations des représentations

Le cyberespace n'est pas seulement un espace de l'information, il est devenu un espace multiforme d'actions et de rencontres. Dans le cyberespace, des représentations sociales s'échangent, des « cartes mentales » d'acteurs se confrontent, des hiérarchies et des conflits d'images et de réputations s'instituent. Dans ce second monde s'ordonnent des points de vue d'acteurs, des projets d'action, des conceptions du monde, des imaginaires et des valeurs ; ils s'y rencontrent, collaborent ou s'y affrontent. C'est un espace riche d'actions, de simulations et de partage de représentations dans des « communautés » d'intérêt ou d'affinités elles-mêmes plurielles et a-territorialisées, car planétaires. Le cyberspace est un espace de télé-actions et de télé-rencontres « déterritorialisé » dans le sens où seules demeurent les représentations et les imaginaires des acteurs. Le cyberspace obéit ainsi à une socio-logique au sens fort du terme, avec des hiérarchies établies sur la réputation et l'image, comme dans le monde financier.

L'indicateur d'autorité est la crédibilité et la vraisemblance, alors que sur le territoire physique, c'est l'institution politico-administrative qui est censée dire le vrai et le droit. Penser le cyberterritoire oblige à passer de la topographie à la topologie de représentations sociales des acteurs. Une approche socio-cognitive est nécessaire pour analyser des distances qui dans le cyberspace, ne sont plus physiques, mais sociales, symboliques et mentales : c'est ce qui fait la valeur d'un blog ou d'un site web. Si le cyberespace obéit à une logique autre que celle du territoire, ne faut-il pas construire une hypermétrique à cinq dimensions pour le caractériser ? Aux quatre dimensions de l'espace et du temps modifiées, ne faudrait-il pas ajouter une cinquième dimension, à savoir celle du point de vue des acteurs? En fait, le lieu de polarisation dans le cyberespace correspond à un acteur et à sa représentation (aussi bien son avatar que sa carte mentale). Dans le cyberspace, la question essentielle est de savoir quels sont les « référentiels », quels sont les « êtres représentés », quels sont les critères de choix des objets et des êtres, comment leurs attributs sont-ils définis en fonction de leurs projets et de leurs activités, et comment sont-ils identifiés ?

Le fait de manier des images est l'indice que les outils conceptuels et les mots même font encore défaut pour penser le cyberspace. Il convient mentalement de « déterritorialiser » le cyberspace, pour saisir la logique a-territoriale de cet espace étrange où les relations entre acteurs sont structurantes. Une piste serait d'interpréter le cyberespace avec les outils conceptuels fournis par Leibniz dans sa Monadologie. Il y définit un univers abstrait obéissant à une logique multirationnelle et à un ordre multilinéaire en réseau, univers dans lequel chaque monade exprime un point de vue sur le monde et où n'existent que deux types de relations entre les monades élémentaires, soit de comparatio, soit de connexio (comparaison et connexion).

Une autre question est de savoir comment s'orienter dans ce cyberespace ? Quelles sont les « prises » dans ce monde fait uniquement de représentations sociales, de projets, d'imaginaires et de valeurs ? Le deuxième monde obéissant à une logique virale de dissémination et de prolifération, de connexion et de comparaison entre points de vue des acteurs, où sont les repères, où sont les références ? Comment s'orienter, avec quels critères et quelles cartes ? Certes, les moteurs de recherche et les « agents intelligents » constituent déjà autant de balises logicielles pour aider à cette orientation. Où sont les frontières du cyberspace ? Elles existent bien, ce sont les valeurs culturelles qui tiennent lieu de frontières, mais elles sont floues parce que symboliques. Autrement dit, c'est le sens (la signification et les signes) qui oriente dans le cyberterritoire. Au-delà des polarisations et des flux que peut-on « cartographier » ? Comment manier et représenter des « cartes mentales stratégiques » et des architectures conceptuelles ? Autant de questions qui soulignent combien le véritable défi des territoires numériques doit être reformulé.

Conclusion

Le cyberespace « augmente » et élargit toutes les activités et les rencontres. Il ne se substitue nullement à elles, il crée des opportunités : le smartphone et les réseaux sociaux offrent en permanence de la commutation sociale, culturelle ou économique, créatrice d'événements ou de rencontres.

