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El ayer de nunca jamás


Por Darío Novaceanu

Bien escudriñado el mapa del mundo del Este al cabo de tres años ya desde su hundimiento no serían inútiles algunas cuantas preguntas-reflexiones sobre lo que nos está pasando a todos y a cada uno de los que, mal que bien, la habíamos integrado bajo nombres tan infelices como bloque o países satélites. Y ello no para otra cosa, no para encontrar soluciones milagrosas, sino al menos para dejar una vez para siempre de seguir almacenando, por un lado, suposiciones, desconfianzas, recelos y remusgos y, por el otro, desengaños, desgracias, rencores y hasta nostalgias cuando no añoranzas mal llamadas neocomunistas.

De entrada y antes de las múltiples interrogaciones posibles, considero muy importante subrayar y dejar claro un hecho, un primer hecho que para el Oeste no lo está: tal como funcionaba _y no cómo lo había esbozado la Biblia Roja_ el comunismo del mundo del Este no ha sido vencido por las armas, sino por el espíritu y la pobreza. Mas su estructura no se ha desmayado bajo el espejismo del capitalismo, sino que se ha venido abajo por la ausencia de manantiales y también por falta de porvenir. Lo que nos da derecho a sostener que el desplome no significa el triunfo del capitalismo, sino de la naturaleza humana en sí misma, harta ya del largo sobrevivir dentro de una cárcel ideológica más amplia que la geografía misma y al borde del exterminio por hambre y toda clase de privaciones.

Reconocer esto supone comprender que no hay camino de regreso hacia la sociedad socialista multilateralmente desarrollada pero sí muchos y muy diferentes titubeos en el caminar de estos pueblos hacia la sociedad democrática, estado de derecho y economía de mercado, que es lo que queremos y se nos exige de todas las esquinas.

La transición, esta transición, es en sí misma un proceso insólito, sin referencia en la historia de la humanidad y sin experiencias y prácticas ajenas que se puedan aprovechar.

No hay, en otras palabras, modelos económicos, ni prototipos, patrones sociales, tampoco brevarios prácticos de la democracia,que se tiene que expresar por encima de todo lastre político y moral. Esta herencia no deseada pero imposible de negar es muy difícil de soportar a causa del peso descomunal repartido, eso sí sobre los hombros de las generaciones sacrificadas o en vía de sacrificio.

Ignorar esa trágica realidad es como si se le pidiera a un pastor de cabras de Dalmacia, Balcanes o Cárpatos hacerse cargo de un viaje hacia la Luna, aprendiendo en el camino todos los mandos del pupitre y sin que se le haga recomendación alguna desde la base terráquea.
Otro segundo dato bien ignorado por el Oeste es la envergadura del desplome que hemos provocado, que no es nada pastoral y que abarca todos los dominios de la vida, incluidos los valores humanos y morales. O sea: después de unos 50 ó 70 años del mal vivir, unos veinte y tantos pueblos despiertan desnudos en la playa de la esperanza y se les dice que en la otra orilla, donde sabíamos que estaba el infierno capitalista, se halla el paraíso de las democracia y la libertad total. Todos quieren alcanzarla pero para ello no tienen más que sus brazos débiles y no hay barco alguno que se los lleve antes de pagar el precio justo. Más claro: tienen las llaves para abrir las puertas que no la posibilidad de llegar a estos umbrales.

Frente a todo este derrumbamiento histórico, el júbilo occidental queda explicable. Pero el relacionarlo con la situación en sí y con la manera de aceptarla y enfrentarla, resulta ridículo e inútil. Llegar a la orilla no significa desatarse de la primera, sino adecentarla, hacerla pareja con la otra, y seguir viviendo en ella.

En otras palabras, hacer habitable lo que hasta hace tres años se había puesto insoportable puesto que en todo este espacio se malvivía, no tanto a causa de la dictadura del proletariado, sino de una superburocracia política, social y económica que había conseguido centralizar, dirigir, vigilar y supervigilar todo lo que se movía, respiraba y crecía.
Con diferencias que no vienen al caso, dentro de este dirigismo socialista, algunos países, como Hungría _que se ha anticipado a los cambios políticos y reformas económicas_ o la ex-Checoslovaquia _que caminaba bastante bien en el mismo sentido_ aventajan hoy a los demás en el proceso de la tan insólita transición, y es en este punto donde empieza lo que podríamos llamar discriminación. O sea, cuando se trata de cooperación, intercambio comercial, y sobre todo, de inversiones, el capital y las grandes compañías occidentales se localizan preferentemente en estos países y dejan a los demás a la voluntad de Dios y a la presencia de algunos listos que se convierten, a precio de ganga, en dueños de un importante patrimonio económico subvalorado desmesuradamente.

Occidente se olvida en este caso que el COMECOM fue enterrado aún en vida, bajo presión de muchos intereses, sin que se le sustituyera con otros mecanismos que habrían podido mantener los intercambios de mercancías, materias primas, energía, productos complementarios, etc. Lo que a dejado a todo este mundo del Este sin posibilidad de salir adelante, obligado a cerrar muchas industrias y acusando una subida altísima de los precios y un contingente cada vez más nutrido de desempleados.
El único líder que ha advertido el desastre en este campo ha sido Lew Wallesa, pero nadie le ha prestado atención alguna. Tanto es así, que de pronto despertamos, que producimos cada vez menos, y que consumimos muy por encima de lo que podemos pagar.

Claro, estoy simplificando las cosas, de acuerdo, pero lo hago para que el dolor se vea desnudo. Como desnuda también se tiene que sopesar nuestra forzosa transformación en sociedad de consumo: nada más hundirse nuestro comercio socialista, hemos sido atiborrados por todas partes con mercancías de quinta categoría, con retales, bagatelas, baratijas, naderías, maulerías y toda subclase de productos inútiles o casi, que nadie compraba ya en el mundo civilizado pero nosotros sí. Siempre a precios más que disparatados.
No han faltado, desde luego, en este generoso abastecimiento, las bebidas alcohólicas, los refrescos, el tabaco. Tampoco las menudencias como el chicle, caramelos y las más feas bisuterías. Casi todo vendido bajo prestigiosas marcas registradas, casi todas falseadas por tramperos discretos, estafadores elegantes y charlatanes con corbata. Miles de tiendecillas improvisadas en todas las esquinas han despachado y siguen despachando una basura, ganando poco a poco el espacio comercial estatal vaciado, poco a poco, de todos los artículos de primera necesidad.

Mi humilde impresión en este caso es que el mundo civilizado nos quiere comprar a precio muy alto, con la única condición de que seamos nosotros mismos los que nos vendiésemos al valor más barato posible y no antes de sacarnos los céntimos de los últimos ahorros. Por supuesto, siempre en el nombre del mercado libre y por supuesto siempre

preparados todos estos ropavejeros, alegres pregoneros del entierro del COMECOM, a tapar la boca de los pobres protestatarios.
Otro segundo entierro, tal vez más importante que el antes mencionado, ha sido el Pacto de Varsovia. Disuelto con la asistencia de muy pocas plañideras, pero mal enterrado, puesto que a este gigantesco poder militar fuerzas humanas, técnicas y almacenes, incluidos los nucleares se le ha reservado un ataúd como para un sietemesino.

Prueba de ello aparte la ex-Yugoslavia es lo que empieza pasar en algunos rincones de esta geografía tan vituperada, donde la encolerizada lucha de clases cede el paso a nacionalismos exacerbados, decididos a resolver asuntos pendientes, desde hace decenios o siglos, a base de cañones y morteros.
Panorama nada alentador si volviésemos a escudriñar otra vez el mapa, sin perder de vista lo poco que ha conseguido el Oeste en hacer parar los conflictos desatados ya o aún latentes.

Se sigue ignorando esta verdadera realidad, se siguen organizando congresos, encuentros, seminarios y mesas redondas euro-atlánticos, siguen las visitas a todos los niveles militares sin ahorrarse declaraciones de paz y buena voluntad, mientras los rencores, que nunca mueren, acosan la vida humana y se toman venganzas a precios muy altos.

De nada sirve, en este caso, el hecho de que casi todos estos países traten de mantenerse a flote sean miembros de la ONU y de las OSCE, de nada sirven sus intentos de llegar a ser miembros del Consejo de Europa, de asociarse a la CE y demás organismos europeos. De nada sirven sus firmas en Helsinki o París.

A la hora del peligro, se cierran las puertas, se corren los visillos y se espera a ver que pasa.
Pasan, desde luego, muchas cosas, pero se observa muy poco la más importante: el crujir de las tablas del ridículo ataúd del gigante sietemesino. Fundamental, tal vez única preocupación parece ser la de inutilizar la potencia nuclear de la ex-Unión Soviética. Sin este arsenal, sin los cohetes, misiles y cabezas intercontinentales, se cree que el sueño del planeta será tranquilo, más sueño que nunca.

Olvidándose que el peligro de la guerra clásica existe, que suma ya miles y miles de muertos en la ex-Yugoslavia. Olvidándose también que la mayoría de estos países tratan de salvarse de la negra pobreza vendiendo a precio de embalaje carros de combate, cañones, metrallas y toda clase de armamento ligero, no importa a quién, importa vender y salir adelante; al menos de este invierno.

Ayudar a la reconversión de estas industrias, acoger las ofertas hechas o por hacer, buscar medios y remedios, pero nunca paliativos, representa una perspectiva muy lejana.

Situación que nos da derecho, después de los tres años de libertad, de caminar hacia nuestros adentros y hacia el Oeste, a plantearnos algunas últimas preguntas ¿es más grande ahora y más unida que antaño?. Por fin ¿puede funcional el Oeste sin el Este?.

Mientras los acuerdos siguen buscando las contestaciones, el llamado mundo del Este seguirá mirándose desde muy lejos en el espejo de Maastricht sin reconocerse.

Artículo extraído del nº 32 de la revista en papel Telos

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