Traiter des « territoires numériques » selon la logique réticulaire des transports et des RAPT, c'est se condamner à réduire les réseaux de communication à des tuyaux, ou à les assimiler aux transports (les fameuses « autoroutes de l'information », selon le vice-Président Al Gore). En fait, il serait salutaire de déplacer le questionnement : non plus concevoir des territoires numériques considérés comme des espaces dotés de réseaux toujours plus high-tech et à très haut débit, mais comprendre et développer la grammaire et les logiques du seul territoire réellement « numérique » qu'est le cyberspace dont l'internet est la composante la plus visible et les systèmes d'information la plus stratégique.

Le défi devient l'aménagement d'un « double monde contemporain » entrelaçant et nouant des territoires physiques localisés et différenciés avec un cyberespace multiforme et planétaire. Cette approche permettrait de lever l'ambiguïté constitutive de la notion de « territoire numérique » en distinguant ce qui est constitutif d'un nouveau territoire, à savoir la production de technologies de l'esprit et de cartes mentales, de la simple extension du discours néo-managérial au territoire technologisé.


Pierre Musso es catedrático en la Universidad de Rennes 2, y profesor de Telecom Paris Tech. Ha dirigido grupos de investigación y prospectiva en DATAR sobre comunicaciones y desarrollo territorial. Entre sus obras más recientes, se encuentran: Les télécommunications (2008), Territoire et cyberespace 2030 (2008), Télépolitique (2009) o Saint Simon: L´industrialisme contre l´Etat (2010).

Notas

[1] Nicholas Negroponte, L'homme numérique, trad. de l'américain par Michèle Garène, Laffont, 1995 ; W. J. Mitchell, City of bits : space, place, and the infobahn. Ed. MIT Press, 1996.

[2] Christian Paul, ARF et FING, Le défi numérique des territoires. Réinventer l'action publique, p. 8, éditions Autrement, Paris, 2007.

[3] Pierre Legendre, « Communication dogmatique (Hermès et la structure) », in Dictionnaire critique de la communication, tome 1, p. 40. PUF. Paris 1993.

[4] « Le Monde en réseau », chapitre d'une étude pour la DATAR de VillEurope et Jacques Lévy, Jeux de cartes, nouvelle donne. DATAR, Paris. 2002.

[5]Jeremy Rifkin, L'âge de l'accès. La révolution de la nouvelle économie. La Découverte. Paris. 2000, p. 27 et 43.

[6] William Gibson, Neuromancien. Traduction par Jean Bonnefoy. Editions « J'ai Lu », Collection SF. Paris. 1988.

[7] Joël de Rosnay, L'homme symbiotique. Regards sur le troisième millénaire, Le Seuil. Paris. 1995, p. 334.

[8] Cité par Mark Dery, Vitesse virtuelle. La cyberculture aujourd'hui, Editions Abbeville. Paris. 1997, p. 55.

[9] Pierre Lévy, La Cyberculture, Rapport au Conseil de l'Europe. Editions Odile Jacob. Paris 1997, p. 131 et 52.

[10] Derrick de Kerckhove, L'intelligence des réseaux, Editions Odile Jacob. Paris. 2000, p. 18.

[11] Idem, p. 196.

[12] Idem.

[13] Idem, p. 205.

[14] Yves Stourdzé, Les ruines du futur, Sens &Tonka, présentation de Hubert Tonka. Paris. 1999, p. 142.

[15] Jacques Attali dans le quotidien Libération du 12 juin 1998.

[16] Dialogue avec Jacques Attali dans le supplément « Multimédia » du journal « Libération » du 12 juin 1998.

[17] Jean-François Lyotard, La condition postmoderne, Editions de Minuit. Paris. 1979, p. 15-16.

[18] Pierre Lévy, La Cyberculture, o.c., p. 302.

[19] Marilyn Ferguson, Les enfants du Verseau. Pour un nouveau paradigme, p. 163. Calmann-Lévy. Paris. 1981.

[20] Manuel Castells, La société en réseaux, o Tome 1 de « L'ère de l'information ». Trois volumes. Fayard. Paris. 1998, p. 237.

[21] Martin Vanier, Le pouvoir des territoires. Essai sur l'interterritorialité. Economica, Paris. 2008.